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| La molesta verdad |
Ratzinger ha cometido un gran pecado: el de hablar siempre con claridad y, para más inri, dejar por escrito sus pensamientos, para que consten sobre la doctrina de la Iglesia. Algo que escandaliza a algunos curas y monjas que buscan casar el Evangelio con las ideologías más mundanas y antievangélicas, que viene a ser como emparejar a un calcetín con una olla exprés. Lo de proponer y defender unos planteamientos sólidos con argumentos es algo que la retroprogresía de salón, caviar y canapé no puede tolerar. No en vano, los retroprogresistas eclesiales son tolerantes con todo, excepto con los que no toleran todo. No existe ningún pecado, salvo el de decir que existe el pecado, y en eso, Benedicto XVI ha sido un pecador de primera. De ahí que le hayan intentado colgar en innumerables ocasiones el sambenito de "fundamentalista" y de "cerrado al diálogo". "La más grave intolerancia es la exclusión de la verdad", les ha respondido el nuevo Pontífice con paciencia en innumerables ocasiones. Apenas se había asomado el Papa alemán al balcón de San Pedro y era ovacionado por decenas de miles de personas que saltaban y se abrazaban para celebrar el nombramiento, la retroprogresía no podía contener su bilis y la escupía contra el nuevo Pontífice. Que hayan nombrado Obispo de Roma a Joseph Ratzinger es, para Hans Küng y compañeros teólogos, como echarle un cubo de agua a un gato. Sus quejas, pataleos y protestas se ahogaron con las primeras palabras de Benedicto XVI: "Después del gran Papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un simple, humilde trabajador de la viña del Señor". Otro cubo de agua al felino. | |
| Una persona sencilla |
Boina y maletas. Podrían parecer palabras preñadas de retórica de quien se quiere ganar el favor del pueblo. Pero los que le conocen bien dan fe de su sencillez, cercanía y humildad. "Es un hombre muy sencillo, abierto y humilde; vive en la pobreza, y en absoluto responde al cliché que algún sector ideológico ha pretendido dar de él en España", comentaba ayer el sacerdote valenciano Alejandro Cifres, director del Archivo de la Congregación para la Doctrina de la Fe y que ha trabajado codo con codo con Ratzinger durante diez años. "Nunca ha querido tener personal a su servicio, y venía andando siempre a su despacho aunque, ante la gran cantidad de gente que le paraba en los últimos meses, se vio obligado a aceptar los servicios de un veterano chófer del Vaticano", añadió. Y el sacerdote ponía la guinda: "Me atrevería a decir que, como persona, es una de las más humildes del Vaticano y, cuando tiene que viajar, lleva boina como buen bávaro y se hace él mismo las maletas". Su propia vivienda en el Vaticano "ha sido un apartamento muy austero y sobrio, que ni está siquiera al nivel mínimo que correspondería a un cardenal". Yo mismo tuve la oportunidad de comprobar su sencillez en Murcia. Fue en el año 2002, cuando visitó la Universidad Católica de San Antonio. Paseó el cardenal por el magnífico claustro del antiguo monasterio de los Jerónimos, saludando a los estudiantes, charlando con los profesores, recordando quizás su añorada etapa de maestro en las universidades de Bonn, Munster, Tubinga y Ratisbona. Posteriormente pasó al despacho del presidente, José Luis Mendoza, quien le tenía preparada una sorpresa: sus 14 hijos puestos en fila, de mayor a menor; alguno, que apenas era un bebé, sostenido por sus hermanos mayores. Casi parecía una secuencia de "Sonrisas y lágrimas". Saludó uno por uno, sin prisas, acariciándoles, sonriéndoles y dándoles la bendición. Felicitó a la madre, que bien merecida tenía la felicitación. Al día siguiente, visitó Caravaca de la Cruz. El pueblo se había engalanado para recibir al purpurado, que celebró una misa frente al célebre santuario que alberga el "lignum crucis". Llevaba la homilía perfectamente preparada y redactada: se había tomado la molestia de emplear varias horas en confeccionar su predicación. | |
| Así están las cosas |
Ayer, algunos religiosos que acudieron a los platós de televisión señalaron que "con Juan Pablo II se habían vaciado las iglesias, pero que se habían llenado las plazas de allí por donde pasaba". Con Ratzinger, vaticinaban, se acabarían vaciando incluso las plazas. La de Caravaca, sin embargo, la llenó, y eso que "sólo" era cardenal. Ya están de vuelta los profetas de desventuras. Otro fraile, habitual en los programas de corazón (¿qué demonios hará un fraile hablando de Yola, Dinio y Rociíto?), decía que los jóvenes abandonaban la Iglesia; que él daba catequesis de primera comunión y que, tras recibirla, a los niños no volvían a verles el pelo, y que Ratzinger no iba a ser capaz de solucionar ese problema. Hombre, Ratzinger no sé, pero ese curilla podría hacer más amenas sus catequesis, que deben de ser un ladrillo. Escandaliza la falta de fe de algunos sacerdotes y hombres de Iglesia. Los menos, gracias a Dios. Escandaliza su visión tan ramplonamente humana del Papado, como si Dios pintara poco en todo esto. Escandalizan sus complejos, devaneos y medias tintas. Escandaliza y apena su ceguera. Yo vaticino plazas llenas y millones de jóvenes que tomarán Colonia en agosto para aclamar a Benedicto XVI. Y al curilla de las catequesis, le auguro más clases vacías y niños dormidos. | |
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