De monjita en monjita XXV (Sin golosinas)
Chuy es el periodista imaginario del siglo XX que después de entrevistar a la madre Teresa de Calcuta se embarcó en una aventura que le está llevando a través de los siglos…

Arturo Guerra
"La meditación
para cada día"

 

 

 

 

 

El preso 16.670 en el bloque 18

        …Nueva escala: Lyon, en las Galias, 180.

        Me encontré a un niño, pero preferí no preguntarle nada. No fuera a ser otro locuaz con vocación de periodista-entrevistador. Y, además, mis existencias de golosinas estaban agotadas. Recurrí entonces a una viejecita. Me aseguró que la casa del obispo estaba un poco lejos, pero me dio las señas. Antes de localizarla, me senté a curiosear en la biografía del franciscano aventurero. Ya no quedaba gran qué...

        El 28 de mayo lo deportaron a Auschwitz. En la puerta, un letrero le daba la bienvenida: El trabajo es libertad.

        El 15 de junio de 1941 escribió la última carta. A su mamá:

        “Querida madre: A finales de mayo llegué con un convoy al campo de concentración de Auschwitz. Me va todo bien. Quédate tranquila, querida mamá, por mí y por mi salud, porque Dios está en todas partes y piensa con mucho amor en todo y en todos. Mejor será que no me escribas aquí, porque no sé cuánto tiempo voy a estar. Saludos cordiales y besos. Kolbe Raymond”.

        Kolbe era el preso número 16670. Transportó cadáveres, cavó en la arena, jaló carretillas con piedras, cargó troncos pesados... Alguna vez, una patrulla se lo encontró tirado con fiebre alta (había sido golpeado en castigo por haber tropezado con la carga que portaba).

        Su bloque era el 18, de entre los 28 que había. Ocupaba la cama inferior de una de las literas. La ración diaria: una fina rebanada de pan negro y un poco de sopa.

        Doce sobrevivientes de Auschwitz, al hablar de Kolbe, lo describían así: ojos brillantes, delgadísimo, siempre disponible y sonriente, con frecuencia regalaba su ración de pan, preocupadísimo por los demás, no tenía tiempo para sí mismo, sufría en silencio, se sorprendía cuando otros se compadecían de él...

        Hacia finales de julio lo trasladaron al bloque 14. Ahí se destinaba a los recién salidos del hospital. Como trabajaban menos, su ración era menor...

Sin fe no se entiende el martirio

        Me fui a la casa de Ireneo. Toqué la puerta. Me abrió un señor cincuentón. Lo saludé:

        – Mire, busco al señor Ireneo.

        – Sí, soy yo.

        – ¡Ah! Buenas tardes, señor Ireneo. No sé si pueda exponerle una duda.

        Sonrió y me dijo que sí. Proseguí la entrevista:

        – Bueno, es algo que ya he planteado varias veces pero sigo sin entenderlo: ¿por qué llegar a la locura de preferir la muerte antes que renunciar a unas simples creencias?

        – Sin la fe, es difícil entender el martirio. ¿Para qué darte una larga explicación? Mejor investiga la vida de Policarpo. Murió cuando yo tenía unos 25 años. Le conocí en persona.

        – OK, gracias.

        – ¿Cómo dijiste?

        – ¡Ah! Perdone, dije OK..., es una expresión de mi reino, bueno... de un reino vecino.

        Salí de aquella casa. Me detuve a unos pocos metros para sacar mi libro. No podía fallarme... Ahí se encontraba Policarpo. Me estaba dando cuenta de que el calendario cristiano se me agotaba, ya que este sujeto nació, según el santoral, en el año 69.

Confianza completa en Dios

        Uno de los recuerdos que celosamente guardaba Policarpo era haber conocido a Juan, uno de los doce apóstoles de Jesucristo. A Policarpo le encomendaron ser obispo de Esmirna, en lo que después iba a ser Turquía. En el año 107 acogió a Ignacio de Antioquía que iba de camino a Roma, escoltado por unos soldados, rumbo a la ejecución de su condena a muerte.

        En Esmirna, surgió una persecución contra los cristianos. Un día, en el anfiteatro, el procónsul Decio Cuadrato mandó matar a once cristianos. Después condujeron a su presencia al viejo obispo a quien quería obligar a abjurar de su fe en Cristo. Policarpo expuso su decisión: “86 años hace que le sirvo y no me ha hecho mal alguno; ¿cómo podré blasfemar de mi Rey y Salvador?”. Se encaminó solo al poste donde lo iban a clavar para quemarle. Pidió que no le sujetaran: “Déjenme así, quien me concede padecer el fuego, dará virtud para permanecer tranquilo entre las llamas sin la precaución de sus clavos”. Los cristianos recogieron los huesos… (Continuará).