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Recordaría sobre todo que en aquella ocasión el Papa se dirigió a los movimientos afirmando que, tras un «periodo de prueba» y de verificación, se estaba abriendo ante ellos «una etapa nueva: la de la madurez eclesial». En los diez años transcurridos desde entonces esta «madurez» también gracias a la solicitud de Benedicto XVI ha ido consolidándose. Se aprecia especialmente esto en cuanto a su inserción en las Iglesias particulares. Esto no significa naturalmente que todos los problemas se hayan ya resuelto, también porque la Iglesia como organismo vivo exige que cada realidad se actualice continuamente.
Las dificultades derivan a menudo de los prejuicios, incomprensiones o capillismos por parte de fieles de la comunidad local por un lado, y de imprudencia, inexperiencia o exuberancia por parte de los miembros de los movimientos, por otro. Además como ha observado el desaparecido padre Jesús Castellano «los carismas no existen en estado puro, y a veces en nombre de los carismas se pueden realizar abusos». Hace falta por tanto una continua obra de purificación y, por parte del obispo, se necesita no sólo promoción de las riquezas carismáticas, sino también discernimiento, vigilancia y corrección de eventuales abusos.
Principalmente con el diálogo animado por la caridad, con un poco de paciencia y de buena voluntad para comprender y hacerse comprender. Todos deben como observaba el cardenal Ratzinger «dejarse educar por el Espíritu Santo», para que puedan tener «el consenso interior a la multiplicidad de las formas que puede asumir la fe vivida». Las dos partes -movimientos y comunidades locales- deben encontrar la vía que conduce a aquellos comportamientos de los que Pablo habla en el himno a la caridad.
Lo he sintetizado en cuatro puntos, en correspondencia con las características esenciales de la Iglesia, que son un don pero también una tarea. Cristo, por medio de su Espíritu, concede a la Iglesia ser una, santa, católica y apostólica, y la llama a realizar cada vez mejor cada una de estas características. Cada obispo diocesano debe promover en la Iglesia a él confiada la unidad en la pluralidad, la catolicidad en el sentido de apertura a la Iglesia universal, así como la apostolicidad que implica la complementariedad entre institución y carisma. Actuando así, el obispo contribuirá a la santidad de su Iglesia particular como primer servidor del Espíritu.
El servicio del obispo a la unidad debe realizarse en la conciencia de que la diversidad de ministerios, carismas, formas de vida y de apostolado no es un obstáculo para la unidad de la Iglesia particular, sino una riqueza. Hay que considerar que el carácter de comunión, precisamente de la Iglesia, comporta, por una parte, la más sólida unidad y, por otra, una pluralidad y una diversificación, que no obstaculizan la unidad. Una comprensión estrecha de la unidad llevaría a un uniformismo pastoral que haría difícil la inserción y la acción apostólica de los diversos movimientos. Por otra parte, la catolicidad de la Iglesia particular tiene una especial relevancia para el tema del que nos estamos ocupando. Una de las características predominantes de los nuevos movimientos eclesiales es su dimensión universal. Como realidad de la Iglesia universal, en virtud de la mutua interioridad entre Iglesia universal y particular, los movimientos están llamados actuar en las Iglesias particulares, enriqueciéndolas y preservándolas del peligro del «particularismo» o del «localismo».
Ciertamente la característica universalidad de los movimientos no debe hacerles olvidar que la Iglesia posee también una esencial dimensión particular. Los movimientos serán por tanto plenamente eclesiales también en la medida en que se radiquen en las diversas Iglesias particulares. La visión universal de la Iglesia, que representa una de las aportaciones valiosas de los movimientos a las Iglesias particulares, se deformaría, convirtiéndose en una visión platónicamente universalista', y esto iría en detrimento de la atención hacia la realidad y los problemas de la Iglesia particular. También esto es amor por la Iglesia. Los miembros de los movimientos, permaneciendo fieles al propio carisma, deberán tratar de injertarlo creativamente en la vida de la respectiva Iglesia particular, sin limitarse a estar presentes en los organismos diocesanos. El campo de acción eclesial propio de los fieles laicos es el de la vida familiar, social, profesional, política, cultural, deportiva, etc. Con esta presencia capilar en la vida de la diócesis evitarán que el carisma del movimiento pueda aparecer en ella como un cuerpo extraño. Es algo análogo a la inserción en una orquesta de un nuevo instrumento musical que, aún conservando sus características, se adecua a las particularidades que allí encuentra con el fin de producir una verdadera sinfonía, y esto gracias a la dirección del director de orquesta, que, en nuestro caso, es el obispo.
Entre institución y carisma no puede haber contraposición
-como no la hay entre Cristo y su Espíritu- sino complementariedad,
cuya puesta en acto corresponde de modo especial al obispo diocesano,
que debe evitar un excesivo y burocrático desarrollo de la
dimensión institucional en detrimento de la carismática.
Al reflexionar sobre la inserción de los movimientos en las
Iglesias particulares existe la tentación de referirse de modo
inapropiado al binomio institución-carismas, dejándose
arrastrar por una dialéctica claramente inaceptable. En varias
ocasiones Juan Pablo II subrayó que el aspecto institucional
y el carismático de la Iglesia «son coesenciales».
Se debe por tanto afirma! r que en cada realidad de la Iglesia se
encuentran tanto la dimensión institucional como la carismática,
aunque en grado diverso. Sería por tanto equivocado concebir
las estructuras pastorales diocesanas como meras organizaciones institucionales,
como también sería equivocado colocar a los movimientos
eclesiales en un ámbito puramente carismático sin referencias
La importancia de que el ministerio sagrado sea entendido y vivido carismáticamente fue subrayada por Ratzinger, observando entre otras cosas que sólo así «no se da ningún agarrotamiento institucional: subsiste, en cambio, una apertura interior al carisma, una especie de olfato' hacia el Espíritu Santo y su acción [...] y se encontrarán vías de fecunda colaboración en el discernimiento de los espíritus». Puso en guardia del peligro ínsito en una excesiva institucionalización. La Iglesia tiene ciertamente necesidad de estructuras organizativas, también de derecho humano, pero si tales instituciones «se hacen demasiado numerosas y preponderantes ponen en peligro el ordenamiento y la vitalidad de su naturaleza espiritual. La Iglesia debe verificar continuamente su conjunto institucional, para que no se haga excesivamente pesado, no se agarrote en una armadura que sofoque la vida espiritual que le es propia y peculiar».
El obispo es el primer ministro del Espíritu Santificador. Ejerce una función de moderador, de episkopé, al servicio del Espíritu de Cristo, vigilando para que las diversas iniciativas apostólicas originadas por los carismas se desarrollen en la concordia y contribuyan a la edificación de la Iglesia en la fidelidad a la tradición apostólica. Su potestad no va por tanto entendida como el centro de cuya plenitud salen todos los ministerios y las iniciativas apostólicas en su Iglesia, sino como el centro que unifica, coordina, anima, promueve y modera, siempre consciente de la responsabilidad de secundar la acción multiforme del Espíritu. | |||||
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