![]() |
|
|
Benedicto XVI participó en el Rosario, que terminó justo a las 21.37 horas en una Plaza de San Pedro desbordante de peregrinos con velas encendidas, banderas y pancartas. Benedicto XVI se refería a su predecesor como "nuestro amado Papa" y le pidió "que nos ayude desde el cielo a continuar nuestro camino". Recordó también que "su enfermedad, afrontada con valentía, nos ha vuelto a todos más atentos al dolor humano, a todo dolor físico y espiritual". Juan Pablo II nos enseñó a cada uno que "el encuentro con Cristo hace nuestra vida más apasionante". En el Ángelus A mediodía, en el encuentro del Ángelus, Benedicto XVI había recordado las últimas jornadas de su predecesor, especialmente "aquella bendición "Urbi et Orbi" del Domingo de Pascua en que no pudo pronunciar las palabras, y que impartió sólo con un gesto de la mano. Ha sido la bendición más dolorosa y conmovedora, que nos ha dejado como testimonio extremo de la voluntad de cumplir su ministerio hasta el final". Como había hecho ya en la homilía del funeral por Juan Pablo II, cuando era tan sólo decano del Colegio Cardenalicio, Joseph Ratzinger confirmó ayer de nuevo la santidad de su predecesor con la expresión "a un año de su pasaje de la tierra a la casa del Padre...", en la que recogía delicadamente las últimas palabras de Karol Wojtyla: "Dejadme ir a la casa del Padre". Benedicto XVI señaló que "su herencia es inmensa, pero el mensaje de su larguísimo Pontificado se puede resumir en las palabras con que lo inauguró, aquí en la Plaza de San Pedro, el 22 de octubre de 1978: "Abrid de par en par las puertas a Cristo". Palabras que yo continúo escuchando como si hubiese sido hoy". Sus viajes por todo el mundo y su intenso ministerio en Roma -donde recibió mas de cincuenta millones de peregrinos en vida- fueron un único y gigantesco esfuerzo para que las almas y las sociedades abriesen "de par en par las puertas a Cristo". Con voz casi temblorosa, el Santo Padre recordó también que "a lo largo de los últimos años, el Señor lo fue despojando gradualmente de todo, para asimilarlo plenamente a Él. Y cuando ya no podía viajar, y después tampoco caminar, y finalmente ni siquiera hablar, su gesto y su anuncio se redujeron a lo esencial: el don de sí mismo hasta el final". El regreso de los recuerdos La emoción de Benedicto XVI era comprensible pues hablaba desde la ventana de su estudio, contigua a la de su habitación, que antes era la de Juan Pablo II, y en la que se despidió de su predecesor pocas horas antes de su muerte. A medida que avanzaba el día, los recuerdos de aquel 2 de abril del 2005 volvían, a borbotones, al corazón de todos los que lo vivieron de cerca. Incluso las palomas que revoloteaban sobre la Plaza de San Pedro parecían las mismas. Tan sólo las estructuras metálicas, levantadas en el atrio de la basílica para la misa que Benedicto XVI celebrará hoy a las cinco y media de la tarde, eran distintas del paisaje de hace un año. Aquel tristísimo atardecer del 2005 ya no estaban en la plaza ni el altar del Papa ni el baldaquino metálico, pues el final era inminente. Estaba, en cambio, al caer de la noche, una muchedumbre de fieles, sobre todo jóvenes, con la mirada puesta en la ventana de la habitación del Papa. Si hace un año los fieles rezaban con el alma en un puño, anoche predominaban la nostalgia y el agradecimiento. Los corazones parecían haberse dilatado, pues al cariño por Juan Pablo II, cada vez más maduro, se añade el cariño por Benedicto XVI: es como si hubiese dos Papas en lugar de uno. El momento del relevo En realidad ha pasado ya un año, pero el encuentro de anoche, con todas las miradas en aquella misma ventana, a la que ahora se asomaba otro rostro, parecía el momento del relevo en una carrera. Era como si el "Atleta de Dios" estuviese de nuevo pasando la antorcha al "Papa catequista", volcado en explicar al mundo entero que "Dios es amor". | ||||
|
Recibir NOVEDADES FLUVIUM |