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María
de Jesús Flores Rodríguez |
| Y parecía impensable e imposible |
Hace diecisiete años, yo era una muchacha más de esas que apuran las horas de la noche entrando y saliendo en la discoteca y en los pubs. Por aquel entonces, Dios no era nadie para mí. La cuestión religiosa dormitaba, sin la más remota sospecha de verse sobresaltada o perturbada, en alguna parte de mí misma. Me sentía bien. La cosa cambió cuando, no sé ni cómo, me vi formando parte de un grupo de jóvenes que semanalmente se reunían en el locutorio del convento de mi pueblo, en torno a una hermana que hablaba y dialogaba con ellas de Dios, de su propia vocación; en definitiva, de temas religiosos. Esos encuentros, sentadas todas alrededor de una pequeña mesa, al calor de un brasero, en la penumbra misteriosa de aquel sitio, comenzaron a inquietarme interiormente. Poco a poco, me iba haciendo consciente de que algo estaba cambiando en mi mundo interior; me experimentaba distinta, aunque no extraña ni rara. Comencé a hacerme preguntas que antes nunca me había planteado. Sentía cierta tensión. Aquello empezaba a ser bastante confuso y los sentimientos aparecían muy contradictorios. Cuando, por fin, pude poner nombre a toda esta movida interior, llegó la decisión: cambiar el locutorio por el claustro, y la visita semanal por la permanencia definitiva. Después, pude darme cuenta de que todo aquello supuso una experiencia configuradora, que hizo que me enraizara en la convicción de que el Señor me llamaba a la aventura de decidir mi vida desde lo contemplativo. | |
| Viviendo con Dios |
La vida contemplativa es encontrarse con Jesús, por el que antes has sido tú misma encontrada, ir tras Él, en lo más simple y cotidiano de la vida, ahondando en ello, reconociendo a Dios incluso en la rutina, en la monotonía de todos los días; contemplarlo no sólo en esos tiempos que dedicamos exclusivamente a la oración, sino en la simplicidad de lo que va aconteciendo, en el rostro de las hermanas, en el trabajo en el obrador, en el estudio y la formación, en la cruz de las limitaciones. Todo esto no es sino un proceso que desemboca en la vida teologal, es decir, en la experiencia única de que Dios vaya siendo más Dios en ti y tú más tú en Él. Hay una manera, o mejor aún, un talante existencial que contribuye a conservar el nivel de aceite con el que la llama de la lámpara contemplativa puede nutrirse y mantenerse encendida: | |
| Cómo es posible la vida contemplativa en el convento |
El silencio, que en ningún caso es ausencia de lenguaje y comunicación. En un clima de silencio, la contemplativa o el contemplativo percibe de manera especial el lamento de la Humanidad que grita su sufrimiento, su angustia, su desvalimiento a causa de las injusticias practicadas de mil maneras por los fuertes, por los poderosos. En el lenguaje del silencio, una se hace capaz de diálogo con la única Palabra nacida del amor de Dios, permitiendo así que su vida sea solamente un eco de ella a través de lo que hace, piensa, dice y siente. La soledad, que no puede ser confundida con una actitud de aislamiento o de inhibición. Se trata de esa soledad habitada por Dios, en la que, misteriosamente, están presentes todos los hombres y mujeres que, sin tener un rostro concreto, sin conocer su dramática existencia, están ahí, junto a ti, y tú junto a ellos. Esto te hace consciente de que la soledad es una gracia que te posibilita estar espiritualmente cerca de quienes geográfica, económica, étnica o culturalmente están lejos. Mirar a Jesucristo sin más gozo que el de mirarlo, y saberse mirada por Él a la manera de una madre que no espera nada de ese niño pequeño que contempla mientras duerme, y que, precisamente porque no espera nada de él, es capaz de darlo todo, de darse entera. Dios me ha hecho un gran regalo, nos ha hecho un gran regalo a todas las contemplativas y contemplativos del mundo: Dios nos ha llamado exclusivamente para permanecer, con todos, en Él. | |
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