Las figuras rotas
Enrique Monasterio
Un safari en mi pasillo
Un safari en mi pasillo. Otra catequesis desenfadada a la gente joven

 

 

La indita de Aya

        Se me ha roto la indita de barro que modeló Aya Misawa.

        La tenía junto a mis libros. Era una figurita tosca, ingenua –la artista que la creó tenía entonces trece años–, pero llena de delicadeza. Representaba a una chiquilla de tez oscura y largas trenzas negras rematadas con lazos rojos.

        La vi en el concurso de belenes del Colegio hace cinco o seis navidades. Cada una de las niñas de 8º había modelado tres o cuatro figuras para el Nacimiento. El resultado fue catastrófico y previsible: frente al Portal se agolpaban seis reyes magos, cuarenta pastores y pastoras, y una multitud de personajes de todos los colores y estilos. Aquello parecía una boca del Metro en hora punta. Localizar al Niño Jesús no era empresa fácil.

        La indita estaba en un rincón, y se me antojó preciosa.

        — ¿Quién la ha hecho?, pregunté.

        — ¡Quién va a ser!: Aya.

        Lo más probable es que nadie la echara en falta cuando pasó el jurado para emitir su veredicto. La "robé". Sirvan las comillas para atenuar mi culpa. Ahora que Aya ha vuelto a su tierra de Japón, tal vez lea este artículo y me perdone.

        Al llegar a mi despacho, a la figura se le cayó una trenza. ¡Vaya por Dios! Disimulé el estropicio con superglú, y la puse en lo más alto de todo.

        Hace un par de Navidades intenté incorporarla al belén de mi casa, pero fue repudiada por el artista de turno. Hay belenistas demasiado adultos que pretenden hacerlo todo proporcionado y razonable.

        Este año he cambiado de domicilio, y, como no hay mudanza sin víctimas, al llegar a mi nueva habitación, la indita ha aparecido sin trenzas y decapitada en el fondo de la maleta.

Las figuras rotas en de hoy

        Mientras la depositaba piadosamente en la papelera, pensé traer a colación esta íntima tragedia, porque se acerca la Navidad y todos estamos a punto de montar el belén. No dejéis de hacerlo. Ya os conté hace algunos años cómo Dios mismo quiso preparar el suyo, y lo llenó de galaxias y de estrellas, como quien pinta un decorado, para arropar a Jesús en la cuna. Desde entonces, cada vez que ponemos el Nacimiento, es como si Dios mismo nos invitara a que le imitemos jugando a ser creadores de un universo de corcho, barro y papel de plata, donde pueda reinar el Señor.

        Es verdad que cada año, al desembalar la caja en la que guardamos las figuras, encontramos siempre alguna rota: al burro le duran poco sus orejas y hasta San José pierde el báculo con tanto ajetreo. No importa: las ovejas descalabradas y los camellos descabezados caben en este juego.

        Al fin y al cabo en el primer belén, en el que puso Dios, también hubo figuras rotas.

        A Dios se le rompieron un montón de niños que deberían haber estado junto al Portal: los Inocentes. ¿Os acordáis? Había poderosas razones de Estado, y Herodes se encargó de la faena.

        Muchas veces he pensado que aquellos mártires diminutos bien podrían ser nombrados Patronos y protectores de las demás figuras rotas que siguen tiñendo de sangre nuestros belenes. Hablo de esos millones de niños que Dios quiere poner en el mundo cada día, y no lo consigue: los que son utilizados para guerras que no son suyas; los que mueren de hambre; los que tuvieron que aprender a corromperse para poder vivir; los que, todavía hoy, subsisten como esclavos; y, especialmente, los más indefensos: los que se quedan en carne de quirófano, muertos en el seno de su madre con música de Mozart, bisturí y aleteo de batas verdes.

Con la boca demasiado pequeña

        Hace un par de meses, los diputados lograron frenar, por un solo voto, un proyecto de ley que habría hecho aún más sencillo y trivial el aborto. Todos nos alegramos de aquel éxito. Pero ahora que ya ha pasado el tiempo y he olvidado los nombres, debo decir que sentí lástima al oír los miserables argumentos que utilizaban en el Congreso, no los abortistas, sino determinados "defensores de la vida".

        Uno aseguraba que "ya es suficiente" con la ley actual. Suficiente, ¿para qué? Quien acepta sin remilgos una ley homicida, se queda sin razones para poner límites a la muerte.

        Otro se oponía al aborto por disciplina de partido. Aquél argüía que no había suficiente demanda social… Y hubo incluso quien apeló a motivos reglamentarios.

        Me vinieron a la memoria unos versos satíricos de Miguel d´Ors:

        "Andrés se hizo fascista por profundos motivos de peinado./ Yvonne marxista porque las milongas de los Quilapayún (...) /Doña Pura Testigo de Jehová por una minipimer, /Juan y Pedro mormones por razones de estricta sastrería…"

        Es cierto: en la prensa aparecieron espléndidas colaboraciones de médicos, de juristas, de filósofos; pero no oí a un sólo diputado recordar que la vida humana es sagrada. Los obispos se quedaron solos, como si defendiesen una mera cuestión religiosa.

        Por eso, si encontrara los restos de la indita, descabezada y todo, trataría de ponerla en el belén, para no olvidarme este año de las figuras rotas.