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| No sabía de prejuicios |
Su grandeza se expresaba también en la imposibilidad de clasificarlo según los esquemas habituales. Por expresarnos en un lenguaje político, tan equívoco en la dimensión religiosa: ¿Un Papa progresista, abierto? ¿O conservador, tradicionalista? ¿De "derecha" o de "izquierdas"? Ambas cosas, diremos, si se nos obliga a responder. Y en esta "duplicidad" está uno de los secretos de un pontificado extraordinario. En "política exterior" (para seguir utilizando términos de la sociedad civil), en sus relaciones con el mundo laico, con las otras religiones, con las diversas confesiones cristianas, Juan Pablo II ha sido tan abierto, con tal voluntad de diálogo que ha suscitado críticas y refunfuños entre aquellos que, en la Iglesia, veían incluso algo blasfemo en reuniones ecuménicas como la de Asís y otras de ese género. Fue el primer pontífice que entró en una sinagoga, el primero en una mezquita; el Papa que no ha dudado en visitar todo tipo de regímenes políticos (de la Cuba de Castro al Chile de los generales, el Sudán culpable de genocidio de los cristianos, el México del laicismo de Estado, la Turquía que margina a los católicos), anunciando a todos el mismo mensaje de perdón y reconciliación. Temerario hasta abrir los brazos a todo hombre, cualquiera que fuese su fe o su incredulidad. Su diálogo, llevado a los extremos, no ponía en peligro la identidad católica, gracias a una "política interior" de reafirmación, a menudo de reconstrucción, de la doctrina de siempre. | |
| Pero sabía mucho de fidelidad | Se
diga lo que se diga, el Vaticano II ha sido la constante estrella polar
hacia la que el Papa ha orientado el gobierno de la Iglesia. Todo ha
sido renovado por él a la luz de aquel Concilio en el que fue
uno de los protagonistas más activos y entusiastas. Siempre con
la conciencia de que aquel gran evento no era una fractura sino una
profundización, no el descubrimiento de novedades inauditas sino
el redescubrimiento de la actualidad de la antigua Tradición.
"Nova et vetera", cosas nuevas y cosas antiguas, por
decirlo con palabras del Evangelio. Beatificando el mismo día
a Pío IX, el Papa del Vaticano I, y a Juan XXIII, el Papa del
Vaticano II, Karol Wojtyla ha dado un signo fuerte (malentendido por
muchos) de la continuidad de la Iglesia que ha inspirado su pontificado.
El Catecismo Universal que impulsó tenazmente es a la vez antiguo
y nuevo: no solo el dogma, sino también las tradiciones y las
devociones son ahí confirmados, dentro de un espíritu
completamente conciliar.
En suma, diálogo con el exterior y ortodoxia en el interior, libertad de los hijos de Dios y disciplina de católicos obedientes, apertura a todos y vigilancia en la doctrina. En esta síntesis radica, a mi juicio, la grandeza y la fecundidad de un pontificado que, justo por esto, parece inclasificable, si no contradictorio, a quien no advierta una "ambigüedad" querida y buscada con un lúcido diseño. | |
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