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La esperanza cristiana |
El verano es un buen momento para releer a fondo la encíclica sobre la esperanza que Benedicto XVI publicó el pasado invierno. Hasta la propia crisis económica invita a pensar si la esperanza de un futuro mejor es una ilusión banal, fruto de la publicidad, o es más bien algo más profundo. La enseñanza radical de la encíclica Spe salvi es que la subjetividad humana no se agota en el presente, sino que está volcada hacia la otra vida: los cristianos «saben que su vida, en conjunto, no acaba en el vacío. Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente». Salvados por la esperanza es realmente una lección magistral. Aspira a persuadirnos de que «el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que pueden saberse, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva». Sirviéndose de la terminología del filósofo de Oxford, John L. Austin, el Papa explica que el mensaje cristiano no es solamente informativo, no es una simple comunicación de cosas, sino que sobre todo es performativo, pues es capaz de transformar la vida de las personas y los espacios de la convivencia social. No me resisto a copiar lo que me escribía a este propósito la profesora chilena Alejandra Carrasco que había quedado fascinada por esta encíclica, pues ilustra gráficamente la diferencia entre la esperanza vulgar y la verdadera esperanza cristiana: «La sustancia de la fe, el ya estar presente, hace al Evangelio performativo. No es que yo espere la vida eterna, sino también que Dios me está esperando a mí. Cuando dos personas se quieren y se miran no se cansan de sostener la mirada una en la otra. Y ese cruce de miradas cambia el sentido de su vida. Pensé en esta analogía: una mujer desea tener un hijo y espera quedar embarazada y esa esperanza le llena de ilusión. Pero no es ésta la esperanza cristiana. La esperanza cristiana es más bien como la de la mujer que ya está embarazada. El hijo ya está en ella, es una realidad presente, que cambia necesariamente su modo de vivir. La primera puede olvidar su esperanza un día y emborracharse y no pasa nada. La segunda puede también olvidarla y emborracharse, pero hace daño a su hijo. Por eso no lo hace, o es mucho más difícil que lo haga. Ya embarazada, esperando un hijo, su vida entera se transforma». Así es la esperanza del cristiano: la realidad presente del futuro cambia nuestra vida. Me resultaron particularmente penosos los comentarios críticos de unos pocos ignorantes ilustrados que, cuando se publicó la encíclica, afirmaron en la prensa que con ella Benedicto XVI volvía «al integrismo preconciliar», «radicaliza el anatema de la Iglesia católica contra la modernidad democrática» y «se postula explícitamente para el liderazgo mundial del fundamentalismo religioso». Nada más alejado de los propósitos del Papa, de ese anciano de sonrisa tímida que pone toda su cabeza es sin duda el intelectual número uno de la actualidad y su enorme corazón para la salvación intelectual y moral de la humanidad mediante la recuperación del genuino sentido de la esperanza. | |||||
| La razón y el hombre |
En particular es impactante la afirmación del Papa de que el progreso científico y económico ha de ir ligado al progreso moral: «Todos nosotros hemos sido testigos de cómo el progreso, en manos equivocadas, puede convertirse, y se ha convertido de hecho, en un progreso terrible en el mal. Si el progreso técnico no se corresponde con un progreso en la formación ética del hombre, con el crecimiento del hombre interior, no es un progreso sino una amenaza para el hombre y para el mundo». Y añade unas pocas líneas más abajo: «la razón es el gran don de Dios al hombre, y la victoria de la razón sobre la irracionalidad es también un objetivo de la fe cristiana. (...) Si el progreso, para ser progreso, necesita el crecimiento moral de la humanidad, entonces la razón del poder y del hacer debe ser integrada con la misma urgencia mediante la apertura de la razón a las fuerzas salvadoras de la fe, al discernimiento entre el bien y el mal. Sólo de este modo se convierte en una razón realmente humana». Con esta encíclica el Papa enseña que la esperanza cristiana es un elemento decisivo en la configuración del mundo. Podemos aprender mucho de su lectura, pues escuchar a un Papa tan esperanzador puede cambiar nuestras vidas. | |||||
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