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| El texto |
No resulta nada fácil caracterizar los ejes fundamentales de la primera encíclica de Benito XVI, Deus caritas est. Se podría calificar, a priori, como un sobrio ejercicio de meditación sobre el amor, pero también como una bella disertación elaborada por un sabio Herr Professor. En cualquier caso, estamos frente a un texto extraordinariamente sólido, fruto de una perspicaz especulación teológica. El texto, relativamente breve (cincuenta páginas), aborda uno de los temas esenciales de la fe cristiana: la naturaleza de Dios, a partir del conocido versículo de la Primera Carta de Juan que da título a la citada encíclica. Se trata de un texto formalmente denso, poco pastoral; en ocasiones sorprendente y nada previsible, donde se hace eco de algunos de los hitos más representativos del pensamiento clásico, moderno y contemporáneo. Se alude a Virgilio, Descartes, Gassendi y al mismísimo enfant terrible de la teología, Friederich Nietzsche. | |
| "Eros" y "Agapé" |
La primera parte contiene la tesis fundamental. La segunda se deriva de aquélla y, de facto, es una extensión de la misma. La sutileza intelectual y lo que Blaise Pascal denominó el espíritu de finura se pone de relieve en la primera parte. En ella, se aborda el concepto de amor y se desarrolla una intensa y extensa excursión etimológica por el sentido de la palabra griega eros (deseo) que históricamente se ha confrontado a la palabra, también griega, ágape (don) que también significa amor, a aunque en un sentido distinto. La palabra ágape, que es la se utiliza para definir la naturaleza de Dios, fue traducida en la versión latina de la Biblia como caritas y expresa el amor entendido como capacidad de darse al otro. El ágape significa, pues, descentramiento, desposesión y apertura. Dios, en la concepción cristiana, se ofrece al hombre para revelarle la Verdad, el itinerario de salvación. Hasta aquí, la encíclica no presenta ningún elemento significativamente diferencial a lo ya expresado por los grandes teólogos del siglo XX. La novedad radica en el modo de abordar el concepto de eros (deseo) y en cómo restituye esta noción en el seno del lenguaje cristiano. Eros se ha relacionado históricamente con el deseo de posesión, también se le ha dado un sentido crasamente sexual (el eros freudiano). Ha adquirido, por ello, un valor negativo y ha sido interpretado como pura expresión del ego. A pesar de ello, el eros, tal y como sostiene el Papa, se refiere, originariamente, al deseo de Bondad, de Belleza, de Unidad y de Bien y designa una fuerza que trasciende la mera pulsión sexual y eleva al ser humano a una dimensión que le trasciende. | |
| La metamorfosis del amor |
Ratzinger sostiene que el ser humano es capaz de llevar a cabo la metamorfosis de eros en ágape. El deseo, en sí mismo, no es negativo, sino constitutivo del ser humano, pero puede ser educado por el Dios que habla dentro. El buen samaritano es el paradigma de este movimiento extático, de esta capacidad de darse con benevolencia. Libertad es, en este sentido, liberación. Es el atributo de una vida que se libera del ego, que se regula por el ágape. Un texto, el de esta primera encíclica, que pertenece, de hecho, al género académico. El Herr Professor que está latente en el alma de Benito XVI aflora de nuevo a la superficie, porque configura su misma identidad personal. El eros, entendido como amor que impulsa al ser humano a obrar el bien y a estremecerse frente al dolor del otro es, según Benito XVI, el mismo Dios-Amor que misteriosamente, discretamente, se revela en el corazón de todo hombre y de toda mujer. Quien ama de ese modo, ya conoce a Dios. Más aún, Dios vive en él, porque actúa a través de sus obras, palabras y silencios. Un texto, el de Ratzinger, que dará que pensar y no sólo a los cristianos, también a quiénes, sin saber por qué, experimentan el deseo de darse, de abrirse generosamente al otro, de transformar su eros en ágape. | |
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