ADORACION NOCTURNA ESPANOLA
SECCION DE CORDOBA.
PREGON EUCARISTICO DEL CORPUS CHRISTI
Pronunciado en la Real Iglesia de San Pablo (Córdoba) el 20 de Mayo de 2008.
Manuel Casas Toledo
Adorador Nocturno desde 1968.
El Evangelio en imágenes
Jean-François Kieffer, Christine Ponsard

        ADORADO SEA EL SANTISIMO SACRAMENTO...
AVE MARIA PURISIMA...

        Señor, ábreme los labios y el corazón y la inteligencia y todo mi ser, para que mi boca te proclame, te alabe y bendiga y reciba las fuerzas de mi Dios y toda mi vida sea Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. En el nombre del Padre que me da la vida: si existo es que el Padre me ama; del Hijo que vino y se quedó para siempre en la Eucaristía para llevarnos a la intimidad de los Tres; y del Espíritu, que es la misma Vida y Amor Personal de los Tres comunicado a los hombres.

        Ilustrísimo y Reverendísimo Señor Obispo de Córdoba, Rdo. Padre Superior y Comunidad de PP. Claretianos de la Real Iglesia de San Pablo. Queridos sacerdotes. Excelentísimas autoridades municipales. Consejos Diocesanos y de Sección de la Adoración Nocturna Española y Femenina. Junta de Gobierno de la Agrupación de Hermandades y Cofradías. Ordenes religiosas de la ciudad. Cofradías Sacramentales. Adoradores, cofrades, hermanos todos en el Señor.

        A todos, gracias por vuestra presencia y apoyo a este pregonero, que principalmente quiere tratar de compartir con todos, en unos minutos, lo que para mí es el amor a JESUS SACRAMENTADO.

        Esto es posible gracias a la vida que me dieron mis padres, Manuel y Carmen. Con mi madre, he tenido la fortuna de compartirla hasta julio de 2006, fecha en la que falleció a los 92 años de edad. Sin embargo, no he podido disfrutar el mismo tiempo junto a mi padre, ya que murió en 1968 con tan solo 56 años.

        ¡Cuánto aprendí de mi padre! Él, fundador del turno 6° María Auxiliadora de la Adoración Nocturna en el año 1944, fue un gran y ferviente adorador del SANTISIMO SACRAMENTO.

        Desde muy pequeño me enseñó cómo AMAR a JESUS. Y al mismo tiempo que aprendía a hablar rezaba conmigo: "Cuatro esquinitas tiene mi cama; cuatro angelitos me la guardan" y "Jesusito de mi vida". Oraciones que yo recitaba todas las noches.

        Cuando me llevaba a misa, yo, con muy pocos años, le decía al acercarse a comulgar llevándome de la mano: "Y yo, ¿cuándo voy a recibir al SEÑOR?" Él me respondía: "Cuando seas mayor y estés preparado con tus demás compañeros del colegio".

        Mi padre, antiguo alumno salesiano y lógicamente gran amante de María Auxiliadora, también me llevaba año tras año en la procesión de la Virgen. En aquel entonces de los años cincuenta, la procesión subía hasta la Plaza de las Tendillas con tres pasos: de Domingo Savio, San Juan Bosco y María Auxiliadora. Y en el corazón de la ciudad se instalaba un altar como el que actualmente se monta el día del Corpus Christi. Casualmente, desde el pasado 25 de marzo, estamos celebrando el primer Centenario de la bendición de la imagen de María Auxiliadora. Y el próximo 10 de mayo de 2009, D.m. tendrá lugar en el Bulevar del Gran Capitán la Coronación Pontificia de esta bendita Imagen.

        Precisamente un día 8 de junio del año 1950, festividad del Corpus Christi, a los nueve años de edad, recibí al Señor por primera vez en la Iglesia del Colegio de los PP. Salesianos (hoy Santuario), ante la imagen de María Auxiliadora. ¡Qué día más grande para mí! Y como broche de ese solemne día, por la tarde con otros muchos niños también vestidos de primera comunión, acompañé a JESUS SACRAMENTADO en la procesión del Corpus Christi. El recorrido lo recuerdo con añoranza, creo que como muchos de los que estamos aquí presentes, ya que subía al centro de la ciudad por las bellas calles de la Feria y Claudio Marcelo.

        No puedo olvidar cuando acompañaba a mis padres a las vigilias extraordinarias del Jueves Santo, Corpus Christi y al ejercicio de fin de año. Esta última comenzaba a las 12 de la noche del 31 de diciembre y debido a la masiva asistencia teníamos que venirnos a esta Real Iglesia de San Pablo media hora antes para poder tener sitio.

        Fue al morir mi padre cuando los hermanos adoradores de su turno me dijeron: "Tú tienes que ocupar el sitio que ha dejado tu padre". Y así fue. Desde entonces he cumplido 40 años como adorador del SANTISIMO SACRAMENTO. A lo largo de este tiempo, han sido muchas las vivencias y experiencias: vigilias mensuales, extraordinarias, de espigas, Centenarios de Secciones en España, Congresos Eucarísticos, plenos nacionales, etc. Pero, fundamentalmente, diez años como Presidente de la Sección de Córdoba (1985-1995).

        El día 10 de abril de 1986, fue un privilegio para mí estar de presidente al cumplirse el primer centenario de la fundación de la Adoración Nocturna en Córdoba. Después de una serie de actos, el día 4 de octubre del mismo ano se clausuró el centenario con una solemne vigilia en la Santa Iglesia Catedral, presidida por nuestro querido y recordado señor obispo de la diócesis, D. José Antonio Infantes Florido, a la que asistieron más de tres mil adoradores de toda España. Terminó a las tres de la madrugada con la procesión eucarística por los alrededores de la Catedral. A propuesta nuestra, fue autorizada por el Cabildo Catedralicio la salida del Santísimo Sacramento en la majestuosa custodia de Enrique de Arfe, una de las escasas ocasiones en la que ha procesionado por la calle sin ser la festividad de Corpus Christi.

        Todo este tiempo me ha permitido compartir el amor al Santísimo con muchos hermanos de la Adoración en Córdoba, en la diócesis, en España y fuera de nuestro país. Recuerdo emocionadamente la Solemne Vigilia que, con más de siete mil adoradores de toda España, celebramos el 31 de octubre de 1983 en la Basílica de San Pedro del Vaticano en Roma, presidida por el inolvidable Santo Padre Juan Pablo II, con motivo de la devolución de visita que efectuó a España un año antes. Os puedo decir que ser adorador de JESUS SACRAMENTADO es una vocación.

        Como cofrade también empecé desde muy joven. Solo tenía cuatro años cuando salí por primera vez con la Hermandad de Ntro. Padre Jesús en su Entrada Triunfal en Jerusalén, de la Parroquia de San Juan y todos los Santos (Trinidad) en el año 1945. Sin embargo, mi primer hábito nazareno fue en el año 1949 con la hermandad de Ntro. Padre Jesús del Calvario y Ntra. Sra. del Mayor Dolor, de la Parroquia de San Lorenzo, Actualmente soy hermano de la Hermandad de Ntro. Padre Jesús Caído y Ntra. Sra. del Mayor Dolor en su Soledad. Pero principalmente con la única que hago estación de penitencia es con la Hermandad del Vía Crucis del Santo Cristo de la Salud, de la que soy hermano desde sus comienzos.

        Todas las mañanas, entre mis oraciones, recito el salmo 22, que me llena por excelencia:

El Señor es mi pastor, nada me falta;
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas;
me guía por sendero justo,
por el honor de su nombre.

Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo porque Tú vas conmigo;
tu vara y tu cayado me sosiegan.
Preparas una mesa ante mí,
en frente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término.

        El Evangelio según San Juan (6, 51-59) nos dice:

        Jesús reveló a sus discípulos la Promesa de la Eucaristía en la sinagoga cuando enseñaba en Cafarnaum diciéndoles:

        "Yo soy el Pan vivo bajado del cielo. Si alguien come de este pan, vivirá eternamente y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo". Discutían los judíos entre ellos diciendo: "¿Cómo puede este darnos a comer su carne?". Jesús les dijo: "En verdad, en verdad os digo que si no comiereis la carne del Hijo del hombre y no bebiereis su sangre no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él. Como el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo, no como el que comieron los padres y murieron".

        Y como culmen a esta Promesa, Jesús instituye la Eucaristía en la noche de su última cena con sus discípulos. El apóstol San Pablo en la 1ª carta a los Corintios (11, 23-34), nos lo relata:

        "Yo, en efecto, recibí del Señor lo que os transmití: Que el Señor Jesús, en la noche que fue entregado, tomó pan, y habiendo dado gracias, lo partió y dijo: "Este es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria mía ". Y asimismo también el cáliz, después de cenar, diciendo: "Este cáliz es el Nuevo Testamento en mi sangre; cuantas veces lo bebiereis, haced esto en memoria mía". Pues cuantas veces coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga. Por esto, quien comiere el pan o bebiere el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, pues el hombre, y entonces coma del pan y beba del cáliz. Porque quien come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación. Por eso hay entre vosotros muchos enfermos y débiles, y mueren muchos. Si nos examinásemos a nosotros mismos, no seriamos condenados. Mas al ser juzgados, nos corrige el Señor, para no ser condenados con el mundo. Así pues, hermanos míos, cuando os reunáis para la cena, esperaos unos a otros. Y si alguno tiene hambre, que coma en su casa, para que no os reunáis para vuestra condenación. Lo demás lo regularé a mi llegada".

        Aunque desde la cena del Señor, la Iglesia siempre creyó en la presencia de Cristo en el pan y vino consagrados, ha tenido que recorrer un largo camino hasta llegar a la comprensión del misterio. La fiesta universal del Corpus Christi ha iluminado la manera de cultivar la piedad eucarística.

        En la Iglesia primitiva la Sagrada Forma fue reconocida, siempre amada y públicamente venerada, pero especialmente en el marco de la Eucaristía y de la comunión. Fue ya en el siglo XII cuando se introdujo en Occidente la devoción a la Hostia Santa en el momento de la consagración; en el siglo XIII se extendió la práctica de la adoración fuera de la Eucaristía, sobre todo, a partir de la instauración de la fiesta del Corpus Christi por el Papa Urbano. La primera fiesta del Corpus se celebró en la diócesis de Lieja, en el año 1246, por petición reiterada de Juliana de Cornillón. Algunos años más tarde, en 1264 el citado Papa Urbano IV hizo de esta fiesta del Cuerpo de Cristo una festividad de precepto para toda la Iglesia Universal, manifestando así la importancia que tiene para la vida cristiana y para la Iglesia la veneración y adoración del Cuerpo Eucarístico de Nuestro Señor Jesucristo.

        No sabemos cuándo celebraron los apóstoles la Eucaristía por primera vez, pero sí vemos en los libros sagrados la manera de celebrarla. Sabían que el Señor la instituyó en la Cena Pascual y creyeron que debían unirse a su recuerdo con un banquete. Así empezó el convite de caridad, o ágape. Los cristianos se reunían en la casa de un creyente, llevando consigo comida, que se ofrecían unos a otros como gesto de fraternidad. En este "banquete" consagraban el pan y el vino, llamando a esto la "Cena del Señor". Los apóstoles dirigían la palabra a los reunidos "conversando con ellos".

        San Lucas aduce el detalle de la gran cantidad de luces que se encendían y de cómo, en cierta ocasión, la charla de Pablo se alargó tanto, que un joven que estaba sentado en la ventana se durmió y se cayó a la calle.

        La importancia de las "casas" y, por tanto, de las "familias" en la primera comunidad cristiana es innegable. La acogida que los dueños del hogar dispensaban a la asamblea les hacía acreedores de estima, siendo considerados como los animadores de la comunidad.

        El Libro de los Hechos deja constancia de cómo se reunían en las casas para la fracción del pan: "en el piso alto de una casa particular". Los esposos no consagraban, cosa que se reservó siempre a los Apóstoles y posteriormente a los presbíteros, pero sí se les otorgaban ciertas funciones sacerdotales.

        Cristo, el Resucitado, se manifiesta en la mesa eucarística, sacramento del amor: "Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos". La Eucaristía es el eje del amor, fuente y exigencia del mismo. Produce y requiere amor. Nos reúne el "Amor".

        Es bueno mirarse en la primera comunidad cristiana como ejemplo a imitar. Lo normal suele ser acudir al texto del libro de los Hechos en el que se dice que "la multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma". El texto añade: "Y, desde entonces, acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones".

        También nos puede servir de guía la vida de algunos santos, como ocurre con San Antonio María Claret, fundador de la Orden Claretiana -a la que pertenece la comunidad de esta Real Iglesia de San Pablo-, y del que estamos conmemorando el segundo centenario de su nacimiento. El padre Claret, en sus memorias, nos relata lo que le ocurrió el día 26 de agosto de 1861:

        "Hallándome en oración en la iglesia del Rosario, en la Granja de San Ildefonso, situada a 11 kilómetros de Segovia, a las 7 de la tarde, el Señor me concedió la gracia grande de la conservación de las especies Sacramentales y tener siempre, día y noche, el Santísimo Sacramento en el pecho; por lo mismo, yo siempre debo estar muy recogido y devoto interiormente; y además debo orar y hacer frente a todos los males de España, como así me lo ha dicho el Señor". El Padre Claret también era el confesor de la reina Isabel II.

        El domingo es la "fiesta primordial", "el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico". "El domingo, considerando globalmente sus significados y sus implicaciones, es como una síntesis de la vida cristiana y una condición para vivirla bien". Es, en efecto, el día de Cristo resucitado, por lo que lleva consigo la memoria del fundamento mismo de la fe cristiana. "Aunque el domingo es el día de la resurrección, no es solo el recuerdo de un acontecimiento pasado, sino que es celebración de la presencia viva del Resucitado en medio de los suyos".

        Los gestos realizados por Jesús -"tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio"- son los mismos que llevó a cabo en la Última Cena y que no deja de realizar, a través del sacerdote, en nuestras eucaristías.

        El carácter propio de la Misa dominical y su importancia para la vida cristiana exigen que la misma se prepare con particular esmero, de forma que se perciba como una epifanía de la Iglesia, y se distinga como celebración gozosa y animada por el canto, atrayente y participada.

        Cuando te vas de viaje, sobre todo si es largo, lo normal es que te despidas de tus familiares. "Adiós" suele ser palabra clave entre nosotros. "Adiós quiere decir quédate con Dios". Es la manifestación de un doble deseo, permanecer con vosotros y que vosotros me acompañéis en la ruta. Algo parecido sucede al final de la Eucaristía. El celebrante saluda al pueblo y le da la bendición "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo". Algo así como si Dios nos dijera: ponte en camino que Yo, es decir, Nosotros (el Padre, el Hijo y el Espíritu), vamos contigo.

        Cuando un cristiano sincero te pregunte qué tiene que hacer para buscar y encontrar al Señor, dile que vaya junto al Sagrario, rece alguna oración, o le hable de sus cosas y problemas... o abra el Evangelio y medite, o simplemente mire al Sagrario, sin hacer nada más que mirar, porque eso es oración: mirar al Señor. La fiesta del Corpus Christi nos recuerda cada año esta presencia maravillosa de Cristo en amistad siempre ofrecida a todos los hombres; seamos agradecidos y visitémosle con frecuencia, todos los días; Él se quedó para eso.

        Cuando vamos a la iglesia a rezar a una imagen a la que tenemos mucha devoción o incluso a visitar a los titulares de nuestras Hermandades y Cofradías, no nos podemos olvidar de que el "original" está en el Sagrario, no debemos pasar de largo. Hermanos, igual que cuando en nuestra vida nos proponemos hacer algo importante y lo conseguimos, consigamos lo más importante de todo para un cristiano: aumentar nuestra espiritualidad y amor al Señor.

        Qué trabajo cuesta cuando pasas por una iglesia y está abierta, decir: el Señor está dentro, voy a entrar a visitarle, a estar un rato con Él. Qué gracias y dones recibirás. Hagamos todos la prueba.

        Otras veces se puede leer y meditar lo que otros han orado sobre los dichos y hechos de Jesús. Voy a poner un ejemplo con esta oración, que a mí me gusta y me ayuda a interiorizar y comprender todo el amor de Cristo en su pasión y muerte y me obliga a corresponderle:

        Bendito seas Tú, mi Señor Jesucristo, que anunciaste por adelantado tu muerte y, en la Última Cena, consagraste el pan material, convirtiéndolo en tu cuerpo glorioso, y por tu amor lo diste a los Apóstoles como memorial de tu dignísima pasión, y les lavaste los pies con tus santas manos preciosas, mostrando así humildemente tu máxima humildad.

        Honor a Ti, mi Señor Jesucristo, porque el temor de la pasión y la muerte hizo que tu cuerpo inocente sudara sangre, sin que ello fuera obstáculo para llevar a término tu designio de redimirnos, mostrando así de manera bien clara tu caridad para con el género humano.

        Bendito seas Tú, mi Señor Jesucristo, que fuiste llevado ante Caifás, y Tú, que eres el juez de todos, permitiste humildemente ser entregado a Pilato, para ser juzgado por él.

        Gloria a Ti, mi Señor Jesucristo, por las burlas que soportaste cuando fuiste revestido de púrpura y coronado con punzantes espinas, y aguantaste con una paciencia inagotable que fuera escupida tu faz gloriosa, que te taparan los ojos y que unas manos brutales golpearan sin piedad tu mejilla y tu cuello.

        Alabanza a Ti, mi Señor Jesucristo, que te dejaste ligar a la columna para ser cruelmente flagelado, que permitiste que te llevaran ante el tribunal de Pilato, cubierto de sangre, apareciendo a la vista de todos, como el Cordero inocente.

        Honor a Ti, mi Señor Jesucristo, que, con todo tu glorioso cuerpo ensangrentado, fuiste condenado a muerte de cruz, cargaste sobre tus sagrados hombros el madero, fuiste llevado inhumanamente al lugar del suplicio, despojado de tus vestiduras, y así quisiste ser clavado en la cruz.

        Honor para siempre a Ti, mi Señor Jesucristo, que, en medio de tales angustias te dignaste mirar con amor a tu dignísima madre, que nunca pecó ni consintió jamás la más leve falta; y, para consolarla, la confiaste a tu discípulo para que cuidara de ella con toda fidelidad.

        Bendito seas por siempre, mi Señor Jesucristo, que cuando estabas agonizando diste a todos los pecadores la esperanza del perdón, al prometer misericordiosamente la gloria del paraíso al ladrón arrepentido.

        Alabanza eterna a Ti, mi Señor Jesucristo, por todos y cada uno de los momentos que, en la cruz, sufriste entre las mayores amarguras y angustias por nosotros, pecadores; porque los dolores agudísimos procedentes de tus heridas penetraban en tu alma bienaventurada y atravesaban cruelmente tu corazón sagrado hasta que dejó de latir y exhalaste el espíritu e, inclinando la cabeza, lo encomendaste humildemente a Dios tu Padre, quedando tu cuerpo invadido por la rigidez de la muerte.

        Bendito seas Tú, mi Señor Jesucristo, que por nuestra salvación permitiste que tu costado y tu corazón fueran atravesados por la lanza y, para redimirnos hiciste que de él brotara con abundancia tu sangre preciosa mezclada con agua.

        Gloria a Ti, mi Señor Jesucristo, porque quisiste que tu cuerpo bendito fuera bajado de la cruz por tus amigos y reclinado en los brazos de tu afligidísima madre, y que ella lo envolviera en lienzos y fuera enterrado en el sepulcro, permitiendo que unos soldados montaran allí guardia.

        Honor por siempre a Ti, mi Señor Jesucristo, que enviaste el Espíritu Santo a los corazones de los discípulos y aumentaste en sus almas el inmenso amor divino.

        Bendito seas Tú, glorificado y alabado por los siglos, mi Señor Jesús, que estás sentado sobre el trono, en tu reino de los cielos, en la gloria de tu divinidad, viviendo corporalmente con todos tus miembros santísimos, que tomaste de la carne de la Virgen. Y así has de venir el día del juicio a juzgar a las almas de todos los vivos y los muertos: Tú que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

        Este es el Cristo que adoramos en el Sagrario. Estos son algunos de los hechos de salvación continuamente ofrecidos al Padre para nuestra salvación. Este es el ejemplo que nos da y que debemos imitar. Ahora bien, como nos ama tanto y nuestros defectos impiden esta amistad que Él quiere comunicarnos desde su presencia eucarística, después del saludo y el acto de fe casi rutinario, al cabo de algún tiempo empieza a decirnos: oye, qué contento estoy con tu fe y tu amor, con que vengas a visitarme y a contarme y a tratar de amistad, pero no estoy conforme con tu soberbia, tienes que esforzarte más en la caridad, cuidado con el genio, la afectividad...

        Cualquiera que se quede junto al Sagrario todos los días un cuarto de hora, empezará a escuchar estas cosas, porque para eso, para hablarnos y para ayudarnos en este camino, se ha quedado en la tierra; después de dar la vida por nosotros en cada Eucaristía, se ha quedado el Señor en el Sagrario, para que hagamos de nuestra vida una ofrenda agradable al Padre, como hizo Él de toda su vida, en obediencia y adoración hasta el extremo.

        Y todo esto nos lo quiere enseñar y comunicar. Y nosotros, si queremos ser sus amigos, tenemos que empezar a escucharlo, dialogarlo y vivirlo en nuestra propia vida. Por eso es tan importante su presencia eucarística, en la que continúa ofreciéndonos permanentemente todo su amor, toda su vida, toda su salvación a todos los hombres, especialmente para los que le adoran en este misterio.

        Ya lo dijo bien claro el Señor: "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí... ". La puerta es Cristo. Por eso no tiene nada de particular que Pedro, que algo de este cielo anticipado descubrió en el Tabor, le pidiese a Cristo hacer tres tiendas para quedarse allí y gozar el cielo anticipado en esa presencia del Hijo lleno de luz resplandeciente del Espíritu Santo, nube luminosa de la que sale la voz llena de amor del Padre.

        Cada uno de nosotros tiene que tener su propia tienda junto al Sagrario, su propio sitio junto a la Eucaristía de cada domingo para escuchar estas palabras dichas por el Padre en el Hijo muy amado y aprender esas lecciones de humildad, de amor y entrega, de servicio, de paciencia, de amor extremo... que solo se pueden aprender de Cristo, escuchándole directamente, viéndole y contemplándole, en diálogos de amor a sus pies... Ningún otro maestro las puede enseñar porque en Él se identifican mensajero, mensaje, verdad y vida, y ahí tenemos que acudir todos los evangelizadores para recibir el mandato y transmitirlo.

        Sin embargo, esta tarea que tenemos encomendada de ser mensajeros del amor de Dios no es fácil de llevarla a cabo en este mundo, que Dios hizo bueno y hermoso, pero que el hombre ha estropeado. El Padre lo creó con un proyecto apasionante: difundir su bondad, comunicar su felicidad, dinamizar una fraternidad universal en la que los hombres todos pudiesen mirarse como hermanos y en la que, creciendo en el amor, fueran realizándose en plenitud hasta "participar de la misma vida divina". El hombre hizo fracasar los proyectos de Dios.

        Pese a todo, el Padre "no nos abandonó al poder de la muerte". Pronunció su Palabra, que acampó entre nosotros, envió a su Hijo, quien se hizo hombre, "como uno de tantos". Habló palabras de vida, recreó la historia, mostró el camino a seguir... Antes de ser conducido a la cruz, instituyó un recuerdo perpetuo de su paso entre nosotros y prometió la luz y la fuerza del Espíritu.

        La promesa se está realizando hoy. Ya Pedro, el día de Pentecostés, afirmó que se estaba cumpliendo la profecía y añadió que se seguiría llevando a cabo "en vuestros hijos y en todos los de lejos". Los de lejos somos nosotros, los que en un tiempo no éramos pueblo y ahora somos el pueblo de Dios. Depende, pues, de nosotros -al menos en parte- que los planes de Dios vayan siendo realidad. La utopía de una sociedad sin guerras y sin injusticias está en marcha. La creación entera, que está gimiendo con dolores no esperados anhela expectante la manifestación de los hijos de Dios. Los cielos nuevos y la tierra nueva, donde no habrá llanto ni dolor, han comenzado ya. "Serán vecinos el lobo y el cordero" (Is. 11, 6). "El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad completa" (Jn 16, 13).

        Estamos en vísperas de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Esta fiesta del Corpus Christi inspiró nuevas formas de piedad eucarística en el Pueblo de Dios que han llegado hasta nosotros. Entre ellas figura la procesión, que representa el arquetipo de las procesiones eucarísticas: prolonga la celebración de la Eucaristía de forma que el pueblo cristiano "rinda público testimonio de fe y de veneración al Santísimo Sacramento". Por ello vivimos con especial fervor la solemnidad del Corpus Christi, con su tradicional procesión. Que la fe en el Dios que, al encarnarse, se hizo compañero nuestro de viaje, se proclame por doquier, y especialmente en nuestras calles y entre nuestras casas, como expresión de nuestro grato amor y fuente de inextinguible bendición.

        El pueblo católico, en estos tiempos tan malos para la fe, va perdiendo poco a poco la clave de su identidad cristiana, que es Cristo Eucaristía. Por eso se secan tantas vidas de jóvenes y adultos bautizados, porque se alejan de la "fuente que mana y corre".

        Creo que en este día del Corpus, en que vamos a llevar por nuestras calles y plazas a Jesucristo Eucaristía, nosotros, los católicos creyentes y convencidos, debemos exponer con claridad, con valentía y sin complejos, los motivos de nuestra fe y amor a la Eucaristía. Y si alguien nos preguntase porqué cantamos, adoramos y sacamos en procesión este pan consagrado, nosotros respondemos con toda claridad:

        PORQUE EN ESE PAN EUCARISTICO está el Amor del Padre que me pensó para una Eternidad de felicidad con Él, y, roto este primer proyecto por el pecado de Adán, me envió a su propio Hijo para recuperarlo y rehacerlo, pero con hechos maravillosos que superan el primer proyecto, como es la institución de la Eucaristía, de su presencia permanente entre los hombres. Por eso, la adoramos y exponemos públicamente al "amor de los amores": "Me quedaré con vosotros hasta el final de los tiempos".

        PORQUE EN ESE PAN EUCARISTICO está el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Cristo, que sufrió y murió por mi y resucitó para que yo tuviera comunión de vida y amor eterno con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio Hijo para que no perezca ninguno de los que creen en Él"; "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, el que coma de este pan, vivirá para siempre... vivirá por mi... "

        PORQUE EN ESE PAN EUCARISTICO está el precio que yo valgo, el que Cristo ha pagado para rescatarme; ahí está la persona que más me ha querido, que más me ha valorado, que más ha sufrido por mí, el que más ha amado a los hombres, el único que sabe lo que valemos cada uno de nosotros, porque ha pagado el precio por cada uno. Cristo es el único que sabe de verdad lo que vale el hombre.

        El hombre es más que hombre, más que esta historia y este espacio; el hombre es eternidad. Solo Dios sabe lo que vale el hombre. Porque Dios pensó e hizo al hombre, y porque lo sabe, por eso le ama y entregó a su propio hijo para rescatarlo. ¡Cuánto valemos! Valemos el Hijo de Dios, muerto y resucitado, valemos la Eucaristía.

        JESUCRISTO, EUCARISTIA DIVINA, TÚ LO HAS DADO TODO POR MÍ, CON AMOR EXTREMO, HASTA DAR LA VIDA. TAMBIEN YO QUIERO DARLO TODO POR TI, PORQUE PARA MÍ TÚ LO ERES TODO, YO QUIERO QUE LO SEAS TODO.

        JESUCRISTO EUCARISTIA, YO CREO EN TI.

        JESUCRISTO EUCARISTIA, YO CONFIO EN TI.

        JESUCRISTO EUCARISTIA, TÚ ERES EL HIJO DE DIOS.

        Hermanos, vayamos todos el domingo en la procesión del Corpus Christi. No es el Señor el que necesita que le acompañemos; somos nosotros los que necesitamos su compañía, a la que siempre deberemos estar agradecidos. Precisamente, un elemento fundamental se desprende del significado mismo de la palabra "Eucaristía": acción de gracias.

        En el "sí" incondicional de Jesús a la voluntad del Padre, esta el "sí" de la Humanidad entera. La Iglesia está llamada a recordarnos tan gran verdad, y urge que ello se realice sobre todo en nuestra cultura secularizada, que respira el olvido de Dios y cultiva la vana autosuficiencia del hombre. Ella encarna el proyecto eucarístico en la vida diaria, lo que significa, entre otras cosas, testimoniar que la realidad humana no se justifica sin mencionar a Dios. "Sin el Creador, la criatura se diluye". A Él le damos gracias por lo que tenemos y somos.

        Señor, permíteme que te dé las gracias por todos los beneficios que diariamente todos recibimos de Ti. Por mi parte soy indigno de recibir tanto favor.

        A lo largo de mi vida, un día pusiste en mi camino a una persona muy especial, una gran mujer: mi esposa. El pasado 3 de octubre celebramos el trigésimo octavo aniversario de nuestra unión en el sacramento del matrimonio. Con su labor de esposa, le debo mucho por todo lo que ha hecho y sigue haciendo por mí. Fruto de nuestro matrimonio el Señor nos ha dado tres hijos (tres que son seis con los hijos políticos). Todos, gracias al Señor, cristianos practicantes y comprometidos, de los que hemos recibido hasta ahora cuatro nietos y uno más que viene de camino. ¿Qué más puedo pedir al Señor a mis 67 años?

        Y todo por mediación de nuestra Madre, la Virgen Santísima María Auxiliadora, que siempre está intercediendo por todos nosotros. Don Bosco decía siempre "ELLA LO HA HECHO TODO". En la Adoración Nocturna siempre terminamos las vigilias con un canto a la Santísima Virgen y, en esta ocasión, no va a ser menos. A Ella nos vamos a dirigir, antes de terminar, con el himno en honor a su advocación.

        Hermanos, en el nombre del Señor, marchemos en Paz.