De monjita en monjita XXII (Susto triple / Todo verde)
Chuy es el periodista imaginario del siglo XX que después de entrevistar a la madre Teresa de Calcuta se embarcó en una aventura que le está llevando a través de los siglos…

Arturo Guerra
La vida en Dios (6 ª ed. )
Un cartujo

 

 

 

 

El perdón, distintivo católico

        …Rumbo a Jerusalén, 481.

        Un joven jerosolimitano me indicó a grandes rasgos el camino al valle Cedrón. Ya en el valle, localicé aquellas cuevas y me acerqué a la que estaba más a la mano. Un monje joven leía un pergamino. Me acerqué para decirle:

        – Disculpe la interrupción, busco al monje Sabas.

        – Su cueva está un poco lejos pero no es imposible llegar. Debes subir más, en esta misma dirección, y cuando veas una escalera de cuerdas, habrás alcanzado la gruta del abad. Te recomiendo que uses la escalera con precaución... ¿Tú también quieres formar parte de nuestro monasterio?

        – Bueno... No exactamente... La verdad, vengo porque mi rey me envió a formularle a Sabas una pregunta.

        – Ojalá des con él. Ve con Dios.

        – Gracias.

        Salí de aquella cueva. Después de una hora y media encontré la dichosa escalera. Me sentía escalador profesional del Everest. Por fin llegué ante Sabas:

        – Disculpe, hablé con uno de sus monjes, allá abajo, que me explicó cómo llegar a su cueva. ¿Puedo consultar una duda con usted?

        – De acuerdo, hijo, no eres el primero que viene a preguntar. Te escucho.

        – Gracias, señor Sabas. Sé que ustedes los católicos exigen que la gente perdone, por muy grave que haya sido la ofensa recibida. ¿No le parece que semejante medida es poco humana, bastante inhumana y además niega la justicia?

        Sabas sonrió y afirmó:

        – De nada serviría un gran discurso sobre el perdón... ¿Por qué no mejor recoges información de Patricio? Dispuso Dios llevárselo de este mundo en mi plena juventud, hacia mis 22 años de edad.

        – Gracias.

De esclavo a obispo

        Salí de aquella cueva. La bajada casi me hizo caer tres veces. Afortunadamente se quedó en el casi. Al tocar tierra firme y horizontal, me senté para recuperarme de los tres sustos. Abrí mi mochila. Ahí estaba Patricio... O sea... en el libro.

        Patricio era de Inglaterra. A los 16 años se encontraba en Irlanda y fue secuestrado por unos piratas que le trasladaron a un mercado y le vendieron como esclavo. Vivió en esta condición unos seis años, durante los cuales, sin éxito, intentó un par de veces escaparse. Lo logró la tercera vez. Al volver, libre, comenzó a estudiar teología en Auxerre. Viajó por varios monasterios de Italia. En el año 432, en Roma, el papa le nombró obispo de Irlanda. Tornó, así, a la isla que le había esclavizado. Predicó el evangelio, ganó para la fe a varios jefes de tribu y numerosos irlandeses. Formó un clero local, se adaptó bien a los usos y costumbres de la isla, fundó varias abadías... Si mal no recuerdo..., la catedral católica de Nueva York, lleva su nombre. Lo sé porque una vez me tocó estar en Nueva York para cubrir un evento y me perdí en las inmediaciones de aquel recinto. Tardé una hora en escapar de mi extravío. El evento que iba a cubrir había ya terminado. Las repercusiones en la oficina fueron las lógicas. Ahí vi claro lo que nos decía una profesora de la facultad: que la información es cara, que en el mundo de la televisión, por ejemplo, los noticieros requieren una voluminosa inversión y sin embargo no dejan de producirse porque, entre otras razones, un noticiero da imagen, y es una especie de buque-insignia del canal.

        …

Es demasiado...

        Por tanto, a Down, que después se convertiría en Downpatrick, 461.

        Pronto me topé con Patricio. Lo saludé:

        – Señor Patricio, tengo una duda.

        – Espero poder ayudarte. ¿Eres de aquí?

        – Bueno... no..., la verdad..., vengo de lejos.

        – Ya veo.

        – Señor Patricio, ¿no le parece que el ideal que propone su Iglesia es demasiado elevado, lejos de las posibilidades del común de los mortales?

        – Todo es gracia. ¿Estás al tanto de la historia de Agustín, el obispo de Hipona que murió hace 25 años, es decir cuando yo tenía más o menos 45?

        – No, la verdad no.

        – Pues te la recomiendo.

        – Gracias.

Tras una disoluta vida

        Me senté en un prado. Todo era verde. Nublado. Unas ovejas pastaban. Llovía finamente. O sea..., Irlanda. Abrí mi equipaje. No podía fallarme el libro.

        Agustín recorrió un largo camino antes de abrazar la fe católica. Fue un intelectual, estudió filosofía, entró en la secta maniquea, enseñó retórica y gramática. Vivió con una mujer en unión libre y con ella engendró un hijo al que llamó Adeodato. En Milán conoció a un obispo católico: Ambrosio. Le llamaron la atención sus prédicas. Comenzó a familiarizarse con la fe pero se sentía lo suficientemente enredado en la carne como para salir de ahí. Por fin, una tarde, leyendo un pasaje de las cartas de San Pablo, cambió radicalmente de vida para siempre. Se hizo sacerdote y más tarde obispo. Escribió muchas obras, entre ellas un libro donde narró su conversión y le puso el título de Confesiones. Organizó la vida de su diócesis y su ejemplo arrastró a muchos hombres y mujeres a vivir la fe católica. Pereció durante el asedio de los vándalos a la ciudad de Hipona. Lo de la secta maniquea se refiere a un grupo que sostenía que existían un principio del bien y uno del mal igualmente poderosos… (Continuará).