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Conversión o lavado cerebral |
Toledo, España, 1578: otra escala. Me lo encontré en una cárcel. Me tocó luchar, como buen periodista, para que me permitieran el acceso. Se ve que las acreditaciones de prensa todavía no estaban muy instituidas por estos siglos... Les anuncié que se trataba de un asunto muy importante y que a toda costa debía ver a Juan de la Cruz. Más de alguno sospechó que yo era un espía intentando alguna treta de escapatoria. No sé por qué... Entré por fin a su celda. Una minúscula ventana, a regañadientes, permitía la infiltración de un tenue rayo de luz. Era cierto lo que nos explicaba un profesor de la carrera: la luz esculpe los objetos, los rostros, los gestos... Una lástima no traer cámara... Saludé al monje carmelita y le expliqué: Señor de la Cruz, siento lo de su situación actual, soy un periodista de investigación, ¿puedo consultarle una duda? Bien, las dudas no hay que dejarlas encarceladas. Señor de la Cruz, eso que ustedes llaman conversión, ¿no es simplemente un lavado de cerebro que una mente fuerte efectúa en una mente débil? Conversión viene más bien del latín... Pero, quizá no valga la pena que yo te lo explique, te lo diría mejor Íñigo de Loyola, un sacerdote fundador que murió cuando yo tenía 14 años. Dejó algunos escritos y muchos que le conocieron viven aún. Está bien. | |||||
| Los religiosos y sus votos |
Me despedí y salí de aquella cárcel tenebrosa. Me senté donde pude y acudí al libro para buscar a mi nuevo entrevistable: Loyola, Íñigo de. Español, de carrera militar. En una de sus correrías fue herido en la pierna por una bala de cañón. Mientras transcurría el largo período de su convalecencia, leyó varios libros religiosos (no por propia decisión sino porque no había mucho de donde escoger). La lectura de un santoral cambió su vida. (¡Qué extraño! No creo que un santoral sea para tanto). A partir de ese momento, decidió que sería soldado bajo la bandera de Cristo. Peregrinó a Tierra Santa y a varios santuarios católicos. Fundó una orden religiosa caracterizada por la espiritualidad militante, la exigente formación intelectual y el espíritu práctico. Íñigo quiso que sus seguidores emitieran un cuarto voto de obediencia absoluta al papa. Los votos (tuve que consultar mi tumbaburros) son una especie de promesas solemnes a Dios que los monjes y monjas pronuncian en una ceremonia pública; tradicionalmente son tres: el de pobreza (por el que no poseerán a título personal ningún bien material), el de castidad (por el que renuncian al matrimonio) y el de obediencia (por el que se someten libremente a la voluntad del superior legítimo). Por lo que veo, en este mundo hay gente para todo. | |||||
| Obliga a la desobediencia |
Así que a París, 1536. Llegué a esta capital francesa, y no a España, porque aquí fue donde, por esas fechas, Ignacio fundó su orden. Me acerqué a su casa y pedí hablar con el señor de Loyola. A los dos minutos apareció el individuo. Le saludé: Gracias por atenderme, buenos días. Vengo de lejos. Con gusto. Tu atuendo atestigua la lejanía. ¿Intentas colocar algún negocio de objetos exóticos en estas tierras? Mire, no exactamente, yo soy un periodista realizando algunas investigaciones. Necesito que me ayude con una duda. De acuerdo, las que quieras. ¿Por qué la Iglesia invita a la desobediencia cuando una ley civil no le gusta? Mira, yo creo que mejor que yo, Tomás Moro podría responderte. Es de Inglaterra y murió el año pasado a sus 57 años. Bueno..., más que él haya muerto, le mataron. Yo nací cuando Tomás Moro tenía 13 años. Gracias por el dato. | |||||
| La libertad de conciencia |
Me despedí y me retiré. A orillas del río Sena me senté a descansar un poco, no sin antes consultar mi libro. Moro, Tomás. Personaje importante y de confianza en el gobierno del rey Enrique VIII. Cuando éste quiso repudiar a su mujer, Catalina de Aragón, para casarse con Ana Bolena, el papa no se lo permitió. Para solucionar el problema, el rey se separó de Roma y creó su propia iglesia. Tomás Moro siempre quiso respetar su conciencia de católico, por lo que no dudó en expresar su desacuerdo con el rey. Enrique se disgustó, encarceló a Moro y tiempo después decidió su decapitación. Ni siquiera así Moro cambió de idea. Muero como súbdito fiel al rey pero sobre todo a Dios sentenció estando al pie del cadalso. Se ve que en estos tiempos todavía no existía la cláusula de conciencia, como nos la explicaron en la carrera: en muchas legislaciones un profesional de la información, empleado en un medio de comunicación, tiene derecho a no participar en la elaboración de un producto informativo que vaya en contra de sus principios; y además debe ser indemnizado, como si se tratara de un despido improcedente, cuando su empresa informativa cambie a una línea ideológica incompatible con la suya... La verdad, aprender los derechos del periodista, no me costaba mucho; para los deberes, batallaba un poco más... (Continuará). | |||||
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