Va por ellas

Aviso a navegantes: entre sonrisa y sonrisa, llegaré a echar más de una lágrima.

Miguel Aranguren
Época
El arca de la isla

        No les miento al reconocer el miedo escénico que me causa la primera de mis colaboraciones para ÉPOCA. No en vano, esta era la cabecera que –allá por mediados de los ochenta– mi padre compraba con el deseo de profundizar sobre los más variopintos asuntos, políticos en su mayoría. Él fue un magnífico padre. Podría haberse decidido por otras revistas del género, pero ya por entonces la competencia lanzaba a los quioscos el anzuelo del bajo vientre para captar lectores. Raro era el número en el que unos y otros no colocaban en sus portadas, como señuelo, asuntos relacionados con la práctica del sexo. Prácticas generalmente estrambóticas, por cierto, que combinaban con los avatares de aquel entonces (la omnipresencia del PSOE de Felipe, la falta de liderazgo en una derecha fragmentada, los primeros escándalos de corrupción…). Por entonces, las mujeres homenajeaban a Mazinger Z con las hombreras y los volantes generosos de sus ropajes. Y se echaban algunos pulsos (unas eran de Raphael y otras defendían con uñas y dientes a Julio Iglesias, que según uno de mis hermanos “es el prototipo de hombre con el que la cincuentona desencantada desea vivir una aventura”).

        Así que entenderán el temor que me embarga. ÉPOCA ofrecía impagables lecciones de “Inglés con esfuerzo” a cargo de Manuel Summers. Las devoré con glotonería porque pertenezco a una generación que dedicó 12 años de colegio a la conjugación del verbo to be para, más tarde, incluir la “soltura en el manejo del idioma” de la Pérfida Albión entre las medias verdades que decoraron aquel currículo con el que logré un puesto de becario. Y no se me cayeron los anillos, doy fe. De hecho, también una de mis parientes (somos más de 100 primos, ya se lo contaré con detalle otro día) subió y subió en la jerarquía de su banco británico mediante un sencillo truco: cuando le llamaban desde Londres y no lograba descifrar el trabalenguas de aquellos bebedores de té, se ponía a gritar lo que a veces nos sirve de excusa cuando un pelmazo se nos cuela por el teléfono móvil, “¡qué mal se escucha...!”, “¡hay muchas interferencias...!”, antes de colgar de sopetón. Al final era un compañero de su equipo el que se encargaba de responder a los zumbidos que amenazaban una nueva conferencia.

        Aquellos ÉPOCA fotografiaban a los socialistas con pobladas barbas. ¡Cómo han cambiado las cosas...! Las final era un compañero de su equipo el que elecciones del 20-N se van a resolver entre dos barbas, pues la quijada con abrigo ya no es exclusiva de los descamisados de Hermès; hasta los brókers que aún se atreven a pasear, tirantes en ristre, por la calle Serrano, lucen sotabarba a juego con la corbata y el traje de raya diplomática, que podría ser el próximo modelo carcelario.

        Estoy convencido de que mi padre estará orgulloso al descubrir que firmo esta doble página en una nueva ÉPOCA que abandera Intereconomía, el Grupo del toro, tan aficionado a la Fiesta nacional como somos en casa. Por cierto, que no soy de los que suelta la coletilla “allí donde esté”, porque confío en que disfruta del cielo. Bien merecido lo tiene por escoger la prensa que entraba en casa y que sus hijos, ávidos y curiosos, nos embebíamos. Y por otras razones más importantes que no vienen al caso.

        Les diré, a pesar del miedo manifestado, que pretendo escribir para ellas, nuestras lectoras, pues tengo comprobado que es la manera más inteligente de ganarse adeptos. Los hombres compramos revistas femeninas con la excusa de dar gusto a la mujer, pero somos los primeros que deseamos hincar el diente a esas páginas repletas de colorín, en las que no caben las aburridas maneras de los diarios salmón o de los deportivos, tan previsibles como faltos de interés para quien sabe que el secreto de la naturaleza humana no se esconde en una tabla de valores ni en los resultados de una jornada futbolística, ya que el hombre (y la mujer, que ahora todo precisa aclaración) es una especie de expectativas: viajes, cultura, ocio, familia… que necesita satisfacer, aunque sea mediante la mirada oblicua a una sección que parece concesión de galantería.

        En mi condición de hijo, hermano, marido, padre y amigo de mujeres estoy convencido de que la guerra de los sexos precisa un análisis desde la otra orilla para gestar una paz definitiva y más que necesaria después del paso del rodillo del feminismo zen, que ha provocado tantas estupideces como heridas. Qué mejor, entonces, que desgranar –número a número– esta relación tan beneficiosa. Porque somos lo que somos, en primer lugar, gracias a ti, lectora de esta nueva ÉPOCA hermanada con La Gaceta, que tiene la generosidad y el valor de prestarme su espacio para que escriba acerca de las muchas cosas que nos unen, del sentido común que tu feminidad regala a la vida, a este mundo de locos que sería definitivamente esquizofrénico si no jugaras todas y cada una de tus bazas.