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Día 29 El Martirio de San Juan Bautista |
Evangelio:
Mt 25, 1-13 Entonces el Reino de los Cielos será
como diez vírgenes, que tomaron sus lámparas y salieron
a recibir al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes; pero
las necias, al tomar sus lámparas, no llevaron consigo aceite;
las prudentes, en cambio, junto con las lámparas llevaron aceite
en sus alcuzas. Como tardaba en venir el esposo, les entró sueño
a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: «¡Ya
está aquí el esposo! ¡Salid a su encuentro!»
Entonces se levantaron todas aquellas vírgenes y aderezaron sus
lámparas. Y las necias les dijeron a las prudentes: «Dadnos
aceite del vuestro porque nuestras lámparas se apagan».
Pero las prudentes les respondieron: «Mejor es que vayáis
a quienes lo venden y compréis, no sea que no alcance para vosotras
y nosotras». Mientras fueron a comprarlo vino el esposo, y las
que estaban preparadas entraron con él a las bodas y se cerró
la puerta. Luego llegaron las otras vírgenes diciendo: «¡Señor,
señor, ábrenos!» Pero él les respondió:
«En verdad os digo que no os conozco». Por eso: velad, porque
no sabéis el día ni la hora. |
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Santa Pureza |
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Parece,
y es verdad, que en todo momento debemos ser puros. "¿Qué
tal la virtud de la Pureza?", he preguntado en ocasiones en la dirección
espiritual. "Bien..., normal...", suelen responder. Y, a continuación,
prosiguen con algo así como que en ese aspecto no tienen problemas,
pues son personas sencillas, ocupadas en sus cosas, que procuran no
herir a sus semejantes y cumplir las propias obligaciones con justicia.
Está claro, que no han comprendido la pregunta; que posiblemente
existe en este caso, como en otros, una indeseable alianza entre la
ignorancia y la falta de exigencia en el sujeto, que conduce a que muchos
ni siquiera lleguen a plantearse vivir la sexualidad con los criterios
de Jesucristo. Porque la Pureza –la Santa Pureza– es la virtud cristiana
gracias a la cual se regula la capacidad generativa de acuerdo con la
recta razón iluminada por la fe. Por lo tanto, no viven esta
virtud humana y cristiana, los que incurren, consigo mismos o con otros,
en acciones deshonestas, contrarias a la castidad, o se ponen en peligro
de cometerlas. No
se nos escapa que en nuestros días, quizá más que
en otras épocas, parece cosa normal el ejercicio de la sexsualidad
al margen de la trasmisión de la vida; que el sexo –desprovisto de su sentido y finalidad
originales– es para algunos casi sólo otra
forma de esparcimiento y también objeto de comercio. No es posible
analizar ahora con alguna profundidad este fenómeno, ni en sus
orígenes, ni en sus consecuencias, claramente presentes, por
lo demás, en nuestra cultura. Supliquemos, en cambio,
para todos la limpieza de corazón y de cuerpo, que, como anunció
Jesucristo en las bienaventuranzas, es imprescindible para contemplar
a Dios: Bienaventurados los limpios de corazón
porque verán a Dios. La virtud de la castidad, sin ser
la primera en el orden de las virtudes, es, sin embargo, imprescindible
para vivir otras muchas, entre ellas, la caridad: el amor a Dios y al
prójimo en que consiste la esencia de la perfección cristiana. Nos
serviremos de algunos textos de san Josemaría, tomados todos
ellos de Camino, para continuar nuestra meditación sobre
esta virtud: ¿Pureza? —preguntan. Y se sonríen. —Son los
mismos que van al matrimonio con el cuerpo marchito y el alma desencantada... ¡Cuántas veces nos encontramos por
desgracia con esta paradoja! Es una pretendida alegría por haber
"superado" lo que algunos llaman "perjuicios" únicamente religiosos.
Esa falsa risa, tantas veces inducida por la moda, por el qué
dirán..., por no ser menos..., viene a ser como el "canto del
cisne": el preludio de una amargura y un desengaño, de los que
algunos luego no saben o no quieren retornar. Porque parece claro –de
modo especial en ciertos ambientes culturales– que la vida pública,
la calle..., no colabora positivamente con el ejercicio de esta virtud.
El cristiano comprometido con su fe lo sabe, y no le resulta extraño,
por lo tanto, vivir contracorriente en este aspecto de su vida. Como
tampoco se deja amedrentar por sentirse solo y hasta raro entre una
sociedad que parece haber cambiado sus fines naturales. Los hijos de
Dios, responsables y orgullosos de su condición, no se arredran: Hace falta una cruzada de virilidad y de pureza que contrarreste
y anule la labor salvaje de quienes creen que el hombre es una bestia. Además, vivir esta virtud no es para tanto. Sólo parece imposible a los que han claudicado sin apenas lucha: sin el empeño por la Santa Pureza que si ponen, en cambio, en otros ideales, quizá no tan nobles. Cuando te decidas con firmeza a llevar vida limpia, para
ti la castidad no será carga: será corona triunfal.
En efecto, asegura el Santo de lo ordinario, la pureza cuesta menos –aunque
siempre habrá que esforzarse– si hay una decisión firme
de vivir limpiamente, evitando las ocasiones de pecado, como evita el
contagio infeccioso quien quiere permanecer sano. Porque el que vive
esta virtud, notando humana y espiritualmente sus efectos, está
en condiciones de valorar su excelencia, sin recurrir al autoengaño
de los que dicen sentirse bien, cuando se dejan arrastrar por sus pasiones
y debilidades. Así lo recuerda también san Josemaría: Me escribías, médico apóstol: "Todos
sabemos por experiencia que podemos ser castos, viviendo vigilantes,
frecuentando los Sacramentos y apagando los primeros chispazos de la
pasión sin dejar que tome cuerpo la hoguera. Y precisamente entre
los castos se cuentan los hombres más íntegros, por todos
los aspectos. Y entre los lujuriosos dominan los tímidos, egoístas, falsarios y crueles, que son características
de poca virilidad". Recordemos la personalidad y conducta de Herodes. La fortaleza necesaria para vivir esta virtud no será, casi nunca, un alarde de resistencia en los momentos de tentación, sino la energía humilde de quien es consciente de su debilidad y no consiente con la ocasión: No tengas la cobardía de ser "valiente": ¡huye! Así lo aconsejaba el Fundador de la Obra y así se lo pedimos a Santa María, Madre nuestra. |
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