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Día 29 El Martirio de San Juan Bautista |
Evangelio: Mc 6, 17-29 Herodes
había mandado apresar a Juan y le había encadenado en
la cárcel a causa de Herodías, la mujer de su hermano
Filipo; porque se había casado con ella y Juan le decía
a Herodes: «No te es lícito tener a la mujer de tu hermano».
Herodías le odiaba y quería matarlo, pero no podía:
porque Herodes tenía miedo de Juan, ya que se daba cuenta de
que era un hombre justo y santo. Y le protegía y al oírlo
le entraban muchas dudas; y le escuchaba con gusto. |
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Santa Pureza |
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Parece,
y es verdad, que en todo momento debemos
ser puros. "¿Qué tal la virtud de la Pureza?", he preguntado
en ocasiones en la dirección espiritual. "Bien..., normal...",
suelen responder. Y, a continuación, prosiguen con algo así
como que, en ese aspecto, no tienen problemas, pues, son personas sencillas,
ocupadas en sus cosas, que procuran no herir a sus semejantes y cumplir
las propias obligaciones con justicia. Está claro, que no han
comprendido la pregunta; que posiblemente existe en este caso, como
en otros, una indeseable alianza entre la ignorancia y la falta de exigencia
en el sujeto, que conduce a que muchos ni siquiera lleguen a plantearse
vivir la sexualidad con los criterios de Jesucristo. Porque la Pureza
–la Santa Pureza– es la virtud cristiana gracias a la cual se regula
la capacidad generativa de acuerdo con la recta razón iluminada
por la fe. Por lo tanto, no viven esta virtud humana y cristiana, los
que incurren, consigo mismos o con otros, en acciones deshonestas, contrarias
a la castidad, o se ponen en peligro de cometerlas. El
pasaje de san Mateo que hoy consideramos, presenta una situación
de clamorosa deshonestidad. No podemos detenernos en analizar con detalle
el caso. Tomamos ocasión, en cambio, de aquel triste suceso para
suplicar para todos la limpieza de corazón y de cuerpo, que,
como anunció Jesucristo en las bienaventuranzas, es imprescindible
para contemplar a Dios: Bienaventurados los limpios
de corazón porque verán a Dios. La virtud de la
castidad, sin ser la primera en el orden de las virtudes, es, sin embargo,
imprescindible para vivir otras muchas, entre ellas, la caridad: el
amor a Dios y al prójimo en que consiste la esencia de la perfección
cristiana. Nos
serviremos de algunos textos de san Josemaría, tomados todos
ellos de Camino, para continuar nuestra meditación sobre
esta virtud: ¿Pureza? —preguntan. Y se sonríen. —Son los
mismos que van al matrimonio con el cuerpo marchito y el alma desencantada... ¡Cuántas veces nos encontramos por
desgracia con esta paradoja! Es una pretendida alegría por haber
"superado" lo que algunos llaman "perjuicios" únicamente religiosos.
Esa falsa risa, tantas veces inducida por la moda, por el qué
dirán..., por no ser menos..., viene a ser como el "canto del
cisne": el preludio de una amargura y un desengaño, de los que
algunos luego no saben o no quieren retornar. Porque parece claro –de
modo especial en ciertos ambientes culturales– que la vida pública,
la calle..., no colabora positivamente con el ejercicio de esta virtud.
El cristiano comprometido con su fe lo sabe. No le resulta extraño,
por consiguiente, vivir contracorriente en este aspecto de su vida,
ni se deja amedrentar por sentirse solo y hasta raro entre una sociedad
que parece haber cambiado sus fines naturales. Los hijos de Dios, responsables
y orgullosos de su condición, no se arredran: Hace falta una cruzada de virilidad y de pureza que contrarreste
y anule la labor salvaje de quienes creen que el hombre es una bestia. Además, no es para tanto. Sólo parece imposible a los que han claudicado sin apenas lucha: sin el empeño por la virtud que ponen en otros ideales, quizá no tan nobles. Cuando te decidas con firmeza a llevar vida limpia, para
ti la castidad no será carga: será corona triunfal.
En efecto, asegura el Santo de lo ordinario, la pureza cuesta menos –aunque
siempre habrá que esforzarse– si hay una decisión firme
de vivir limpiamente, de evitar las ocasiones de pecado, como evita
el contagio infeccioso quien quiere permanecer sano. Porque el que vive
esta virtud, aunque note humana y espiritualmente sus efectos, está
en condiciones de valorar su excelencia, sin recurrir al autoengaño
de los que dicen sentirse bien, cuando se dejan arrastrar por sus pasiones
y debilidades. Así lo recuerda también san Josemaría: Me escribías, médico apóstol: "Todos
sabemos por experiencia que podemos ser castos, viviendo vigilantes,
frecuentando los Sacramentos y apagando los primeros chispazos de la
pasión sin dejar que tome cuerpo la hoguera. Y precisamente entre
los castos se cuentan los hombres más íntegros, por todos
los aspectos. Y entre los lujuriosos dominan los tímidos, egoístas, falsarios y crueles, que son características
de poca virilidad". Recordemos la actitud de Herodes. La fortaleza necesaria para vivir esta virtud no será, casi nunca, un alarde de resistencia en los momentos de tentación, sino la energía humilde de quien es consciente de su debilidad y no consiente con la ocasión: No tengas la cobardía de ser "valiente": ¡huye! Así lo aconsejaba el Fundador de la Obra y así se lo pedimos a Santa María, Madre nuestra. |
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