Luis Lezama Sacerdote y empresario: entrevista.
"Los negocios cerrados no funcionan; ni los del cuerpo ni los del alma"
Nació en Amurrio (Álava), en 1936. Se reconoce parte de esa generación que se tuvo que incorporar a un país destrozado por las luchas fratricidas. Nació en una familia burguesa. Se formó en los jesuitas de Indauchu, pasó un año en ICAI de Madrid, pero tras un verano en el taller de su tío Víctor, regresó a Madrid, pero al seminario diocesano. Ha corrido mucho mundo. Recuerda los años en Vallecas, el primer albergue, hoy la parroquia San Carlos Borromeo, y la primera taberna para colocar a jóvenes. Hoy es párroco de Santa María La Blanca, en Montecarmelo, y dirige una Fundación con 600 empleados.

Creó el primer albergue juvenil para ayudar a los marginados.
Alfredo Urdaci
La Gaceta de los Negocios, 22.V.07
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Rafael Gambra Ciudad

 

 

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Dale Ahlquist

 

 

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Dalmacio Negro

        Se sienta en una mesa del Café de Oriente y es como si retomara una vieja conversación interrumpida. Entiendo enseguida que esto será una conversación más que una entrevista. Su voz late con otro ritmo cuando recuerda a su madre, Evi de Barañano, que le animó a abrir los horizontes de su vida, y cuando evoca sus años en los jesuitas, de los que dice que le educaron para una libertad responsable. Su territorio parroquial tiene 12.000 almas, y quizá por eso el teléfono no para de sonar.

Ha vuelto a ser párroco, ¿con criterio de empresario?

        La misión del sacerdote es dar servicio espiritual. No concibo una Iglesia cerrada. Los negocios cerrados no funcionan, ni los del cuerpo ni los del alma. La institución está hoy muy burocratizada, apoyada en exceso en normas y reglas que marcan una ortodoxia.

Volver a la parroquia debe de ser un regreso a la realidad.

        He vivido en sitios tan diversos como Chinchón, Vallecas... Yo creé el primer albergue de la juventud en lo que hoy es San Carlos Borromeo. Cuando pasas tres años recogiendo papeles para poder alimentar a la gente que tienes contigo, para darles una cultura básica, te das cuenta de que la evangelización tiene mucho que ver con la realidad en la que vives inmerso.

Aquella era una Iglesia en renovación.

        En el seminario vivimos la época maravillosa de Juan XXIII, nuevas ilusiones, entusiasmos, innovación y renovación. Hoy se cita como actual la Gaudium et spes. No hay nada como la Iglesia iluminando el desarrollo del hombre después de la guerra mundial. ¡Ya les gustaría a algunos movimientos sociales tener ese patrimonio, hoy que parecen niños malcriados hartos de vino!

¿Y cómo empezó la aventura como tabernero?

        Le pedí a Tarancón un año sabático para montar el Alabardero, y han sido 32. Necesitaba algo para desmarginalizar a la gente. Recogíamos a los chicos que dormían en vagones y a otros que se habían ido de casa. Pedí un crédito al Urquijo y abrimos la taberna en una plaza que entonces estaba abandonada.

Era otra vida para ellos.

        Un día uno de ellos entró en las cocinas del Alabardero dando voces y diciendo que había un rey en la puerta, un rey de verdad. Se trataba de Simeón de Bulgaria. Aquel trabajo les abría un mundo social y cultural digno.

Hoy esos chicos vienen en pateras.

        Cada año celebramos un encuentro en Amurrio al que vienen Michel Camdessus, Guillermo de la Dehesa, Ana Palacio, Enrique Iglesias... Este año hablaremos de los pueblos, la diáspora y el mestizaje. Las diásporas ayudan a la identidad, y el mestizaje favorece a los pueblos.

¿Cuál es el peor pecado?

        Sólo hay un pecado, y es el de la soberbia. Los demás pecados son complementarios.

¿Y la mayor virtud?

        Compartir. Mi madre me enseñó en la posguerra a compartir lo que teníamos. Hay quien piensa que debe dar lo que le sobra. No. Se trata de darse uno mismo.

Un cura empresario. ¿Cuál es la clave del éxito empresarial?

        Donde hay capital humano hay perspectiva.