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Benedicto
XVI: Luz del mundo: el Papa, la Iglesia y los Signos
de los Tiempos
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Peter
Seewald
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Vamos
avanzando en el Adviento, y en este segundo domingo nos propone la
Iglesia la enseñanza de Jesús a un grupo integrado en
su mayor parte por fariseos y saduceos, que se tenían por cumplidores
habituales de la ley, aunque según interpretaciones distintas.
El Señor critica su conducta, que pareeía ya consolidada,
y el reproche puede ser de actualidad y dirigido a un grupo como el
que nosotros formamos. Nosotros también podríamos decir
que ya somos cristianos, que ya rezamos, que cumplimos con lo prescrito...
tantas cosas más podríamos decir para justificarnos,
tratando de mostrar que, por nuestra condición, ya hacemos
lo suficiente para ser considerados buenos.
En este Adviento,
tiempo de preparación personal porque viene Dios en cierto
sentido más especialmente, procuramos examinar nuestra
vida, no sea que necesite ser de algún modo corregida aunque
tengamos habitualmente la impresión de ser buenos, de haber
sido de siempre buenos cristianos. Esa impresión
tenían los fariseos y los saduceos: que, por el hecho de ser
los oficialmente cumplidores de la ley, pensaban que ya no debían
preocuparse más. Su seguridad se apoyaba, como la de algunos
hoy día, en pertenecer a una clase posiblemente heredada y,
por tanto, sin mérito alguno de su parte o quizás con
el exclusivo mérito de mantener unas prácticas religiosas
bastante rutinarias.
Os
aseguro que Dios puede, aun de estas piedras, suscitar hijos de Abrahán,
les reprocha el Bautista. Les viene a decir que la condición
inicial en la vida espiritual no nos basta, la tenemos por providencia
de Dios y punto de partida para lo que se espera de cada uno, para
lo que pide Dios de nosotros. Con razón, pues, castigará
el Señor a los que sin razón se tranquilizan al pensar,
satisfechos, en una bondad la suya heredada o vivida casi
sólo por la fuerza de la costumbre.
No queramos nosotros
sentirnos satisfechos ningún día, como si ya hubiéramos
cumplido con Dios o como si, por la educación cristiana recibida
y pacíficamente asimilada, poco más debiéramos
hacer y exigirnos, aparte de lo que ya vamos haciendo hoy, con poco
esfuerzo por nuestra parte. Espera el Señor de cada uno amor,
decisiones personales auténticas en su servicio, manifestadas,
por tanto, en obras. Y que donde no llegaron nuestras obras, llegue
el arrepentimiento con dolor, porque no supimos querer al Señor
como Él espera. Deberá ser ése el momento de
un renovado propósito, fruto de la contrición.
Suavemente movidos
por la Gracia y con la luz clara de estas palabras del Señor,
podemos decidirnos a rectificar lo que sea necesario, para que la
venida de Dios a los hombres en la próxima Navidad nos encuentre
bien dispuestos. Acogeremos así con más provecho, gozosos,
el tesoro de su misericordia y amor. Será entonces el momento
de responder serena y sencillamente a los que nos pregunten, que el
origen de la verdadera alegría de la felicidad
no puede ser otro que una efectiva unión con Dios; que la fatiga
y hasta el dolor, precio humano de esa unión, se tienen por
bien pagados; y que es nuestro mismo Señor quien, en su misericordia,
nos da las fuerzas para poder y superar la flaqueza que nos detiene.
No olvidemos, en
todo caso, las palabras amenazantes de Juan, aunque sea preferible
actuar por razones positivas: el hacha está
ya puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol
que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego.
Espera Nuestro Dios que le acojamos cargados de futos, habiendo hecho
rendir, para Él, las buenas cualidades que nos ha otorgado.
¿Qué hago con mi tiempo, con mi imaginación,
con mi esfuerzo? Puedo y debo ocuparlos en Dios, aun a costa de renunciar
a ser personalmente el protagonista de la historia de mi vida. Necesito
servir al desarrollo en mí del plan trazado por el Creador
desde antes de la constitución del mundo,
según la expresión de san Pablo.
En este tiempo de
Adviento, cuenta Dios con mi espera ilusionada, mientras me esmero
en los detalles, quizá pequeños, con los que puedo mejorar
para acogerle mejor. Cada esfuerzo en esa mejora será manifestación
de amor, como el amor de María cuando disponía lo necesario
antes del nacimiento de Jesús.
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