Día 10 XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario


        Lc 17, 11-19 Al ir de camino a Jerusalén, atravesaba los confines de Samaría y Galilea; y, cuando iba a entrar en un pueblo, le salieron al paso diez leprosos, que se detuvieron a distancia y le dijeron gritando:
         —¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros!
         Al verlos, les dijo:
         —Id y presentaos a los sacerdotes.
         Y mientras iban quedaron limpios. Uno de ellos, al verse curado, se volvió glorificando a Dios a gritos, y fue a postrarse a sus pies dándole gracias. Y éste era samaritano. Ante lo cual dijo Jesús:
         —¿No son diez los que han quedado limpios? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?
         Y le dijo:
         —Levántate y vete; tu fe te ha salvado.

La vida como ocasión de amar

Los Primeros Cristianos

        Lo que sucedió aquel día, hace casi dos mil años, nos resula plenamente actual. La condición humana –herida por el pecado original– y nuestro mal uso de la libertad son ocasión de manifestaciones de egoismo y desconsideración, como la que narra san Lucas y la Iglesia hoy nos recuerda.

         Pidamos al Espíritu Santo su luz para nuestro corazón, de modo que contemplemos las diversas circunstancias de nuestra existencia y, en general, de la vida de los hombres con los ojos de Cristo. Supliquémosle comprender el valor de la belleza y bondad natural, del agradecimiento, de la generosidad... Es necesario captar la verdad profunda, para muchos escondida, de aquella enseñanza permanente de Jesús, según la cual es mejor dar que recibir, atesorando así verdadera riqueza en los cielos.

         Lamentablemente, domina hoy –como en otros tiempos– una cultura de intereses materiales para la que la categoría individual se relaciona directamente con el confort, la capacidad de éxito social, la riqueza, la salud, etc. Ser agradecido, ayudar a los que nos rodean o terminar bien un trabajo, no tendría, en cambio, especial interés a menos que se apreciara con claridad un cierto beneficio por ello. Estamos habituados a contemplar esta actitud con demasiada frecuencia. Y, de tal modo vamos a veces a lo nuestro, que ni caemos en la cuenta de que tenemos posibilidades –con nuestro tiempo, nuestro esfuerzo, nuestros medios– de favorecer a otros que viven con necesidades de diverso tipo. En nuestros días están muy facilitadas las relaciones humanas. Los medios de comunicación, asimismo hoy muy accesibles, nos hacen conocer cada día tantas situaciones lamentables, no pocas veces, en efecto, al alcance de nuestra generosidad si estamos dispuestos a tomarnos la molestia.

         Bastantes carecen, por ejemplo, de la necesaria formación espiritual-religiosa. Es un hecho muy fácil de comprobar. Lo notamos a diario en las conversaciones con amigos y conocidos. ¿Qué actitud tomo ante esa deficiencia en personas que conozco? Porque hay quien se prepara especialmente bien, pensando no sólo en su personal necesidad: el deber de conocer a Dios y la doctrina cristiana para agradarle con la propia vida, sino también considerando que se puede y se debe ayudar a otros a ser mejores. Pero para ello se requiere una específica formación doctrinal y apostólica. Son personas que no sólo piensan en sí y en lo suyo, sino también, y de modo permanente, en lo ajeno y actúan en consecuencia para mejorarlo.

         Jesús merecía agradecimiento después de aquel gran milagro, lo exigía la justicia aunque no pudiera, en rigor, calificarse de delito la actitud de los que no volvieron a dar las gracias. Y es que estamos demasiado habituados a realizar las cosas por las malas: porque si no... sufriremos las consecuencias. Parece que tiende a desaparecer la cultura de la generosidad, según la cual, "si puedo hacer el bien lo haré". Ciertamente me costará, pues tendré que renunciar a una conducta más cómoda o a cierto beneficio mío en favor de otro, pero así actúo mejor. Con este criterio agradeció el milagro aquel samaritano curado de la lepra por Jesús, que aparentemente ya estaba curado y no tenía aparentemente más que ganar, por glorificar a Dios y postrarse ante Cristo.

         Se reclama para la vida cristiana, tal como la pide Nuestro Señor a todos, una actitud siempre positiva, de amor, de derroche en el amor. Es típico del cristiano una vida magnánima, de la que Jesús nos da buen ejemplo: pero vayamos a otras ciudades –dice a sus discípulos tras algunos milagros o después de haber enseñado en cierto lugar– para que también allí enseñe la Buena Noticia. No se conforma con el bien realizado, ni únicamente sale al paso de las necesidades que unos y otros le manifiestan, ni está exigente cristiana en no incurrir en delitos. Cuando ha concluído en una ciudad, enseguida se dirige a otra donde presupone que vendrá bien su ayuda y su doctrina. Y su amor espléndido se adelanta –sin que se lo pidan– en otra ocasión, compadecido de la muchedunbre que pasaría hambre sin su intervención milagrosa: Me da mucha pena la muchedumbre, porque ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer, y no quiero despedirlos en ayunas, no vaya a ser que desfallezcan en el camino. Así son los sentimientos de Cristo, que deben ser modelo de los nuestros.

        ¿Qué más puedo hacer?, ¿a dónde más puedo llegar?, ¿cómo puedo ayudar mejor a esa persona?, ¿qué más podría hacer por ella? Necesitamos esa actitud de amor propia de Dios, que no ganaba nada haciéndose hombre, que no perdía nada si no se hubiera encarnado. ¡Qué bien se expresa san Juan, diciendo: ¡Dios es amor! Es donación eterna de máximo bien. Démosle gracias porque a ningún otro ser, como al hombre, ha favorecido tanto: nos hizo hijos suyos en Jesucristo. Pidámosle perdón porque no sabemos valorar su cariño. Incluso a veces podemos ver solamente una carga en lo que nos pide, y no ante todo una oportunidad de desarrollo personal, una oportunidad, una ocasión de amarle, y de enriquecernos de verdad con ese amor.

         Es claro que, siendo así por voluntad divina nuestra existencia: destinada a la intimidad y perfección con Él; no está, sin embargo, exenta de esfuerzo y de dolor. La dimensión de trabajo, que acompaña cada uno de nuestros días, es lo que garantiza la libertad humana, lo que asegura que no hacemos las cosas movidos por un instinto, ni por la mayor facilidad del asunto de que se trate. Si nos proponemos algo porque es bueno y lo hacemos aunque nos cuesta, es porque reconocemos en ello la voluntad de Dios y, en nuestro querer, el amor que le tenemos: ¡Démosle gracias!

         A nuestra Madre le rogamos que nos consiga de la Trinidad Beatísima una fe a la medida de su fe, para que nos sintamos, como Ella, dichosos por la elección divina e ilusionados contemplando en el horizonte de nuestra existencia, junto a cada mandamiento, una permanente ocasión de amar.