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Invasión alemana y prisión |
De nuevo Asís, pero 1226. Era el mismísimo día de la muerte de Francisco; por suerte llegué muy de mañana. Se mostraban reticentes a mi visita. No podía presentarme como periodista porque por estos siglos ya no había ni periódicos ni imprentas ni nada parecido. Me vi obligado a declararme súbdito de un lejano reino, integrante de la corte y con un encargo real de ver a Francisco... Lo conseguí después de una paciente espera que mitigué con la lectura de Kolbe... La segunda guerra mundial se acercaba. El 19 de agosto de 1939, 13 días antes de la invasión nazi a Polonia, Kolbe escribió a los hermanos de Nagasaki: [...] En lo que se refiere a la guerra, aquí permanecemos en calma, pero el estado de alerta aumenta de tensión de día en día. Es muy posible que cuando reciban esta carta haya ocurrido algo; todo está en manos de la Divina Providencia [...]. Cuando finalmente Varsovia fue bombardeada, Niepokalanów sufrió unos cuantos daños materiales. El 5 de septiembre las rotativas interrumpieron el trabajo. La autoridad civil ordenó a Kolbe que dispersara a sus monjes. Así lo hizo, pero cuarenta de ellos no quisieron marchar y le solicitaron permanecer con él. Mientras tanto, acogieron a las víctimas de los alrededores en la enfermería que pronto se quedó pequeña. El 19 de septiembre arribó al convento una comitiva nazi. Detuvieron a los franciscanos, excepto a dos, a quienes dejaron a cargo de los enfermos. Los subieron a un camión y en Czestochowa abordaron un tren, junto a otros 600 prisioneros civiles. Iban rumbo a Amtitz, Alemania. Después de un tiempo transfirieron a Kolbe a otro campo: Schildberg, más cerca de Polonia; era un convento salesiano incautado. En diciembre de ese mismo año, el comandante liberó a 300 prisioneros, entre ellos Kolbe y sus franciscanos. El comandante le entregó como viático 200 gramos de margarina. Kolbe le regaló una de sus medallas de la Virgen, la que portaban todos los miembros de su milicia mariana. Era el 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción... | |||||
| Reliquias y peregrinaciones |
Entré en la habitación de Francisco. Me encontré con un rostro sereno y hasta sonriente. No me lo explicaba..., este hombre se estaba muriendo... Hasta a la muerte le llamaba hermana, como al sol o como al lobo... Pero, bueno..., cosas más extrañas había visto en estos viajes. Me acerqué y como ya me habían presentado, directamente expuse mi negocio: Francisco, ¿por qué el uso de esas cosas que llaman reliquias? ¿Por qué eso de las peregrinaciones, eso de recorrer kilómetros y kilómetros para visitar un santuario donde se le da un beso a una estatua? ¿Qué sentido tiene todo esto? ¿No se podría usar el tiempo en cosas más productivas? Te recomiendo conocer la vida de Bona de Pisa. Ella murió cuando yo tenía 19 años. Gracias, señor Francisco. De nada. Ojalá nos veamos en la otra vida. Salí de aquel lugar, me senté en la primera piedra que encontré para hojear mi santoral. Pisa, Bona de. A los 14 años viajó a Jerusalén para ver a su papá. Cuando volvía, cayó en manos de unos piratas que la retuvieron en cautiverio por un tiempo. Luego fue rescatada. Desde entonces se la pasó en peregrinaciones: Roma, y Santiago de Compostela, en España, donde se dice que está enterrado uno de los doce apóstoles de Jesucristo. A Santiago peregrinó ocho veces. Su idea era servir a los demás peregrinos. Así de sencillo. Y en esto se le fue la vida. | |||||
| La Iglesia en política |
Así que a Pisa, 1207. Bona había vuelto a su ciudad natal después de su octavo y último viaje a Santiago de Compostela. Con un estado de salud precario, su vida no prometía muchos años más. Me acerqué a su casa. Me vi obligado de nuevo a sacarme de la manga lo del reino lejano. Me pasaron a su lecho, me presenté y comencé mi entrevista: ¿Por qué la vieja pretensión de la Iglesia Católica de meterse en política y de desautorizar lo que las sociedades legislan? Mira, de esto yo no sé mucho, pero te va a ser provechoso conocer a Santo Tomás Becket, un inglés que murió cuando yo tenía 14 años. El papa Alejandro III lo inscribió en la lista de los santos tres años después de su muerte. De acuerdo, gracias. Salí de prisa de Pisa, que, por cierto, aún no podía presumir su famosa torre. Me detuve en una especie de taberna, con sillas (si así podía llamárseles) diseñadas (yo creo que a propósito) para ser las más incómodas de toda la Prehistoria e Historia... Consulté mi libro: Becket, Tomás. | |||||
| Por su lealtad |
Canciller y gran amigo personal de Enrique II. El mismo rey, al constatar la lealtad de su colaborador, lo escogió para la sede episcopal de Canterbury. El monarca buscaba ejercer un control más directo sobre la Iglesia. Para ello, preparó las Constituciones de Clarendon y solicitó a los obispos que las aceptaran y cumplieran. Estos estatutos pretendían, entre otras medidas, que una apelación al papa contara previamente con la autorización regia y que una excomunión a algún feudatario del rey no se ejecutara sin su permiso. (Me vi obligado a consultar mi diccionario: esto de la excomunión es cuando la Iglesia priva a alguno de sus miembros, por ciertas faltas graves, de la recepción de los sacramentos y del ejercicio de cualquier oficio eclesiástico; la medida pretende ayudar al individuo a caer en la cuenta de la gravedad de su postura de cara a una posible reconciliación de corazón con Dios y con la Iglesia). Aunque en un inicio Tomás, por el bien de la paz, no se opuso, pronto se dio cuenta de que la misión de la Iglesia estaba en juego; por lo mismo, hizo penitencia y se retiró momentáneamente de sus labores. Mientras tanto, Enrique II intentó que el papa Alejandro III aprobara los artículos de Clarendon, pero el pontífice se negó. Entonces el rey citó a Tomás Becket para que se defendiera ante un parlamento de unas denuncias que pesaban sobre él. Tomás apeló al papa y huyó a Francia durante seis años. Posteriormente se reconciliaron y Tomás pudo volver a su sede arzobispal. Pero cuando Tomás suspendió en sus funciones a algunos prelados que se inclinaban más hacia los intereses del rey, el monarca montó en cólera. Cuatro de sus caballeros, interpretando entre líneas un comentario de Enrique II, fueron a buscar al arzobispo a su catedral y ahí le mataron brutalmente. Acepto la muerte por el nombre de Jesús y por la Iglesia alcanzó a expresar (Continuará). | |||||
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