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Creo que el sufrimiento del Papa ha subrayado el carácter evangélico de su pontificado. Quizá la frase más sabia sobre Juan Pablo II la escribió en el día en que tomó posesión de la Cátedra de Pedro el periodista francés André Frossard, quien desde su cotidiano parisino afirmaba: «No es un Papa de Polonia, es un Papa de Galilea». El mundo está testimoniando ahora que este «Papa de Galilea» no guía la Iglesia desde un trono, sino por el camino de la cruz, del Calvario. Al invitar a la Iglesia y al mundo a recorrer el «Vía Crucis» con él, Karol Wojtyla sigue predicando a Jesucristo hasta el final.
El Papa está enseñando al mundo que no hay seres humanos desechables: cada quien cuenta, e infinitamente, desde el momento de su concepción hasta la muerte natural.
Uno de los más antiguos títulos de los Papas es «servus servorum Dei», es decir, siervo de los siervos de Dios. La Iglesia y el mundo están viendo a un Papa que vive su vida hasta el final, al servicio de las verdades sobre las que ha fundamentado su propia vida. Espero que este testimonio inspire a toda la Iglesia a realizar actos de entrega de uno mismo a los demás.
Le sugeriría que escuchara al Papa, quien en muchas ocasiones ha dicho que renunciará a llevar este fardo cuando Dios se lo quite.
No creo que haya cambiado el punto central sigue siendo la nueva evangelización como respuesta de la Iglesia a la crisis de la civilización mundial de nuestro tiempo, pero quizá podemos decir que ha profundizado en su carácter de espiritualidad. Si la nueva evangelización no se arraiga en la oración, no puede tener éxito. La Iglesia transmite el Evangelio al mundo a través de la experiencia vivificante de la Eucaristía y del ritmo de su oración.
Siempre se han dado las dos dimensiones. El hombre que hoy vemos, el que guía la Iglesia desde el Calvario, es el mismo que desempeñó un papel decisivo en la caída del comunismo europeo. El liderazgo del Papa siempre se ha caracterizado por su rica y compleja vida interior. | ||
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