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¿Católico? No, gracias
Vittorio Messori |
| Católicos no a toda costa | Un periodista americano que viene a hacerme algunas preguntas me dice que, en las redacciones de los Estados Unidos, parece haberse pasado la obsesión por la famosa regla de las cinco W who?, what?, when?, where?, why? (¿quién?, ¿qué?, ¿cuándo?, ¿dónde?, ¿por qué ?), a las cuales todo periodista debía ajustarse a la hora de escribir. Ahora, me revela el compañero, rige en los Estados Unidos otra norma, a veces callada pero a menudo explícita en cualquier caso, férrea, que se denomina ABC, y es ésta: All But Catholicism. En español: Todo, excepto el catolicismo. También la larga, furibunda campaña de los medios de comunicación contra la así llamada pedofilia (en realidad, pederastia) de los miembros del clero, no sería más que un aspecto de esta especie de nuevo deber de difamación. En lo que con frecuencia es, ahora, un odio anticatólico, se unen las aversiones de los liberales agnósticos, de ciertos sectores hebreos, de muchas logias masónicas, pero también la de los evangélicos, los miembros de la secta de un protestantismo a estas alturas mayoritario, pero fuera de control, a menudo delirante respecto al papismo. En efecto, mucho del ecumenismo practicado hoy en la Iglesia católica está enfermo de anacronismo: se dialoga con las comunidades cristianas históricas (luteranismo, calvinismo, anglicanismo) que son ahora más débiles, sustituidas, sobre todo en USA, por comunidades fundamentalistas, para las cuales el papado es, y sigue siendo, el anticristo con quien cualquier acercamiento es blasfemo. Por lo tanto, la calumnia y la agresividad contra los roman catholics sería merecida. |
| Hoy se multiplica la agresión |
Pero existe otra agresiva apologética que invade hoy Occidente: es la del islamismo interesado en devaluar el cristianismo (y sobre todo aquel catolicismo con el que se enfrentó durante siglos), para mostrar la superioridad del mensaje traído por Mahoma, último y definitivo profeta. Es un hecho que ha vuelto a lo grande el usual rosario de acusaciones contra una bimilenaria vicisitud eclesial, que habría hecho más gravosa la suerte de la Humanidad, en vez de aliviarla. La máquina de guerra montada por los ilustrados europeos del setecientos para arrollar al Infame (esto es, a la Iglesia) es ahora maniobrada por muchas fuerzas, antiguas y al mismo tiempo nuevas. Tanto que, como muestran ciertas encuestas recientes, los cristianos son hoy el grupo humano más difamado y, a menudo, perseguido. |
| Una defensa antigua | ¿Cómo reaccionar? Según algunos, sobre todo teólogos, absteniéndose precisamente de cualquier reacción, en cuanto que la verdad no tendría necesidad de defensa y acabaría por imponerse por sí sola. Y de ahí, para estos católicos, el rechazo de toda apologética: es decir, el abandono de una postura de explicación, aclaración, enfrentamiento, defensa, que sin embargo comienza con la Iglesia misma. Quizás pocos recuerden que la primera Apología cristiana de la que tenemos noticia es del año 126, y fue presentada al emperador Adriano, de visita en Atenas, por el santo obispo de la ciudad, Quadrato. De las indicaciones que poseemos de esa obra, sabemos que en ella no sólo se mostraba la racionalidad de la fe en Jesús como Mesías, sino que la comunidad cristiana se defendía también de las acusaciones paganas y hebreas. En resumen, un verdadero y característico tratado de apologética, arquetipo de los que en absoluto nos han llegado, cuando alguien ha comenzado a dudar de la validez de instrumentos como éstos, incluso tan consagrados por la tradición más antigua. |
| Demasiados complejos | De cualquier modo, dejemos a un lado cualquier consideración sobre el slogan según el cual la verdad no tiene necesidad de ser defendida, slogan que, entre otras cosas, contradice al Evangelio, lleno de pullas y respuestas entre Cristo y sus antagonistas; y, aún más, contradice al resto del Nuevo Testamento, desde los Hechos de los Apóstoles a las cartas de Pablo, donde los discípulos de Jesús se afanan, todos, en disputas con ataques y defensas. Convencidos de poseer la verdad, también estaban convencidos de que Dios mismo la había querido confiar a los hombres para que anunciasen su esplendor y, en su caso, también la defendiesen de calumnias, malentendidos y equívocos. Dejémoslo aparte, de todos modos, y observemos, más bien, que hoy muchos católicos están convencidos de que la verdad sobre la Iglesia y su historia sea precisamente la contada, es más, gritada con rencor, por sus contestatarios. Estos últimos, por lo tanto, no serían difamadores, sino, por el contrario, desempeñarían un papel providencial para recordar a los católicos las muchas imperfecciones, si no infamias, de las que estaría lleno su pasado y de las que deberían continuamente pedir perdón. |
| Confiados en la oración |
El verdadero balance No tengo la más mínima intención de analizar aquí esas acusaciones. Aquí, en cambio, quisiera observar que son muchos los que hacen hoscos exámenes a la Iglesia por lo que ha o habría hecho mal. Pero prácticamente ninguno se pregunta nunca cuánto mal ha evitado la Iglesia. No nos cansaremos de repetirlo: el verdadero balance de la comunidad eclesial sólo lo puede hacer Dios; para los hombres estará claro (quizá) sólo al final de la Historia, cuando todo será desvelado. Siempre me ha conmovido cuando se cuenta de san Luis, rey de Francia, que guió dos cruzadas, acabando dejándose la vida. Dirigiéndose una vez hacia Tierra Santa, su nave se encontró con una terrible tempestad, hasta el punto de que los marineros dejaron los mandos, resignados, considerando que ya todo estaba perdido. Pero el rey Luis les gritó, en la oscuridad de aquella terrible noche: "¡Resistid todavía un poco, porque a no faltar mucho todos los monjes de la cristiandad se levantarán para cantar los maitines y estaremos salvados!" No hay que ser santo, basta ser cristiano para entender que el océano de oración que en veinte siglos de fe no ha dejado nunca de elevarse al cielo no puede no haber tenido efectos misteriosos y, al mismo tiempo, decisivos para la historia de los hombres individuales y para la de toda la Humanidad. |
| La verdadera aportación pocas veces reconocida |
Al hilo de mencionar a los monjes: no es erróneo, naturalmente, es más, responde a una verdad objetiva, el argumento apologético según el cual su actividad habría sido benéfica para la sociedad. Saneamiento de pantanos, técnicas agrícolas, rescate de antiguos manuscritos, fundaciones de escuelas, incremento de las artes y así sucesivamente: sería largo el elenco de los beneficios materiales traídos por aquellos religiosos. Pero esta actividad suya no es más que secundaria respecto al beneficio verdadero, que los hombres pueden sólo intuir pero no conocer: el opus Dei, el servicio divino, la oración de alabanza y de súplica que nunca ha dejado de resonar en los monasterios, en las abadías, en los conventos. ¿Qué ha obtenido, qué ha evitado durante siglos la oración de todos los nocivos católicos, no sólo la de los consagrados? ¿Qué valor infinito, en cualquier caso incalculable por nosotros, han tenido y tienen los miles de mi llones de misas celebradas? ¿Qué han representado veinte siglos de ascesis, de penitencia, de sacrificios ofrecidos por amor de Dios? Hay que ser claros: no es lícito hacer balance alguno sin tener en cuenta que esto es lo principal que hay que poner en el activo. Pero, una vez más: entre las acusaciones a la Iglesia, hoy, no falta la que concierne a la confesión individual, auricular, secreta. Se habla de un dominio sobre las conciencias, como si esto representase siempre y de todos modos un mal. |
| Con el Sacramento de la Penitencia |
Pero, ¿qué decir de un dominio espiritual como éste que ha evitado una cantidad de mal que lo repetimos otra vez sólo Dios conoce? ¿Quién, entre los hombres, se encuentra en grado de saber cuántos homicidios, suicidios, robos, deshonestidades de todo tipo, adulterios, mentiras... han sido impedidos en la penumbra del confesionario por un hombre, un sacerdote, llamado a ser instrumento para recordar la ley evangélica, para amonestar, para disuadir del pecado, además de para absolverlo de éste? Pero, además de esto, ¿quién puede calcular la consolación donada a infinidad de corazones por la pastoral católica, con sus sacramentos? Es fácil condenar, en el pasado de la Iglesia, a los jerarcas clericales ricos y ambiciosos, a los cardenales cínicos con sus séquitos de púrpura. Pero durante innumerables, anónimas generaciones, en anónimas campañas, ¿cuánto bien se ha hecho y, aún más, cuánto mal se ha evitado por oscuros párrocos, con sus dedicación cotidiana, pobres entre los pobres y, al mismo tiempo, ricos de un mensaje que ha ayudado a las multitudes a vivir y a morir? |
| Por mucho mal que se diga |
Existen, y son a menudo voluminosas y esmeradas, historias de aquella antigua y extraordinaria institución que es la parroquia. Pero ninguna historia podrá jamás decir qué haya significado verdaderamente esta defensa ininterrumpida durante siglos, capilar, de la Iglesia entre la gente y para la gente, desde los últimos en la escala humana hasta los grandes del mundo. Un significado enorme en el plano social: pero aún más, más bien inestimable, en el plano invisible a los ojos de los hombres y percibido solamente por el Dueño de la mies. En resumen: en este clima de renovada agresión (incluso a menudo amamantada, al menos en Europa y mientras dura, de proclamas de tolerancia sospechosas) continuamos también escuchando y analizando las voces del mundo que de tantas cosas nos acusan. Pero no olvidemos nunca que, a estas voces, a menudo infundadas, se les escapa cuanto realmente importa en el gran libro del activo y del pasivo que será abierto y desvelado cuando sea el momento del balance final. |