Día 27 III Domingo del Tiempo Ordinario

        Evangelio, Lc 1, 1-4. 4, 14-21 Ya que muchos han intentado poner en orden la narración de las cosas que se han cumplido entre nosotros, conforme nos las transmitieron quienes desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra, me pareció también a mí, después de haberme informado con exactitud de todo desde los comienzos, escribírtelo de forma ordenada, distinguido Teófilo, para que conozcas la indudable certeza de las enseñanzas que has recibido.
        Entonces, por impulso del Espíritu, volvió Jesús a Galilea y se extendió su fama por toda la región. Y enseñaba en sus sinagogas y era honrado por todos.
        Llegó a Nazaret, donde se había criado, y según su costumbre entró en la sinagoga el sábado y se levantó para leer. Entonces le entregaron el libro del profeta Isaías y, abriendo el libro, encontró el lugar donde estaba escrito:
        El Espíritu del Señor está sobre mí,
        por lo cual me ha ungido
        para evangelizar a los pobres,
        me ha enviado para anunciar la redención
        a los cautivos
        y devolver la vista a los ciegos,
        para poner en libertad a los oprimidos
        y para promulgar el año de gracia del Señor.
        Y enrollando el libro se lo devolvió al ministro y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Y comenzó a decirles:
        —Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír.
Para que el mundo se salve
La vida de Jesucristo en la predicacion de Juan Pablo II
Pedro Beteta

        Es importante que cuantos hemos aceptado el ideal de Jesucristo le sigamos firmemente persuadidos de que es el Salvador del mundo. Y hablar de un Salvador para el mundo supone aceptar que los hombres no se bastan por sí mismos en su paso por la vida. Se trata, desde luego, de una afirmación tan sorprendente hoy para muchos como lo fueron aquellas palabras que hoy nos recuerda la Liturgia, pronunciadas por Jesús en la sinagoga de Nazaret: El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos y devolver la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos y para promulgar el año de gracia del Señor.

        Dios ha enviado a Jesucristo en favor de los hombres. Habla Jesús de unos pobres, que han de ser evangelizados; de unos cautivos, que han de ser redimidos; de unos ciegos, que pueden recuperar la vista; de otros, que padecen opresiones de diverso género, que deben ser librados de toda atadura hasta ser y sentirse libres de verdad. Habla por fin Jesús, de un tiempo de Gracia divina que Él ha venido a establecer.

        Aquellas palabras del Señor fueron posiblemente unas de las primeras que pronunciaba en público. Por entonces, aunque ya se extendía su fama por Galilea, aún se sorprendía la gente –admirada– de que el hijo de José, el hijo del artesano, uno de sus paisanos que todos habían conocido, fuera capaz de hablar con semejante sabiduría y autoridad. Bastantes, con el paso del tiempo, cuando tuvieron noticias o incluso la personal experiencia de sus milagros, cuando conocieron mejor su doctrina, acabarían diciendo: todo lo ha hecho bien; y, Éste habla con autoridad, no como los escribas. Algunos –no todos– le llegaron a reconocer expresamente como el Cristo, el Hijo de Dios, que ha venido a este mundo. Así lo confesaría, de modo expreso, Marta, hermana de Lázaro, antes de que resucitara al que llevaba ya cuatro días enterrado.

        La veracidad, la autoridad, la bondad, el poder, eran incontestables en Jesús de Nazaret. Él no podía sino afirmar la verdad sobre sí mismo: que sobre Él descansaba el Espíritu de Dios para llevar a cabo la Redención. Una y otra vez, de diversos modos, adaptándose a las inteligencias de quienes le oían, enseñaba a vivir rectamente, pero no sólo según la justicia, que no sería bastante; con insistencia recuerda que sólo con Él era posible la Salvación a la que estamos llamados los hombres. Sin Mí no podéis hacer nada, advierte a sus Apóstoles. Porque toda su presencia en este mundo, fue para hacer realidad de modo pleno las palabras del profeta Isaías, según las cuales, por el Espíritu del Señor, todos los males de los hombres quedarían sanados. No tiene, pues, otro sentido su venida al mundo que la salvación del género humano. Por eso, era preciso que estuviera permanentemente con nosotros, y quiso quedarse para siempre en la Eucaristía, y nos envió además el Espíritu Santo –que procede del Padre y del Hijo– para que la Gracia y el Amor de Dios pueda llegar a todos los hombres de todos los tiempo, aunque nosotros no sepamos cómo.

        La Trinidad Beatísima –Padre, Hijo y Espíritu Santo– ha dispuesto sabia y providencialmente que todos los hombres podamos alcanzar el eterno destino en su intimidad para el que fuimos creados. Así, afirma san Pablo, que Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Y ha querido contar Dios Nuestro Señor, haciéndonos participar de su misión redentora, con los hombres y, de modo muy particular, con los cristianos. San Lucas, que nos transmite en esta ocasión las palabras de Jesús que hoy meditamos, nos da buen ejemplo de cómo se colaborara con Dios en la salvación de otros hombres.

        Dirige el Evangelista este Evangelio, así como lo que podríamos llamar su segunda parte, "Los Hechos de los Apóstoles", a su amigo Teófilo: para que conozcas la indudable certeza de las enseñanzas que has recibido, le advierte. Tras la lectura y oportuna meditación de los escritos de Lucas, Teófilo tenía ya sólidos argumentos para su inteligencia y abundantes estímulos, que animarían su libertad para dirigir la propia vida hacia Dios con decisión, de acuerdo con las enseñanzas y la virtud de Jesucristo. Dos libros escribió san Lucas pensando en un amigo. En realidad no parecen excesivos el esfuerzo y el interés, por facilitarle la salvación a un hombre. No olvidemos que a Jesús, Hijo de Dios, no le pareció excesivo dar la vida por nuestra salvación, siendo nuestra eterna felicidad.

        ¿Qué haremos tú y yo para querer de verdad –deseando seriamente lo mejor que es posible desear– a quienes decimos amar? Con la intercesión de Santa María, nuestra Madre del Cielo, sabremos querer a todos con ese amor de Jesucristo, que es salvador y reparte felicidad sin medida.