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La castidad y perfecta continencia por Dios |
Así que a Lyon, Francia, 1274. Estaba Buenaventura muy ocupado, con lo de un concilio, según me explicaron. Por fin pude hablar con él. Ya tenía su salud endeble pese a que no era muy viejo. Lo saludé: Buenos días, Don Buenaventura, quisiera hacerle una pregunta. Veamos. ¿Qué sentido tiene eso que ustedes llaman castidad? ¿No es una política antinatural que la Iglesia quiere mantener caprichosamente? Digamos que no te gusta esto de la castidad. Mira, yo creo que lo mejor será que conozcas a Clara de Asís. Ella murió cuando yo tenía 35 años. Bueno, si no hay otro remedio... Salí de Lyon y me senté a la vera del camino. Recurrí al santoral y busqué a Clara. Del mismo pueblo que Francisco (el único santo famoso, al menos para mí). Clara, a los 18 años, atraída por el ideal de Francisco, se escapó de casa. Éste y sus hermanos le cortaron el cabello y la discípula se vistió un sayo de penitente (me vi obligado a consultar mi diccionario: Prenda burda y de una sola pieza que simboliza la actitud de arrepentimiento y el deseo de conversión de quien la usa). Clara terminó en una casita adosada a la capilla de San Damián. Se le fueron uniendo varias jóvenes, entre ellas dos de sus hermanas. Sus papás siempre se opusieron, aunque finalmente la mamá también pidió ser aceptada en el grupo como una más. Por la virginidad, según el santoral, monjes y monjas, al consagrarse a Dios, dirigen toda la afición de su corazón a Dios y, en Él, a todos los hombres y mujeres por igual, sin distinción alguna. | |||
Obedecer a quien se puede equivocar |
Clara fundó una orden inspirada en la pobreza radical de Francisco. Tan radical que un obispo redactó una regla más atenuada. Clara respetuosamente insistió en la original, hasta que, años después, el papa Inocencio IV le concedió el privilegio de la pobreza.
Así que a Asís, Italia, 1250. La verdad sea dicha, el santoral no se equivocaba: era una mujer graciosamente bella, a pesar del pobre hábito que vestía. La saludé: Señorita Clara, quiero hacerle una pregunta, a usted que voluntariamente ha escogido una vida de virginidad. Bien, ojalá pueda ayudarte. Al parecer, ustedes también prometen obediencia, ¿no cree que es demasiado?, ¿por qué obedecer ciegamente a un ser humano de carne y hueso que muy seguramente se va a equivocar?, ¿no le parece que es el colmo del fanatismo? Por lo visto, no eres muy favorable a la vida religiosa. Te invito a conocer a Francisco. Murió cuando yo tenía 27 años. Él fue el instrumento de Dios para mi conversión. Bueno. | |||
La fortaleza de la pobreza |
Salí de aquel convento y antes de consultar el santoral repasé las ideas que tenía sobre Francisco. Sabía que era hijo de un comerciante de telas. Sabía que de pronto cambió radicalmente de vida: se hizo itinerante y amigo de leprosos. Fundó la orden de los franciscanos y vivió en extrema pobreza. Hablaba con los animales y buscaba la paz. También me sabía la historia del hermano lobo que, al menos un tiempo, se abstuvo de matar y comer ovejas gracias a la mansedumbre de Francisco... Bueno, así, más o menos, lo dice la poesía Los motivos del lobo, de Rubén Darío, que yo analicé en una clase de literatura en mi época de estudiante. Aún recordaba el principio: El varón que tiene corazón de lis, alma de querube, lengua celestial, el mínimo y dulce Francisco de Asís... Por cierto, hasta la fecha nunca he sabido lo que quiere decir lis. Si se enterara aquella monjita que me vendió los tres libros, me regañaría otra vez... Al repasar el santoral descubrí datos nuevos. Que Francisco en un principio creía que Dios le pedía reconstruir la capillita derruida de San Damián. Y, en efecto, así lo hizo; pero posteriormente se dio cuenta de que, más bien, el encargo divino consistía en ayudar a reconstruir la Iglesia en cuanto tal. Que cuando presentó su plan en Roma, la mayoría de los cardenales opinaban que aquel género de vida no era practicable. El papa, Inocencio III, no se decidía. En una de esas noches el pontífice soñó que la basílica de San Juan de Letrán parecía derrumbarse y de pronto entraba un hombrecillo débil y humilde, que sostenía las columnas principales e impedía el colapso. El papa identificó su sueño con la obra de Francisco y sus frailecillos. Entonces aprobó la orden el 26 de abril de 1209 con estas palabras: Este es el hombre que sostendrá con obras y doctrina la Iglesia de Cristo. Por lo que vi en el libro, cualquier nueva obra debe contar con la aprobación de la Iglesia, y si la autorización no se materializa, dicha institución no puede considerarse católica. El santoral citaba de otra fuente (Fullone, Ricardo. San Francisco de Asís, escritos. Ediciones Porciúncula, Asís 1984) un curioso pasaje sobre una ocasión en la que Francisco trató de explicar a fray León dónde, según él, residía la verdadera alegría. Primeramente afirmó que no estaba en realizar milagros ni curaciones, ni en recibir en la orden a todos los grandes profesores de París, ni en lograr que los hermanos convirtieran a todos los infieles... Y, entonces, le contó cómo una vez, al volver de Perusa, en una fría noche de invierno, los bordes de su túnica, congelados, golpeaban sus piernas, tanto que las heridas le sangraban. Llegó a la iglesia de Santa María de la Porciúncula, tocó un largo rato la puerta y, por fin, un hermano se acercó y preguntó: | |||
| La raíz de la alegría |
¿Quién es? El hermano Francisco. ¡Largo! Esta no es hora para que andes dando vueltas. ¡Aquí no entras! Tras la insistencia de Francisco, aquel hermano le espetó: ¡Largo! Tú eres un simple y un analfabeto; ya no tienes por qué venir con nosotros. Ahora somos tales y tantos que no te necesitamos más. ¡Por amor de Dios, al menos déjame pasar esta noche! ¡De ninguna manera! Vete al lugar de los crucíferos y pídeles hospedaje. Y dirigiéndose al hermano León, Francisco concluyó: Te digo, hermano León, que si después de todo esto he conservado la paciencia y no me he enojado, aquí está la verdadera alegría y también la verdadera virtud y la salud del alma. ¡Vaya cosas! (Continuará). | |||
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