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Uno de los permanentes centros de atención del magisterio de Benedicto XVI es la estrecha relación que existe entre fe y razón. En sus propias palabras, la fe es «amiga de la inteligencia». Su lección en Ratisbona en septiembre del pasado año subrayaba precisamente la coincidencia de fondo entre la revelación bíblica y la filosofía griega: lo que no es conforme a la razón es contrario a la naturaleza de Dios. Aristóteles comienza su gran obra de metafísica afirmando que todos los hombres desean saber. La aspiración a conocer la verdad de lo divino, del propio hombre y del mundo pertenece a la esencia del espíritu humano. Los filósofos de la antigua Grecia tuvieron el mérito de desarrollar una ciencia para conocer la verdad ejercitando las capacidades de la inteligencia humana. La gran cuestión que la inteligencia humana se plantea es la cuestión de la verdad. La fe cristiana es un mensaje verdadero. Si nos interesa la fe es porque es verdad. Si se limitara a ser un relato hermoso, sería buena literatura, pero no llegaría a satisfacer la aspiración más honda del espíritu humano: encontrar al Dios vivo y verdadero. Por eso, la fe necesita la razón: para mostrar el grado de seriedad de su compromiso con la verdad y profundizar en su conocimiento. Fe y filosofía se encuentran porque ambas buscan la verdad. De ahí que pueda afirmarse que el encuentro de la fe cristiana con la filosofía griega fuera providencial.
Los resultados a que conduce el proyecto de «deshelenizar» el cristianismo están patentes en la historia de la teología. Cuando Benedicto XVI emplea la palabra «deshelenizar» quiere decir arrancar al cristianismo su dimensión racional. Esto tiene muchas consecuencias: significa privar al cristianismo de su intrínseca relación con la verdad, impedir un auténtico diálogo de la fe con los demás saberes, reducirlo a un puro fenómeno subjetivo y negarle la legitimidad para entrar en los grandes debates filosóficos y éticos del mundo contemporáneo.
Entre 1959 y 1999 se ha desarrollado un interesante debate en torno a la forma en que los primeros teólogos emplearon algunos conceptos de la filosofía griega para profundizar en el concepto cristiano de Dios y proponerlo al mundo greco-romano. Los teólogos del siglo II partían de la convicción de haber conocido en Jesucristo la revelación suprema de Dios. Su trabajo consistió en seleccionar qué conceptos de la filosofía griega eran más apropiados para expresar el misterio del Dios cristiano y definirlos de tal forma que no lo desfiguraran. En este debate han participado un considerable número de teólogos de diversas confesiones cristianas. Los más importantes son, en efecto, Pannenberg, Scheffczyk y Ratzinger. Mientras que Pannenberg, teólogo evangélico, aporta una postura más bien crítica de este trabajo, Ratzinger defiende la lucidez de los primeros teólogos al tomar la filosofía como interlocutor privilegiado y Scheffczyk corrobora la idea de que en su esfuerzo intelectual estos teólogos seleccionaron con acierto qué tipo de conceptos filosóficos eran más adecuados para expresar el contenido de la fe.
Ratzinger sostiene que en la base del politeísmo está la idea de que por encima de las diversas divinidades, existe una ley universal impersonal que gobierna toda la realidad, incluso a los dioses del Olimpo. Este es el espíritu que impregna el mundo cultural greco-romano: la divinidad más alta no es un ser con el que el hombre se pueda comunicar. Para los griegos, no cabe una relación personal con la divinidad primera. Es una verdad sin religión. Una de las aportaciones decisivas de la revelación cristiana es afirmar que el único Dios verdadero es el que ha creado todo con su inteligencia y con su amor. De acuerdo con este dato fundamental y con la fe en la Encarnación, los primeros teólogos afirmaron que Dios es un ser con quien el hombre se puede comunicar. Es un ser personal que entabla con el ser humano una relación personal de conocimiento y amor. Es decir, la verdad y la religión guardan una perfecta armonía. | |||||
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