De monjita en monjita XVI (Del destierro / De un reino lejano)
Chuy es el periodista imaginario del siglo XX que después de entrevistar a la madre Teresa de Calcuta se embarcó en una aventura que le está llevando a través de los siglos…

Arturo Guerra
El Libro de los Santos
VV.AA.

 

 

 

Cambió la vida fácil por otra de penitencia y oración

        …Me dirigí a Canterbury, 1170.

        Pedí a los secretarios una cita con el recién llegado del destierro francés. Accedieron con facilidad. Entré a su despacho y después de saludarle di inicio a la entrevista:

        – Sir Tomás, ¿por qué la Iglesia es amiga de lujos y negocia con las cosas supuestamente divinas?

        – Mira, si alguien lo hace, se llama simonía y es un pecado grave, pero te recomiendo investigar la vida de Norberto. Yo era un jovencito de 16 años cuando él dejó este mundo.

        Me retiré de aquel palacio y me senté junto al primer arbusto que vi, porque árboles no había. Me vino a la mente la cápsula cultural de una clase de la carrera: el arbusto llamado algo así como... Keniaf parecía ser una buena solución para evitar la deforestación de los bosques en la fabricación de papel. El periodismo, para vivir, necesita papel...

        Así que abrí, como de costumbre, mi santoral de papel.

        Norberto, de noble familia, vio en la carrera eclesiástica una oportunidad para sus ambiciones personales. Sirvió como subdiácono al emperador Enrique V quien llegó a prometerle una interesante sede episcopal. Pero un día, en un viaje por el bosque, se vio envuelto en un huracán... Una luz intensa le cegó y cayó de su caballo..., sintió un llamado de Dios a cambiar de vida. Dejó sus privilegios y puestos, adoptó una vida de intensa penitencia, buscando la compañía de monjes y eremitas. Después de ser ordenado sacerdote se dedicó a viajar como misionero. Sólo llevó consigo una mula y diez monedas de plata que poco le duraron. Mientras asistía al funeral del obispo de Magdeburgo, el pueblo, por aclamación, pidió que Norberto sucediera al difunto. En medio de sus tareas, nunca se apartó de la oración, del sacrificio y de las misiones populares en valles y montes.

El poder de la oración

        ...

        Arribé a Magdeburgo, Bohemia, 1130.

        Logré localizar el palacio arzobispal de la ciudad. Pronto me atendió Norberto. Me presenté:

        – Señor Norberto, vengo de un lejano reino por encargo de mi rey para recabar algunas opiniones.

        – Si ayuda a tu rey y a ti, adelante.

        – ¿Por qué ustedes católicos dedican tanto tiempo a la oración; a, supuestamente, hablar con su Dios? ¿Por qué no destinar ese tiempo a proyectos que realmente cambien el mundo? ¿Por qué esperar a que un Dios invisible realice el trabajo?

        – Veo que nunca has experimentado en persona la oración. Te aconsejo investigar sobre Bruno. Él murió cuando yo andaba sobre los veinte, poco más poco menos.

        – Gracias.

Los cartujos

        Hice lo de siempre.

        Bruno estudió y enseñó filosofía y teología en Reims. A su alrededor veía un ambiente enrarecido por la simonía: había gente que compraba puestos dentro de la Iglesia. El papa de ese tiempo ponía medidas para erradicar ese vicio y Bruno parecía un honesto candidato a algún obispado. Pero prefirió apartarse del mundo. Junto con seis compañeros y apoyado por el obispo Hugo de Grenoble, comenzó una pequeña comunidad. Después, el papa Urbano II llamó a Bruno, su viejo profesor en Reims, para que le ayudara como consejero. Ya en Roma, en cuanto pudo, se retiró a una zona apartada y volvió a fabricar sus celdas de ermitaño. Luego construyó un monasterio. Escribió una regla que después de su muerte sirvió para consolidar este singular estilo de vida que llegó a convertirse en la orden de los cartujos que perdura hasta el siglo de Teresa de Calcuta. La orden tiene la fama de nunca haber sido reformada por no haberse nunca deformado… (Continuará).