Todos, con nuestros pecados, llevamos a Cristo a la Cruz
Comentario del padre Raniero Cantalamessa –predicador de la Casa Pontificia– a las lecturas de la liturgia de la Misa del domingo de Ramos de la Pasión del Señor, Isaías 50, 4-7; Filipenses 2, 6-11; Lucas 22, 14-23, 56.
ROMA, viernes, 29 marzo 2007 (ZENIT.org).
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Una mirada de historiadores a la Pasión de Cristo

        En el Evangelio del domingo de Ramos escuchamos por completo el relato de la Pasión según San Lucas. Nos planteamos la cuestión crucial, para responder a la cual fueron escritos los Evangelios: ¿por qué un hombre así acabó en la cruz? ¿Cuál es el motivo y quiénes los responsables de la muerte de Jesús?

        Según una teoría que empezó a circular después de la tragedia de la Shoa de los judíos, la responsabilidad de la muerte de Cristo recae principalmente, es más, tal vez exclusivamente, en Pilato y la autoridad romana, cosa que indica que su motivación es más de orden político que religioso. Los Evangelios han excusado a Pilato y acusado de ella a los jefes del judaísmo para tranquilizar a las autoridades romanas y tenerlas como amigas.

        Esta tesis nació de una preocupación justa que hoy todos compartimos: cortar de raíz todo pretexto para el antisemitismo que tanto mal ha procurado al pueblo judío por parte de los cristianos. Pero el perjuicio más grave que se puede hacer a una causa justa es el de defenderla con argumentos erróneos. La lucha contra el antisemitismo hay que situarla sobre un fundamento más sólido que una discutible (y discutida) interpretación de los relatos de la Pasión.

        La ajenidad del pueblo judío, en cuanto tal, a la responsabilidad de la muerte de Cristo, reposa en una certeza bíblica que los cristianos tienen en común con los judíos, pero que lamentablemente por muchos siglos ha sido extrañamente olvidada: «El que peque es quien morirá; el hijo no cargará con la culpa de su padre, ni el padre con la culpa de su hijo» (Ez 18, 20). La doctrina de la Iglesia conoce un solo pecado que se transmite por herencia de padre a hijo, el pecado original; ningún otro.

        Ya asegurado el rechazo del antisemitismo, desearía explicar por qué no se puede aceptar la tesis de la total ajenidad de las autoridades judías a la muerte de Cristo, y por lo tanto de la naturaleza esencialmente política de ella. Pablo, en la más antigua de sus cartas, escrita en torno al año 50, da, de la condena de Cristo, la misma versión fundamental de los Evangelios. Dice que «los judíos dieron muerte al Señor» (1 Ts 2, 15), y sobre los hechos ocurridos en Jerusalén poco antes de su llegada a la ciudad él debía estar mejor informado que nosotros, los modernos, al haber aprobado y defendido «encarnizadamente», en un tiempo, la condena del Nazareno.

        No se pueden leer los relatos de la Pasión ignorando todo lo que les precede. Los cuatro evangelios atestiguan, se puede decir que a cada página, un choque religioso creciente entre Jesús y un grupo influyente de judíos (fariseos, doctores de la ley, escribas) sobre la observancia del sábado, sobre la actitud hacia los pecadores y publicanos, sobre lo puro y lo impuro.

        Pero una vez demostrada la existencia de este desacuerdo, ¿cómo se puede pensar que ello no haya jugado ningún papel en el momento del ajuste final de cuentas y que las autoridades judías se decidieran a denunciar a Jesús ante Pilato únicamente por miedo a una intervención armada de los romanos, casi a su pesar?

        Pilato no era una persona sensible a razones de justicia, como para preocuparse de la suerte de un desconocido judío; era un tipo duro y cruel, dispuesto a ahogar en sangre cualquier mínimo indicio de revuelta. Todo ello es muy cierto. No intenta salvar a Jesús por compasión hacia la víctima, sino sólo por una obstinación contra sus acusadores, con los que estaba en marcha una guerra sorda desde su llegada a Judea. Naturalmente, esto no disminuye en absoluto la responsabilidad de Pilato en la condena de Cristo, que recae en él no menos que sobre los jefes judíos.

        No se trata, sobre todo, de querer ser «más judíos que los judíos». De las noticias sobre la muerte de Jesús, presentes en el Talmud y en otras fuentes judaicas (si bien tardías e históricamente contradictorias), emerge algo: la tradición judía nunca ha negado una participación de las autoridades religiosas del tiempo en la condena de Cristo. No ha fundado la propia defensa negando el hecho, sino a lo más negando que el hecho, desde el punto de vista judío, constituyera delito y que su condena fuera una condena injusta.

        A la pregunta: «por qué Jesús fue condenado a muerte», después de todas las investigaciones y alternativas propuestas, se debe por lo tanto dar la respuesta que dan los evangelios. Fue condenado por un motivo esencialmente religioso, el cual sin embargo fue hábilmente formulado en términos políticos para convencer mejor al procurador romano. El título Mesías sobre el que estaba fundamentada la acusación del Sanedrín, en el proceso ante Pilato, se convierte en «Rey de los judíos», y éste será el título de condena que se colgará en la cruz: «Jesús Nazareno, Rey de los judíos». Jesús había luchado toda su vida para evitar esta confusión, pero al final será precisamente ella la que decida su suerte.

        Esto deja abierto el tema sobre el uso que se hace de los relatos de la Pasión. En el pasado estos se usaron frecuentemente (por ejemplo, en ciertas representaciones teatrales de la Pasión) de manera impropia, con forzamientos antijudíos. Se trata de algo hoy por todos firmemente confirmado, aunque tal vez aún queda algo qué hacer para eliminar de la celebración cristiana de la Pasión todo lo que pueda ofender la sensibilidad de los hermanos judíos. Jesús fue y sigue siendo, a pesar de todo, el mayor don que el judaísmo dio al mundo. Un don, entre otras cosas, que pagó a un elevado precio...

        La conclusión que podemos sacar de las consideraciones históricas realizadas es, por lo tanto, que poder religioso y poder político, los jefes del Sanedrín y el procurador romano, participaron ambos, por motivos diferentes, en la condena de Cristo. Debemos añadir enseguida que la historia no dice todo ni lo esencial sobre este punto. Por la fe, quienes dieron muerte a Jesús fuimos todos nosotros con nuestros pecados.

        Dejemos ahora aparte las cuestiones históricas y dediquemos algún instante a contemplarle a Él. ¿Cómo se comporta Jesús en la Pasión? Sobrehumana dignidad, paciencia infinita. Ni un solo gesto o palabra que desmienta lo que Él había predicado en su Evangelio, especialmente en las Bienaventuranzas. Él muere pidiendo el perdón para sus verdugos.

        Con todo, nada hay en Él que se asemeje al orgulloso desprecio del dolor del dolor del estoico. Su reacción al sufrimiento y a la crueldad es humanísima: tiembla y suda sangre en Jetsemaní, desearía que el cáliz pasara de él, busca apoyo en sus discípulos, grita su desolación en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

        Un rasgo de esta sobrehumana grandeza de Cristo en la Pasión me fascina sobre todo: su silencio: «Jesús callaba» (Mt 26, 63). Calla ante Caifás, calla ante Pilato, quien se irrita por su silencio, calla ante Herodes, que esperaba verle hacer un milagro (Cf. Lc 23, 8). «Al ser insultado, no respondía con insultos; al padecer, no amenazaba», dice de Él la Primera carta de Pedro (2, 23).

        Sólo un instante antes de morir rompe el silencio y lo hace con aquel «fuerte grito» que lanza desde la cruz y que arranca al centurión romano la confesión: «Verdaderamente éste era hijo de Dios».