De monjita en monjita 11 (Una cita sudada, investigación de cariz religioso)
Arturo Guerra
El Libro de los Santos
VV.AA.

Un millón de ejemplares

        …Londres, 1529: mi nuevo destino. Tomás Moro estrenaba su nuevo puesto de Lord Canciller. Sudé para sacar una cita con él. No fue nada fácil... Para matar un poco el tiempo de espera, una dosis de Kolbe...

        Otro de sus planes fue la India. Hacia allá partió. Llegó a Ernakulam. Buscó al arzobispo latino, un carmelita español, que le habló y habló y le invitó a desayunar al día siguiente. Mientras tanto, Kolbe rezó. En el desayuno, el arzobispo le regaló terreno, casa e iglesia. A los seis días de su llegada, Kolbe envió un telegrama a Polonia: “Amalam, la Niepokalanów hindú, está fundada. Gloria a la Inmaculada”.

        Pero Kolbe debía volver a Japón. A la India ya nunca pudo regresar. La guerra se cruzó en su camino. El proyecto hindú quedó, ahí, en ciernes.

        Desde Nagasaki dirigió el lanzamiento de un nuevo periódico en la Niepokalanów polaca. Le llamaron Maly Dziennick (El pequeño diario) y contenía noticias del día y comentarios.

        En su mejor tiempo, El Caballero tiró un millón de ejemplares. De los talleres de Kolbe salían otras publicaciones menores. Maly Dziennick se publicó desde el 27 de mayo de 1935 hasta el 4 de septiembre de 1939: no por propia iniciativa sino por la invasión de Polonia. El último número del Maly Dziennick también tiró un millón...

Alianza con los poderosos

        Por fin, después de unas horas de espera, acudí a las oficinas de Moro:

        – Buenos días, señor Moro. Me da gusto ver a alguien que al menos no es ni cura ni monje ni nada que se le parezca.
        – ¿Y qué tienes contra ellos?
        – No, nada, sólo que últimamente he conocido a muchos.
        – Bien, me dijo el secretario que lo que querías era hacer una pregunta. ¿Qué clase de pregunta?
        – Mire yo soy un periodista y estoy emprendiendo una investigación de tipo religioso.
        – Bueno, vamos a ver.
        – Señor Moro, ¿cómo es que históricamente la Iglesia Católica siempre se ha aliado con el poderoso y ha abandonado al débil a su suerte?
        – ¿Así te parece?... Mira, conoce la obra de Juan de Sahagún. Él murió cuando yo era un niño de apenas un año. Era español.
        – No me diga que era español: acabo de estar allá entrevistando a un sacerdote... De haber sabido antes...
        – Bien, pero si él ya murió no podrás verle, si acaso verás la obra que él dejó.
        – Gracias por su consejo. Señor Moro, le deseo un buen desempeño en su nuevo oficio y que sus relaciones con el rey sean excelentes.
        – Tenemos un buen rey, gracias a Dios.

        Salí de ahí pensando en lo que muy pronto le vendría a este señor Moro... Bajé de aquel palacio y me fui a la primera plaza que encontré. Me serví una vez más del santoral. Sahagún, Juan de.

        A los 20 años era una persona llena de privilegios y honores. Había trabajado como paje de un obispo y éste quiso recompensarle: lo nombró canónigo y le dio muchos beneficios eclesiásticos. Aquello se le hizo mucho y lo dejó todo. Pidió ser párroco. Luego se hizo agustino predicador. Era claro al denunciar los abusos de las altas personalidades. Ello le costó enemigos y llegaron a atentar contra su vida. Se cree que murió envenenado.…

¿Cuerpos incorruptos?

        Así que a Salamanca, España, 1471. Me encontré al monje agustino afuera de una iglesia según me habían orientado algunos habitantes de la ciudad.

        – Buenos días, señor de Sahagún.
        – Dios esté contigo.
        – Mire, soy un periodista que está haciendo algunas investigaciones de cariz religioso. Me gustaría plantearle una cuestión.
        – Adelante.
        – Ese fenómeno de los cuerpos incorruptos..., ¿no es una mera artimaña balsámica?
        – Pues mira, yo de esto no sé mucho, pero, ¿por qué no conoces el caso de Diego de Alcalá?
        – ¿Y en qué país está eso?
        – Es aquí también en España, muy cerca de Madrid. Él murió cuando yo tenía 33 años, la misma edad que Jesucristo tenía cuando murió.
        – Bueno, gracias.

        Salí y me encaminé a una plazoleta donde consulté mi libro. Alcalá, Diego de.

A la vista de todos

        Un franciscano. Le dio por hacer sacrificios y penitencia. Primero vivió como eremita y luego ingresó en el convento franciscano de Arruzafa, donde fue portero y limosnero. Luego lo enviaron de misionero a las islas Canarias y ahí, después de cinco años, le nombraron guardián del convento, cargo que normalmente ocupaba un sacerdote. Ahí se prodigó en la evangelización de los nativos de la isla. En 1450 viajó a Roma, con motivo del año jubilar, y en medio de una epidemia inesperada la hizo de enfermero ejemplar. Estuvo en Alcalá de Henares, cerca de Madrid, los últimos trece años de su vida. El hijo de Felipe II, en 1562, se encontraba grave en esa ciudad por una fuerte caída en la que su cabeza había salido muy mal parada. El rey hizo traer el cuerpo de Diego. Al abrir la tumba lo encontraron intacto, pasaron un paño con el que tocaron al príncipe, y al despertar éste, pidió de comer y mejoró inexplicablemente. Es un suceso que Felipe II no se cansó nunca de difundir; el monarca insistió hasta ver canonizado a Diego por el papa Sixto V. Todavía, a finales del siglo XX, se conserva, en la catedral de Alcalá de Henares, el cadáver incorrupto de Diego. Lo exponen al público una vez al año… (Continuará).