De monjita en monjita XXIII (De tierra bárbara / Volumen alto)
Chuy es el periodista imaginario del siglo XX que después de entrevistar a la madre Teresa de Calcuta se embarcó en una aventura que le está llevando a través de los siglos…

Arturo Guerra
La puerta angosta

 

La vida del monje

        …Me trasladé a Hipona, 430, en África, en lo que después sería Bona, Argelia.

        Ya se encontraba la ciudad asediada. Me introduje como pude. Agustín estaba en una casa. Quien me abrió la puerta lo hizo con mucho miedo. Tuve que convencerle de que venía en son de paz. Al fin cedió y pude conversar con el tal Agustín:

        – Señor Agustín, ¿dispone de un par de minutos para una pregunta?

        – Con gusto... Yo me he hecho muchas –exclamó sonriendo.

        – Señor Agustín, eso que hacen los monjes de huir del mundo, ¿no se le hace poco elegante?

        – Conoce la historia de Antonio. Frisaba yo los dos años cuando él cumplió su misión en este mundo.

        – Gracias.

        Abandoné la casa... y la ciudad. Me detuvo un vándalo a quien debí persuadir de que también yo procedía de tierra bárbara, y que iba de camino a mi patria. Me alejé de la guerra. Ya en lugar seguro, en un denso bosque, me senté sobre la hojarasca para hojear mi libro.

Antonio consejero

        Antonio vivió más de un siglo. A los veinte años escuchó la frase de Jesús recogida en el Evangelio: “Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos, y ven y sígueme”. Antonio se lo tomó a la letra. Primero marchó a un camposanto abandonado y poco después a su residencia definitiva: la ribera del Mar Rojo. Se le considera padre de todos los monjes por su decisión de irse al desierto a vivir en silencio, oración y austeridad y por su influjo no pretendido: no escribió ninguna regla ni se propuso invitar gente que siguiera su estilo de vida; sin embargo, al cabo de unos años, en su cueva recibía toda clase de personas que venían en busca de consejo: peregrinos, hijos del emperador Constantino... Viajó a Alejandría al enterarse de la persecución de Maximino contra los cristianos de esa ciudad y en otra ocasión acudió para defender las enseñanzas del Concilio de Nicea.

        …

        Entonces al Mar Rojo, 356.

        Ignoraba si le había atinado a la ribera correcta. Tuve suerte. Me lo indicó un pastorcito que además aseguró en tono bucólico que desde la venida de Antonio, aquel desierto ya no era tan desierto. Me preguntó si era un peregrino más en busca de Antonio. Le respondí que sí..., diplomáticamente. Me señaló la gruta exacta y me dirigí hacia allá.

El miedo y la vida eterna

        Encontré al anciano de los 106 años. Oía mal y veía peor. Tuve que subirme bastantito el volumen. Lo saludé:

        – Señor Antonio, quisiera consultarle algo.

        – Oye, eres el primero que me llama señor –aseveró sonriendo.

        – Perdone, no sé cómo llamarle.

        – Descuida, hijo, no te preocupes.

        – Señor Antonio, ¿no se le hace que su Iglesia es muy anatematizadora y que por medio del terror logra un control sobre sus miembros?

        – Ya veo que conoces poco a nuestra Iglesia. Te aconsejo que te informes sobre la vida de Cipriano. Creo que yo tenía dos años en el momento de su muerte. Con la ayuda de Dios, le veré pronto.

        – ¿A qué se refiere?

        – Soy ya viejo, y si Dios me concede la gracia de las gracias de la vida eterna, seguramente me encontraré a Cipriano.

        – ¡Ah!... Le entiendo. Gracias... A ver quién le ve más pronto –pronuncié en voz baja esta última frase.

        – ¿Qué dices, hijo?

        – No, nada, que gracias, que ya me voy.

El problema de los lapsi

        Me despedí. Caminé algunos metros y me senté en una piedra desde donde podía contemplar a mis anchas el Mar Rojo. No logré descubrir el porqué de lo rojo. Abrí mi mochila para utilizar mi libro. Ahí estaba Cipriano.

        Se hizo cristiano hacia los 35 años de edad. Cuatro años después ya era obispo de su ciudad natal: Cartago. En 250, el emperador Decio ordenó a medio mundo ofrecer un sacrificio –o, al menos, tributar un acto de adoración– a las divinidades del imperio, so pena de severos castigos. Cipriano siguió atendiendo a su gente clandestinamente. Al año siguiente, la persecución se interrumpió. Entonces se suscitó en la Iglesia un dilema: ¿había que aceptar de nuevo a aquellos cristianos que, después de haber adorado a las divinidades paganas, querían volver, arrepentidos, a la fe? Cipriano, otros obispos y el papa Cornelio se inclinaron por el sí. Pero un sacerdote llamado Novaciano proclamaba que el pontífice había tomado una posición de debilidad. El clérigo llegó incluso a separarse de la Iglesia y fundar su propia comunidad que perduró hasta el siglo V.

        Después se produjeron nuevas persecuciones, al punto que algunos papas murieron en ellas o fueron exiliados. A Cipriano también le llegó su turno. Lo arrestaron y el 14 de septiembre del año 258 le cortaron la cabeza... Y eso que faltaba todavía uno que otro siglo para la guillotina de la revolución francesa… (Continuará).