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El libro no es sólo sobre el dogma de la Inmaculada Concepción. Ha sido publicado para celebrar el 150 aniversario de la definición del mismo por el beato Pío IX, pero he tratado de ofrecer un claro y estructurado panorama de teología y doctrina sobre María, desde una perspectiva histórica. Estoy convencido de que el fundamento de una devoción fructífera a la Madre de Dios se funda en la Escritura y la Tradición. El libro se ha publicado hace dos meses pero ahora es presentado oficialmente.
En 1849, el beato Pío IX consultó a los obispos sobre la fe de la Iglesia respecto a la doctrina de la Inmaculada Concepción, y acerca de si una definición dogmática a este respecto sería oportuna. La respuesta fue afirmativa en ambos casos, y por ello el 8 de diciembre de 1854, el beato Pío IX, definió solemnemente la doctrina de la Inmaculada Concepción. El Papa proclamó una doctrina que ya era objeto de fe por parte la Iglesia, de una u otra forma, desde los primeros tiempos.
La dificultad reside en el mundo moderno, y en el hecho de que ha heredado muchas filosofías falsas e incompletas. De hecho, el Misterio de María ilustra y revela no sólo el Misterio de Cristo sino también los profundos anhelos y aspiraciones de la existencia humana. El hecho de su inmaculada concepción y vida sin pecado, por ejemplo, nos muestra que realmente el Dios de la salvación tiene un impacto, desde el momento en que la preservó del pecado. Ella es un rayo de luz en un mundo oscurecido. La definición de la Asunción de María tuvo lugar en 1950, y esto fue de gran significado histórico. Tuvo lugar en medio de un siglo en el que el carácter sagrado del cuerpo humano fue negado teórica y prácticamente desde muchos aspectos. En la primera mitad del siglo XX, fue negado por los regímenes totalitarios nazi y marxista que, de la teoría pasaron a la práctica de realizar una carnicería en los «gulags» y campos de concentración. En la segunda mitad del siglo XX, el asalto al carácter sagrado del cuerpo humano dio un paso más hacia el exterminio de un número incalculable de personas, mediante el aborto y la eutanasia, y también a través de la carrera de experimentos sacrílegos en embriones, sin contar con lo que puede hacer la ingeniería genética y los intentos de clonación del ser humano. Todo esto se compensa con la afirmación de la Iglesia de que Nuestra Señora fue asunta, en cuerpo y alma, a la gloria del cielo. La Iglesia, que cree en la resurrección del cuerpo, cree que este mismo cuerpo ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, y está llamado a un destino sobrenatural en Cristo.
He tratado a menudo en este trabajo cuestiones ecuménicas concernientes a Nuestra Señora. Mientras se da un acuerdo considerable entre católicos y ortodoxos en temas de Mariología, es una alegría ver que, también en círculos reformados, está aumentando el aprecio de María. Un teólogo reformado, citado en el capítulo séptimo, John Macquarrie escribe: «María ha venido a simbolizar la perfecta armonía entre lo divino y la respuesta humana, de modo que es ella quien da significado a la expresión Corredentora» (J. Macquarrie, «Mary for All Christians», Londres, Collins, 1990). | ||
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