Día 5 II Domingo de Navidad

        Evangelio: Jn 1, 1-19 En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Todo se hizo por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho.
         En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron.
         Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos creyeran. No era él la luz, sino el que debía dar testimonio de la luz.
         El Verbo era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre, que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo se hizo por él, y el mundo no le conoció.
         Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron. Pero a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios.
         Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
         Juan da testimonio de él y clama: "Éste era de quien yo dije: El que viene después de mí ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo". Pues de su plenitud todos hemos recibido, y gracia por gracia.
         Porque la Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo.
         A Dios nadie lo ha visto jamás; el Dios Unigénito, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer.

Ante todo hijos de Dios

 

        Con la experiencia de una larga vida, tras haber intimado en su juventud con el Señor, san Juan escribe su Evangelio comenzando con la palabras que hoy consideramos. Parece como si el Apóstol y Evangelista, consciente de que no podrá extenderse excesivamente y de que, a la vez, le es imposible glosar de modo adecuado lo que transmite a sus lectores, ya de entrada sin preámbulo alguno decidiera abordar la cuestión decisiva de nuestra existencia.

        Sin duda, la Revelación que meditamos en este día, es una de las verdades más decisivas para la vida del cristiano: inspirado por el Espíritu Santo, nos hace conocer san Juan nuestra condición de hijos del Creador de cuanto existe: una relación, que nos eleva lo inimaginable sobre el resto de la realidad creada y nos mueve al agradecimiento. Y deseamos corresponder con amor, al amor que nos manifestó Dios Padre; que nos ha querido tanto que, a pesar de la infidelidad humana, envió al mundo a su Unigénito, para que todo el que crea en El no perezca sino que tenga vida eterna. Se trata de la realidad que fundamenta nuestra dignidad, y la única verdadera razón de la supremacía que siente el hombre sobre el resto del mundo que contempla. De ahí que, contrariamente a lo que algunos piensan, el hombre, negando a Dios, se autoaniquila al prescindir del fundamento de su valor.

        Hoy como nunca, vuelve estar de actualidad la afirmación de san Pablo a los primeros cristianos de la Iglesia en Roma: Porque estoy convencido –les dice– de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se va a manifestar en nosotros. En efecto, la espera ansiosa de la creación anhela la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación se ve sujeta a la vanidad, no por su voluntad, sino por quien la sometió, con la esperanza de que también la misma creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la libertad gloriosa de los hijos de Dios. En efecto, tenemos experiencia de que tendemos al pecado y, como consecuencia de él, a un desorden que nos descompone social y personalmente. Permanecemos, entonces como en corrupción, incapaces de obras buenas; e, inútiles para progresar, nos sentimos sometidos a nuestros defectos mientras no acudimos a Dios reconociendo que somos débiles y necesitamos de Él.

        Es aparente toda liberación, entendida como independencia de nuestro Padre Dios. Lo que sería en ese caso más "libertad", más "autonomía", se siente por el contrario y enseguida como opresión por parte de nuestros iguales; que, asimismo "liberados", no ven la necesidad de respetar los ámbitos legítimos a los que tenemos derecho los demás. Si no se ama a Dios; si no lo contemplamos como es: Señor-Legislador del mundo; ni lo amamos, por consiguiente respetando los criterios o normas para la vida que, según su voluntad, ha establecido; caemos enseguida en la incoherencia de organizarnos de acuerdo con nuestra voluntad. Nos sentimos entonces, tal vez, liberados de toda autoridad superior; pero indudablemente frustrados, a poco que consideremos que, no siendo dioses, como mucho, podríamos aspirar a lo que nos sugiera nuestra limitada imaginación.

        El plan que Dios Nuestro Padre, que es sólo amor, nos reserva, no lo hemos ideado cada uno, ni tenemos derecho a manipularlo a nuestro antojo. Por el contrario, como criaturas que somos, nos corresponde aceptarlo humildemente; es decir, de acuerdo con la realidad de la situación que vivimos ante Dios. En todo caso, siendo suyo y para amar a sus hijos con todo su poder, no puede defraudarnos. Descansemos, por tanto, esperando una sorpresa sin igual. Que Dios nos quiere con todo el poder y la ternura de su corazón de Dios. Y, desde ahora, podemos ya recrearnos en la misma esperanza que llena de gozo a nuestra Madre, que exclama: porque Dios se fijó en la humildad de su esclava, por eso la llamarán bienaventurada todas las generaciones: pues, el Todopoderoso hizo grandezas en mí.