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La santidad y la vida dura |
Así que a Roma, 1350. Por estas fechas, Brígida ya estaba en esta ciudad, para fundar su grupo y dirigirlo. Quise tomarme unos momentos para proseguir con la vida del franciscano viajero... Su salud iba a peor, como de costumbre. De modo que de Japón lo mandaron de vuelta a Polonia para que se recuperara un poco. Al llegar le nombraron de nuevo superior de Niepokalanów. La ciudad de la Inmaculada tenía ya doce departamentos de gobierno, tienda de comida y ropa, hospital, estación de radio, una fundidora y 33 rotativas. Hacia 1937 vivían y trabajaban 600 frailes y 127 seminaristas. La pequeña ciudad producía El Caballero de la Inmaculada (revista mensual, 780,000 ejemplares), El joven Caballero (revista, 180,000 ejemplares), El pequeño diario (diario, 130.000 ejemplares) y varias publicaciones más. Algún medio antirreligioso intentó, a través de una campaña de difamación, debilitar a aquella prensa católica. No lo consiguió. En una ocasión, sus frailes, al verle enfermo le regalaron un abrigo de piel. No lo aceptó, quería vivir como todos. Entonces le prepararon un hábito acolchado, como los que usaban los enfermos del convento. Sólo entonces accedió... Me fui a buscar a Brígida. La vi y me aproximé: Señorita Brígida, ¿puedo pedirle una opinión? Bien, adelante. ¿No es la religión un fruto de la ignorancia, un fenómeno que durante siglos ha enajenado a muchos incautos? Me parece que tienes serias dudas sobre nuestra fe. Te recomiendo conocer la vida de Notburga, una mujer profundamente religiosa. Murió cuando yo tenía diez añitos. Ella era de la Germania. Gracias, señorita Brígida. Salí de aquella zona romana y me senté junto a una fuente. Ahí abrí el santoral y busqué a la Notburga esta. También estaba. | |||||
| "Servicial y generosa" |
Era una sirvienta. Servicial y generosa: cualidades que le acarrearon problemas con sus amos porque solía ayudar a la gente necesitada. Finalmente fue despedida: al parecer por haber regalado a los pobres unos desperdicios que comían los cerdos. No realizó obras deslumbrantes. (Escribo la frase al parecer con toda la conciencia del mundo; uno de mis profesores nos explicaba que ésta era una de las frases casi prohibidas para el buen periodista, porque el profesional, sobre todo, relata hechos, no expone hipótesis vagas ni lanza al aire conjeturas inconsistentes; en este caso, por las fuentes de que dispongo, no puedo asegurar a ciencia cierta la historicidad de la razón del despido de Notburga; sin embargo, al ser bastante probable, me he atrevido a referirla con un concienzudo al parecer).
Por tanto a Rattenberg, Tirol, en lo que después sería Alemania, 1305. No me fue difícil encontrarla. Trabajaba en un campo cerca de un suntuoso palacio. Le pregunté: ¿Usted es Notburga? Sí, ¿cómo me conoces? ¡Oh!..., es una larga historia..., mejor no le cuento. Sólo quisiera pedir su opinión sobre una cuestión. | |||||
| Libertad de expresión y secreto profesional |
No quise revelar mis fuentes. Con toda dignidad, defendí mi derecho del secreto profesional... Aunque, por cierto, uno de mis profesores sostenía una interesante hipótesis: en un país sin ley del secreto profesional del periodista, puede suceder que exista menos información, pero la que haya será más veraz. O sea, que, a veces, con el pretexto del secreto profesional, se difunden informaciones sin ninguna consistencia y, mientras nadie lo descubre o denuncia, se crea revuelo, se vende y se produce el daño irreparable... Notburga me respondió: Bien, todavía dispongo de tiempo para terminar mi trabajo. ¿Por qué a los teólogos católicos no se les da libertad de expresión y pensamiento? ¿No es destruir la libertad, esa bandera tan enarbolada a veces por la Iglesia? Mira, la verdad, yo no sé mucho de estas cosas. Apenas y me sé el catecismo que trato de vivir lo mejor que puedo. Pero el otro día oí hablar de un señor teólogo muy santo que murió cuando yo tenía nueve años. Lo sé porque el domingo pasado allá en la iglesia el padre que celebró la misa nos lo contó. ¿Por qué no intentas leer algo de él? Quizá te ayude. Se llamaba algo así como... Buena... aventura. | |||||
| La inteligencia para Dios |
Gracias, señorita Notburga y le voy a recomendar que administre bien su generosidad. Creo que no comprendió muy bien mi última frase, pero, la verdad, no quise entrometerme más en su futuro. Aunque tal decisión conllevaba el quedarme con la duda, quizá para siempre, de la razón de su posterior despido... Me senté a la orilla de un camino polvoriento. Recurrí al libro. Batallé un poco en encontrarlo pues la referencia que me había dado Notburga no era del todo exacta. Se trataba de Fray Buenaventura, un franciscano. La orden llevaba muy poco tiempo fundada cuando Buenaventura entró con ellos. Estudió en las grandes universidades. Vivió con fidelidad los principios franciscanos. Se preocupó por formar su inteligencia y a ello motivó a los demás franciscanos que dudaban si ése había sido el deseo del fundador. Su teología la plasmó sobre todo en una obra llamada Itinerario de la mente hacia Dios. La teología es, para él, conocer a Dios, no inventarlo. Decía: No basta la ciencia sin la caridad, la inteligencia sin la humildad, el estudio sin la gracia. Buenaventura, a los 36 años fue nombrado general de los franciscanos (Continuará). | |||||
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