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Crucificado hace tres días |
Así que a Jerusalén, año 29. Hice bien mis cálculos. Recordaba someramente, de mis ya lejanas clases de historia, el despiste de un monje llamado Dionisio el Exiguo: un fallo matemático que arrastramos desde entonces en nuestro calendario occidental. O sea, que Jesús nació, más o menos, en el año 4 ó 5 a.C.
La verdad, sentía una gran emoción por estar llegando a los orígenes mismos de una aventura a la que me lancé, hacía ya tiempo, una aburrida tarde de oficina allá en el periódico.
Me encontré en un camino. Vi un par de viandantes y me aproximé:
Perdonen, quiero ir a Jerusalén.
¡Ah! Nosotros venimos de ahí. Sólo sigue este camino en dirección contraria a la nuestra y pronto llegarás.
Gracias, a ver si tengo suerte para encontrar a un tal Jesús de Nazaret. ¿De casualidad ustedes sabrían decirme dónde puedo localizarlo?
Ellos no articularon palabra y se pusieron más pálidos y tristes de lo que ya venían. Caí en la curiosidad:
Este... ¿sucede algo?
Uno de ellos tomó la palabra:
Caminante, quienquiera que seas, creo que llegas tarde. Jesús murió. Los romanos lo crucificaron. Van ya tres días de que esto ha sucedido; ¿verdad, Cleofás? le preguntó a su compañero.
Sí, murió el viernes.
Me quedé helado. Era imposible... ¿Cómo? En todo mi viaje nunca me había equivocado, siempre a tiempo... | ||||
| Con nostalgia y desencanto |
Seguí la conversación:
Pero... y..., los que le conocían, ¿dónde están?
Todos se escondieron. Dudo que los encuentres.
Luego, bajó la voz, como con miedo de ser descubierto:
Cleofás y yo fuimos sus discípulos. Creíamos que él iba a reestablecer el reino de Israel..., pero, ya ves... Nosotros nos vamos ya a nuestro pueblo. ¿Qué sentido tendría pasar más tiempo en Jerusalén?
Y entrando en una especie de trance nostálgico, añadió:
De verdad, creíamos que él era otra cosa. Tenía tanta autoridad, tanto apoyo del pueblo... Su mensaje era nuevo... Mira, caminante... un ejemplo...: no sé si sepas que según la ley de Moisés, una mujer sorprendida en adulterio debe morir apedreada. Pues, bien, en una de esas ocasiones, antes de lapidar a la culpable, la llevaron a Jesús para ver cómo juzgaba el caso. Jesús permaneció sentado y como escribiendo con su dedo sobre la arena. Después de unos momentos tomó la palabra: El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Todos aquellos hombres fueron dejando caer al suelo sus proyectiles pétreos y alejándose de ahí discretamente, empezando por los más ancianos. Cuando él se quedó solo con aquella pecadora le preguntó: Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?... Yo tampoco te condeno; vete y no peques más... Así era Jesús... | ||||
| Muchos seguidores de un simple condenado |
Les permití desahogarse un poco hasta que les dije: Bueno, señores, gracias por la información. Por lo visto era un buen tipo.
Ellos siguieron su camino y yo me quedé ahí, orillado a la orilla (como dicen algunos patrulleros de altavoz).
Estaba confundido. No sé si igual que ellos o más que ellos. Era la última escala de mi viaje, y por un margen de unas cuantas horas no había acertado. Me perdí el suceso... Ya nos lo decía un profesor: el reportero y el fotógrafo son los más periodistas porque son testigos directos; el periodista que en la oficina cocina un refrito de teletipos de agencia, es menos periodista... Así me sentía... Jesús había muerto y ya todo había terminado...
El cristianismo tenía este final, o este inicio, así de tenebroso. Mi larga lista de entrevistados no era más que un elenco de gente que había apostado su vida por un don nadie, por un fracasado colgado de una cruz...
¿De dónde, entonces, esa seguridad..., esa fuerza en sus locas convicciones?...
La cruz, según el diccionario de mi mochila, era el instrumento de tormento reservado para los peores malhechores del imperio romano. Era una condena tan despreciable que un ciudadano romano no podía ser crucificado, aunque hubiera cometido el crimen más horrendo... Y en una de esas cruces acabó Jesús..., todo quizá por la falta de un pasaporte romano. Tal vez no era tan fácil falsificarlos... | ||||
| El sabor de la derrota |
No sabía qué pensar... Nunca hubiera imaginado un final así... Un pobre diablo tan mitificado que lo transformaron en un supuesto verdadero-Dios-y-verdadero-Hombre, como me lo afirmó Policarpo...
Pregunté a otro transeúnte que pasaba por ahí para asegurarme. Un buen periodista siempre tiene que contrastar sus fuentes, no puede fiarse de fuentes únicas:
Disculpe, busco a Jesús de Nazaret.
¿No sabes, buen hombre, que el viernes lo crucificaron? Parecía bueno, pero por lo visto era un impostor más.
Al menos fui capaz de captar en directo las reacciones de esta gente desconsolada y derrotada. Como lo constataba uno de los profesores de la carrera, en los partidos de futbol: la mejor manera de expresar el peso de la derrota es acercarse, con cámara en mano, en el último minuto del juego, a la banca del equipo perdedor...
De cualquier manera, había yo contrastado mis fuentes... Así que emprendí el viaje de regreso... ¡Vaya viaje!... (Continuará). | ||||
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