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El
teólogo José Morales de Navarra aboga por el «La crisis de la Iglesia ha sido una crisis de fidelidad»
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Retrocede sin duda en multitud de personas, debido en parte a una cultura ambiental que valora más los cambios irreflexivos y la impermanencia. Pero no retrocede, en mi opinión, la calidad y la intensidad con que la viven muchos hombres y mujeres, que quieren permanecer fieles a ideales, proyectos de vida, y compromisos personales, éticos y religiosos que merecen absolutamente la pena. Son vínculos adquiridos libremente, que vertebran moralmente su existencia y les hacen más humanos. La fidelidad no alcanza desde luego la implantación general de que gozan hoy en el gran público ideas y objetivos como la paz, la democracia, o, en lo socio-económico, un mercado mundial. Precisamente por eso se trata de un valor muy necesario para la vida individual y social, que debe ser estimulado en todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Hablamos de fidelidad a la propia familia, a los amigos y colegas, al cónyuge, a la patria chica, y a la nación de la que formamos parte. Decir o pensar, por ejemplo, «unidos hasta que el divorcio nos separe», como se oye a veces, no hace mejores o más humanos al hombre y a la mujer.
Para un cristiano resultan esenciales la fidelidad a Dios y a sus mandamientos, a Jesucristo, y a la Iglesia, nuestra madre espiritual. Hemos vivido recientemente décadas en las que la fidelidad a estos misterios de la fe y a lo que significan se ha difuminado seriamente en la conciencia y en la mente de muchos cristianos. Se han derrumbado asimismo la lealtad y la fidelidad a graves compromisos contraídos en el matrimonio, el estado religioso, y el celibato. Puede decirse tal vez que la crisis sufrida por la Iglesia ha sido una crisis de fidelidad por parte de muchos de sus hijos. Es una situación relacionada sin duda con un débil sentido de identidad cristiana. Es hoy muy importante que en la Iglesia se hable y se predique sobre la virtud de la fidelidad cristiana, que engloba otras muchas y nobles lealtades.
La tentación de vanagloria puede existir en cualquier virtud y actitud noble. Pero es menos grave sentir esa tentación, e incluso caer algo en ella, que faltar a la fidelidad. El hombre y la mujer cristianos que son fieles a sus compromisos en medio de dificultades y rodeados a veces de un ambiente hostil o desfavorable, saben que su fidelidad es fruto de su esfuerzo, pero sobre todo de la ayuda de Dios. Conocer esto les servirá eficazmente para vencer la vanagloria, si alguna vez la sienten. Pienso de todas formas que una mujer fiel a su marido, o una madre que se sacrifica por sus hijos, viven su fidelidad de modo tan natural que difícilmente sentirán vanagloria alguna.
Uno puede ser fiel a hábitos indiferentes que le ayudan a vivir, o también a objetos, fines, o proyectos que le merecen adhesión en el plano social, deportivo, político, etc. Se trata entonces de constancia en una comportamiento determinado, que una persona madura y razonable puede adoptar moralmente siempre que no viole la ley de Dios. Hay apegamientos triviales de quita y pon que no merecen el nombre de fidelidad, como ocurre con las modas, el uso de marcas determinadas. Hay otras adhesiones y militancias que corrompen la conciencia, engendran actitudes y acciones criminales, y nunca suponen verdadero ejercicio de fidelidad. Ser fiel al mal no supone fidelidad, salvo casos de locura, obnubilación, o ignorancia invencible.
El curso de una vida fiel se asemeja un tanto a la navegación de un barco. El piloto necesita técnica, ingenio, y cierta capacidad de improvisación fiel para superar las crisis más o menos imprevistas que puedan sobrevenir. En este sentido digo que la fidelidad es un arte. Todas las acciones humanas dignas y coherentes encierran una belleza y un elemento estético. La fidelidad es un arte porque no sólo es verdadera y buena, sino también porque es bella. | ||
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