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Antes que nada porque él mismo se reconoció en aquel «obispo vestido de blanco» que los tres niños, Lucía, Francisco y Jacinta, «vieron» durante la aparición del 13 de julio de 1917, cuando la Señora les confió el llamado «secreto de Fátima». Y además porque, tras tomar conciencia de aquel suceso misterioso, Juan Pablo II vivió empeñado en realizar las peticiones y deseos contenidos en el mensaje de Fátima. Se entregó a esta misión con todo su ser, ofreciéndose como víctima por la salvación del mundo, promoviendo una «cruzada» mundial de oraciones, sobre todo entre los jóvenes, y obteniendo los resultados históricos que todos conocen: la caída del comunismo en los países del Este, la vuelta de la libertad religiosa en aquellos países y, quizá, contribuyó también a evitar un tremendo conflicto nuclear que, según los historiadores, se divisaba en el horizonte. La relación entre Fátima y Juan Pablo II es, en mi opinión, muy grande y está todavía por descubrir.
En las biografías de los santos, sucede a menudo que tienen «canales» de comunicación fuertes y precisos, que escapan al control de la racionalidad. Este fenómeno se verificó también entre el padre Pío y Karol Wojtyla, y hay dos episodios concretos, relacionados entre sí, que lo demuestran. En 1948, el joven sacerdote Karol Wojtyla, estudiante en Roma, había oído hablar del padre Pío y quería conocerlo. Viajó a San Giovanni Rotondo en las vacaciones de Pascua y se quedó una semana. Nunca se ha sabido de qué hablaron. Parece que el santo de Pietrelcina lo «vio» vestido de Papa y con manchas de sangre en la sotana blanca. De esta especie de profecía, difundida rápidamente tras la elección de Wojtyla como Papa, nunca hubo confirmación. Sin embargo es irrefutable el hecho de que aquel encuentro marcó profundamente a Wojtyla, suscitando en él una gran veneración por el padre Pío. En 1962, Wojtyla volvió a Italia como obispo para participar en el Concilio Vaticano II. En Roma, le llegó una dramática noticia: una colaboradora suya, Wanda Poltawska, médica y psiquiatra, tenía un grave tumor. Los médicos decidieron intentar una operación pero la esperanza de salvarla era casi nula. Wojtyla escribió inmediatamente una carta al padre Pío pidiéndole oraciones por la doctora Poltawska. El padre Pío, en aquellos años, estaba sometido a gravísimas acusaciones. El Santo Oficio decretó serias restricciones disciplinarias contra él, prohibiendo a sacerdotes y religiosos que le contactaran. Wojtyla estaba ciertamente informado de esta situación pero no hizo caso porque, por motivos que ignoramos, tenía un «conocimiento» del padre Pío por encima de cualquier insinuación. Hizo llegar la carta al padre Pío con urgencia, a mano, a través de Angelo Battisti, empleado de la Secretaría de Estado y colaborador del padre Pío. Battisti me contó, entregándome copia de aquella carta, que el padre Pío quiso que se la leyera y, al final, tras algún instante de silencio, dijo: «Angiolino, a esto no se puede decir que no». Sabiendo que cada palabra del padre Pío tenía una repercusión misteriosa y concreta en la realidad, Battisti se quedó muy sorprendido de aquella frase. «¿Quién será este Wojtyla?», se preguntaba. Pidió información pero en el Vaticano nadie lo conocía, excepto los polacos para los que era sólo un joven obispo. Once días después, Battisti recibió el encargo de llevar otra carta de Wojtyla al padre Pío. Y en esta carta el obispo polaco le daba las gracias al padre porque la doctora Poltawska «se había curado de repente antes de entrar en el quirófano». Estos son los hechos ciertos que conocemos y que demuestran que el padre Pío, como en muchas otras ocasiones, «intuyó» los designios de Dios sobre Wojtyla con una desconcertante precisión.
De modo misterioso, como sucede siempre con los acontecimientos del Espíritu. En teoría, Juan Pablo II formó parte de aquel «secreto» desde que nació. La misión le fue confiada incluso antes de nacer y la historia de su existencia se ha desarrollado libremente en sintonía con los designios de la Providencia. Pero, de hecho, quizá tomó conciencia de su misión sólo tras el atentado de 1981. No tenemos pruebas científicas, documentos explícitos que demuestren la relación entre Wojtyla y el secreto de Fátima. Sólo la convicción del mismo Papa que, tras el atentado, reflexionando sobre lo que sucedió y leyendo el texto de sor Lucía sobre la tercera parte del famoso secreto, se reconoció en aquel relato. Sor Lucía escribió que, durante la aparición del 13 de julio de 1917, ella, Francisco y Jacinta habían visto a un obispo vestido de blanco que, medio tembloroso, con paso vacilante, afligido por el dolor y la pena, atraviesa, junto a otros obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, una gran ciudad en ruinas, rezando por las almas de los muertos que encuentra en su camino y sube por una montaña escarpada, en cuya cima hay una cruz a cuyos pies es asesinado. Wojtyla, a la luz de lo que sucedió, estaba convencido de que la visión tenía las características de una auténtica «profecía». Y, con el pasar del tiempo, su convicción se fue fortificando hasta convertirse en «certeza». Es lícito pensar que tuviera, por parte de sor Lucía, otras informaciones y aclaraciones que no conocemos. En el año 2000, 19 años después del atentado, Juan Pablo II estaba tan seguro de su convicción que quiso darla a conocer al mundo entero. Lo que se hizo realidad en Fátima, al final de la ceremonia de beatificación de Francisco y Jacinta, mediante un discurso del cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado vaticano, ante más de un millón de peregrinos, e incontables millones de fieles conectados por televisión en directo. También la voluntad de Wojtyla de hacer pública su convicción es un argumento lleno de significado. | ||||
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