Una magistral página de Chesterton.
El alma joven del cristianismo
Ediciones Cristiandad ha publicado recientemente, bajo el título El hombre eterno, el libro de G.R. Chesterton The everlasting man. De la Introducción y de la conclusión del libro, por gentileza de la editorial, que sinceramente agradecemos, ofrecemos algunos párrafos de tanta significación como actualidad.
Algunas quejas y su fundamento

        La mejor perspectiva para un hombre que forma parte del cristianismo es la de hallarse precisamente fuera de él. Y resulta curioso que los críticos más habituales del cristianismo no se encuentren precisamente fuera de él. Su situación es francamente controvertida, en todos los sentidos de la palabra. Son dudosos en sus mismas dudas. Su crítica adopta un tono inquisitorial, con la carencia de oportunidad, falta de luces que caracterizan al impertinente, creando, de esta forma, tópicos generales y anticlericales que acaban convertidos en sal para todos los platos. Se quejarán de que los sacerdotes se vistan como tales, como si la gente fuera más libre si toda la policía vistiera de paisano. Se molestarán porque un sermón no se pueda interrumpir, calificando el púlpito de reducto de cobardes, pero no se atreverán a emplear el mismo calificativo para referirse al despacho de un redactor editorial.

        Hay periodistas que escriben cartas y artículos tediosos e insustanciales comentando por qué las iglesias se encuentran vacías. Pero ni siquiera se dignan comprobar si realmente lo están, o cuáles se ajustan a sus críticas. (…) Se revolverán y acusarán a la Iglesia de no haber impedido la guerra, cosa que ni ellos mismos intentaron impedir. La Iglesia se ve justificada, no por el hecho de que sus hijos no pequen, sino precisamente porque lo hacen.

        El cristiano escasamente formado, gradualmente, se convierte en agnóstico agresivo, para terminar en una animadversión de la que nunca entendió el principio; frustrado por una especie de heredado aburrimiento hacia no se sabe qué, y cansado ya de oír lo que nunca ha escuchado. (...)

El único problema         Lo que desconcierta al mundo, a sus sabios filósofos e imaginativos poetas paganos, respecto a los sacerdotes y personas que forman parte de la Iglesia católica, es que todavía se comportan como si fueran mensajeros. Un mensajero no se para a considerar o discutir cuál podría ser el sentido de su mensaje; lo entrega tal cual es. No se trata de una teoría o de una suposición, sino de un hecho. (...) El ímpetu de los mensajeros del Evangelio aumenta mientras corren a extender su mensaje. Siglos después, todavía hablan como si algo acabara de suceder. No han perdido la frescura y el ímpetu. Sus ojos apenas han perdido la fuerza de los que fueron auténticos testigos. Es más novedoso en espíritu que las más recientes escuelas de pensamiento, y se encuentra, casi con toda seguridad, a las puertas de nuevos triunfos. Estos hombres sirven a una Madre que parece hacerse más hermosa a medida que surgen nuevas generaciones, y la llaman bendita. Muchas veces nos dará la impresión de que la Iglesia se hace más joven a medida que el mundo envejece.
Todo un enigma

        Ésta es la última prueba del milagro: que algo tan sobrenatural se haya convertido en algo tan natural. Quiero decir que algo tan único visto desde fuera, pueda parecer universal sólo visto desde dentro. Pero la mente del creyente no siente vértigo; es la de los no creyentes la que lo padece. El misterio está en cómo algo tan sorprendente puede ser tan desafiante y dogmático y, sin embargo, convertirse en algo perfectamente normal y natural.

        No me cabe en la cabeza cómo una torre tan frágil podría permanecer tanto tiempo en pie sin un fundamento firme. Y, aún menos, cómo pudo convertirse, cómo se convirtió, de hecho, en el hogar del hombre. La mente católica es la única que permanece intacta frente a la desintegración del mundo. Si fuera un error, no hubiera podido durar más que un día. Si se tratara de un mero éxtasis, no podría aguantar más de una hora. Sin embargo, ha aguantado dos mil años, y el mundo, a su sombra, se ha hecho más lúcido, más equilibrado, más razonable en sus esperanzas, más sano en sus instintos, más gracioso y alegre ante el destino y la muerte, que todo el mundo que no se acoge a ella. Pues fue el alma del cristianismo lo que emanó del increíble Cristo, y el alma del cristianismo era sentido común. Aunque no nos atreviéramos a mirar Su rostro, podríamos contemplar Sus frutos, y por Sus frutos lo conoceríamos.