Dar la nota
Ignacio Uría
Diario de Burgos
Convicciones y claridad

        Hay veces que la humildad está en hablar claro. Ya sé que suena raro, pero cada Diciembre me reafirma esta idea. Hay que hablar sin miedo porque el que calla bendice. Así que enseñe la patita por debajo de la puerta y no tema decir lo que piensa. También sobre la Navidad. En esto hay que aprender de otros, que no tienen pudor para demostrar sus desvaríos. Así que voy a reflexionar en voz alta y dar la nota, pero no me lo tenga en cuenta. A estas alturas del año cualquiera se despacha con sus ocurrencias.

        Mi primera víctima es el barrigudo de Papá Noel, que ojalá que se atasque en una chimenea. Por mí como si a Rudolph -ese reno suyo con nombre de gay neoyorquino- le diagnostican lengua azul y no vuelve. Los míos son los Reyes Magos. Los de toda la vida: Melchor, Gaspar y Baltasar que, además de regios, son una alianza de civilizaciones en camello. Vienen de Oriente, cargados de regalos y, encima, uno de ellos es negro. ¿Quién se resiste a tal perfección?

        También detesto a los defensores de la corrección política. Los mismos que me mandan una postal absurda con rayas de colores y confusos deseos de igualdad y vitamina C para todos. Los mismos -siempre son los mismos- que se despiden con un "Felices Fiestas" por no decir "Feliz Navidad". Para mí la verdadera "Fiesta" es con pablorromeros en San Isidro o miuras Estafeta arriba. Lo que tenemos en puertas -si me permite recordarlo- es el nacimiento del Hijo de Dios. Por eso me privan las felicitaciones con su Misterio reglamentario. A saber: la Sagrada Familia en el portal de Belén escoltada por la mula y el buey. Las cosas claras, por favor. No vaya a ser que la misma postal que me mandan por Navidad sirva para saludar el Año Nuevo chino, la Januca judía o el Primero de Mayo en Cuba.

Navidades con sentido Quiero también belenes en las parroquias, que son lo más didáctico que ha parido la Iglesia en los últimos siglos. Así puedo llevar a los críos y enseñarles quién es quién. Herodes en su castillo, los pastores con su morral o el arcángel san Gabriel dando unas primicias que ya querría Pedrojota Ramírez para su mundo. Pero sobre todo quiero mostrarles a Dios escondido en el sagrario. De este modo podremos saludar primero al Señor de la casa y luego irnos derechitos a ver al Niño entre pajas.

        El acabose sería recuperar los villancicos de siempre, ya los cante Bing Crosby o el coro de San Zadornil. Me da igual el "White Christmas" que el "Adeste fideles". Lo que detesto es esa música New Age blandita y sin alma que recuerda al hilo musical del dentista. Por tanto ¿New Age? No, gracias. Yo voto por los villancicos folclóricos con la suegra y la zambomba, que son artefactos similares. Y recuerde que si falta alguien a su mesa lo mejor es rezar por él y llorar un poco si tiene que llorar. Pero no ponerse mustio y echarle la culpa a la Navidad. Ni compensa ni sería justo. No vaya a ser usted de los que siempre se queja de los cuñados y, acto seguido, se deprime cuando se le muere alguno.

        Las verdaderas navidades, en fin, se pasan con la familia en casa y comiendo el día de Navidad lo que sobró la Nochebuena, que es una noche preciosa si se espera con el alma alicatada para que llegue Dios. Es decir, Misa de Gallo incluida. Porque le aseguro que, por mucha gripe aviar que haya, el gallo de esa misa cantará el 24 de diciembre como todos los años.