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Dos son los motivos convergentes: sobre todo, el hecho de que este mes de octubre se concluye el Año Eucarístico convocado por Juan Pablo II. Me parece una buena iniciativa ofrecer a quienes «pasan» por el centro de Roma la posibilidad de visitar y gustar una muestra sobre los milagros eucarísticos que, a través de varios siglos, han tenido lugar en distintos países. Además hemos contado con la amable disponibilidad de Antonia Salzano Acutis, que ha ofrecido los paneles fotográficos expuestos en las salas subterráneas del Centro San Carlos, y en la cripta de la Basílica de San Carlos.
Se trata de un hecho extraordinario, referente al misterio de la Eucaristía. Precisamente porque ha sido reconocido como un hecho extraordinario, no encuentra explicación en hechos y razonamientos científicos, va más allá de la razón humana, e interpela al hombre urgiéndole a «ir más allá» de lo sensible, de lo visible y humano.
Es una interesante y loable iniciativa, cuyo fin principal es el de ayudar al lector a redescubrir el carácter de misterio, la belleza y la riqueza de la Eucaristía, que, como dice el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, aprobado y publicado en junio pasado por Benedicto XVI, «es fuente y cumbre de toda la vida cristiana. En la Eucaristía, llegan a su cima la acción santificante de Dios y nuestro culto por Él. Contiene todo el bien espiritual de la Iglesia: el mismo Cristo, nuestra Pascua. La comunión de la vida divina y la unidad del Pueblo de Dios son expresadas y producidas por la Eucaristía. Mediante la celebración eucarística, nos unimos ya a la liturgia del Cielo y anticipamos la vida eterna» (n. 274).
Hay que recordar sobre todo que nuestra fe en la Eucaristía no se funda en los milagros eucarísticos, sino en Cristo Señor, que durante su predicación preanunció la Eucaristía y luego la instituyó, celebrando con sus apóstoles la Ultima Cena, el Jueves Santo, antes de su Pasión y Muerte del Viernes Santo. Desde entonces, la Iglesia, fiel al mandato del Señor: «Haced esto en memoria mía» (1 Cor 11, 24), ha celebrado siempre con fe y devoción la Eucaristía, sobre todo el domingo, día de la resurrección de Jesús, y seguirá haciéndolo «hasta que Él venga» (1 Cor 11, 26). Los milagros eucarísticos pueden ayudar a conocer y a vivir esta fe, que tiene su centro en Cristo Jesús.
Es verdad que el milagro más importante y llamativo es el que sucede, cada vez que se celebra la Eucaristía, en la que Jesucristo se hace presente, como dice el Compendio (n. 282): «en modo único e incomparable. Está presente verdaderamente, realmente, sustancialmente: con su Cuerpo y su Sangre, con su Alma y su Divinidad. En ella está por tanto presente en modo sacramental, es decir, bajo las especies del pan y del vino, Cristo todo entero: Dios y hombre». Y en el hacer presente y actual su sacrificio en la Cruz, se hace nuestro alimento y bebida, con su Cuerpo y su Sangre, uniéndonos a sí mismo y entre nosotros, haciéndose nuestro viático en la peregrinación terrena hacia la patria eterna. Este es el misterioso milagro por excelencia, que estamos invitados a celebrar sobre todo cada domingo, en la comunidad eclesial, partiendo el único pan, que como afirma san Ignacio de Antioquía, es «medicina de inmortalidad, antídoto para no morir sino para vivir en Jesucristo para siempre». | |
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