Día 26 VIII Domingo del Tiempo Ordinario

        Evangelio: Mc 2, 18-22 Los discípulos de Juan y los fariseos estaban de ayuno; y vinieron a decirle:
        —¿Por qué los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunan y, en cambio, tus discípulos no ayunan?
        Jesús les respondió:
        —¿Acaso pueden ayunar los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Durante el tiempo en que tienen al esposo con ellos no pueden ayunar. Ya vendrán días en que les será arrebatado el esposo; entonces, en aquel día, ya ayunarán.
        »Nadie cose un remiendo de paño nuevo a un vestido viejo; porque entonces lo añadido tira de él, lo nuevo de lo viejo, y se produce un desgarrón peor. Tampoco echa nadie vino nuevo en odres viejos; porque entonces el vino hace reventar los odres, y se pierden el vino y los odres. Para vino nuevo, odres nuevos.

La alegría de la presencia de Dios

 

        —¿Acaso pueden ayunar los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Jesús se propone rectificar, con un amable reproche, a los que pretendían de algún modo y por poco fuera, restar algo de alegría a sus Apóstoles, con un ayunos y penitencias inoportunos. Lo tenían a Él, fuente misma de la Gracia, y bastaba una leve insinuación al Maestro, para que todo el Amor omnipotente de Dios se desbordara en favor de sus hijos.

        Los que formulan a Jesús la pregunta no se habían enterado de a quién tenían la fortuna de tener por Maestro los discípulos de Jesús. En realidad, tampoco los propios Apóstoles se daban cuenta del todo. Solamente Pedro, que sería luego cabeza de los doce, sabrá en su momento responder con precisión –gracias a una divina revelación– a la pregunta de Cristo:
        —Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
        Respondió Simón Pedro:
        —Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.
        Jesús le respondió:
        —Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.

        Por eso se sienten inseguros –no les vaya faltar el alimento– yendo con Jesús de viaje, y tienen pánico en otra ocasión al ver que el lago encrespado comienza ya a inundar la barca, por la fuerza de las olas. Es muy ilustrativo el reproche –otro día– de Jesús a Pedro:
        —Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?, le recrimina cuando comenzaba ya a hundirse en el lago, porque en un instante le faltó confianza, habiéndolo Jesús invitado a caminar como Él sobre las aguas.

        Jesús, con un convencimiento incuestionable de la riqueza sin igual que su presencia entre los hombres supone para cada uno, lo afirma con palabras que podrían parecer presuntuosas, si no fueran una sencilla verdad pronunciada por la boca de la misma Sabiduría: Bienaventurados, en cambio, vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Porque en verdad os digo que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que estáis viendo y no lo vieron, y oír lo que estáis oyendo y no lo oyeron. Es Dios mismo quien está presente y se deja ver y escuchar en Jesucristo, quien está en el mundo únicamente en favor de los hombres.

        Y tú y yo, ¿nos sentimos felices y agradecidos, más que por ninguna otra realidad favorable de este mundo, porque Cristo está con nosotros, porque vivimos en su presencia y lo tenemos siempre a nuestro favor? No seamos descastados con quien tanto nos quiere y tanto bien quiere aportar a nuestra vida. Comenta san Josemaría:
        Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. —Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado.
        Y está como un Padre amoroso —a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos—, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo... y perdonando.
        ¡Cuántas veces hemos hecho desarrugar el ceño de nuestros padres diciéndoles, después de una travesura: ya no lo haré más! —Quizá aquel mismo día volvimos a caer de nuevo... Y nuestro padre, con fingida dureza en la voz, la cara seria, nos reprende..., a la par que se enternece su corazón, conocedor de nuestra flaqueza, pensando: pobre chico, ¡qué esfuerzos hace para portarse bien!
        Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos.

        La cercanía de quien nos ama, nos alegra y da seguridad. Pues, si tenemos tan claro que nadie puede amarnos como nos ama Dios en todo instante, ¿cómo no fomentamos más de continuo el pensamiento de su presencia intima en nosotros?: mientras trabajamos, si estamos con la familia, con los amigos, en la diversión o en el deporte, en el descanso... Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos, anima el Apóstol a los primeros cristianos. Y en verdad sería una injusticia no estar contentos o, al menos, una lamentable inconsciencia: ¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y... no me he vuelto loco?, parece lamentarse el autor de Camino.

        Evoquemos de intento su presencia, como hacemos para acordarnos de un detalle que no podemos olvidar, aunque tenemos la cabeza con otros mil asuntos. Un objetivo que querremos tomarnos con ilusión: Dios lo merece, por supuesto, y ¡qué menos para intentar corresponder a su gran bondad! Así, nuestras obras van tomando esa forma que Él espera, porque nos sabemos contemplados amorosamente por nuestro Padre Bueno en todo momento.

        La felicidad desbordante de la Madre de Dios, se fijó en la pequeñez de su esclava ... hizo en mí cosas grandes el Todopoderoso, nos llena de santa envidia y queremos imitarla.