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Deal
Hudson, |
Como antiguo ministro baptista que fui, puedo entender la objeción protestante a la confesión (los creyentes de esta confesión tienen un concepto distinto del sacerdocio). Pero que un católico diga esto... es desalentador. Sospecho que, siendo como es la naturaleza humana, a la gente no le gusta ir contando sus pecados a otras personas y, por tanto, se inventan justificaciones para no hacerlo. El Sacramento de la Confesión ha estado con nosotros desde el principio, y viene de las palabras del propio Cristo: "Jesús volvió a decirles, La Paz esté con vosotros. Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros". Y cuando dijo esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quines se los retengáis, les serán retenidos" (Juan 20:21-23). Cabe destacar que Jesús da a sus apóstoles el poder de perdonar los pecados. Naturalmente, no sabrían qué pecados perdonar si no les DECÍAN cuáles eran los pecados en cuestión. La práctica de la confesión también es evidente en la Carta de Santiago: "¿Está enfermo [alguno de vosotros]? Que llame a los presbíteros de la Iglesia para que recen por él y lo unjan con aceite en nombre del Señor. La oración hecha con fe salvará al enfermo, y el Señor lo restablecerá y le serán perdonados los pecados que haya cometido. Confesaos los pecados unos a otros y rezad unos por otros, para que os curéis" (Santiago 5:14-16). Resulta interesante constatar que, en ningún momento, ni Santiago ni Jesús nos dicen que debemos confesar nuestros pecados sólo a Dios. Más bien parece que piensan que el perdón viene a través de algún tipo de confesión pública. Y no es difícil entender por qué. Cuando pecamos, rompemos nuestra relación no sólo con Dios sino también con su Cuerpo, la Iglesia (dado que todos los católicos están interconectados como hijos de un Padre común). Por tanto, cuando pedimos perdón, debemos hacerlo a todas las partes que están involucradas, es decir, Dios y la Iglesia. Pensadlo de esta manera. Imaginad que entráis en una tienda y robáis algo. Más tarde, sentís remordimientos y os arrepentís de ese acto. Ahora podéis rezar a Dios para que os perdone por haber roto su mandamiento. Pero queda otra parte involucrada: Deberéis devolver el objeto y hacer restitución por vuestra acción. Pasa lo mismo con la Iglesia. En el confesonario, el sacerdote representa a Dios y a la Iglesia, ya que nosotros hemos pecado contra ambos. Y cuando él pronuncia las palabras de absolución, nuestro perdón es completo.
Cuando algunas personas piensan en la Ciudad del Vaticano, lo que les viene a la cabeza automáticamente es un reino lleno de riqueza, completado con unos aposentos palaciegos para el Papa y cofres repletos de oro escondidos en cada esquina, sin mencionar la fabulosa colección de arte y artículos de inestimable precio. Si lo vemos de esta manera, es fácil entender que la gente se indigne por lo que consideran una muestra ostentosa y derrochadora de riqueza. Pero la verdad es muy distinta. Aunque los edificios principales se llaman el "Palacio del Vaticano", no fueron construidos para ser los aposentos lujosos del Papa. De hecho, la parte residencial del Vaticano es relativamente pequeña. La mayor parte del Vaticano está consagrada al arte y a la ciencia, a la administración del negocio oficial de la Iglesia y a la gestión del Palacio en general. Unos cuantos oficiales administrativos de la Iglesia viven en el Vaticano con el Papa, lo cual convierte a este lugar más bien en la oficina central de la Iglesia. En cuanto a la impresionante colección de arte, ciertamente una de las más valiosas del mundo, el Vaticano la considera un "tesoro irremplazable", pero no en términos monetarios. El Papa no es el "propietario" de esas obras de arte, y no podría venderlas ni aunque quisiera. Sólo están al cuidado de la Santa Sede. El arte ni siquiera otorga riqueza a la Iglesia. De hecho, es más bien lo contrario. La Santa Sede invierte una parte de sus recursos en el mantenimiento de la colección. La verdad de la cuestión es que la Sede tiene un presupuesto financiero bastante limitado. Entonces, ¿para qué mantener el arte? La respuesta se remonta a una creencia en la misión de la Iglesia (una de tantas) como fuerza civilizadora en el mundo. Así como los monjes medievales transcribieron cuidadosamente los textos antiguos para que estuvieran al alcance de las futuras generaciones (textos que, de cualquier otra forma, se habrían perdido para siempre) la Iglesia sigue velando por las artes para que no sean olvidadas con el tiempo. En nuestra actual cultura de la muerte, donde el término "civilización" sólo puede ser utilizado de forma muy relativa, la misión civilizadora de la Iglesia es más importante que nunca. | ||
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