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"El hombre necesita a Cristo porque tiene deseo del infinito (II)"
ROMA, 17 diciembre 2003 (ZENIT.org) |
--Diría que sí. Es esta una de las novedades esenciales del cristianismo para la historia. Porque hasta Cristo, la identificación de religión y Estado, divinidad y Estado, era casi necesaria para dar una estabilidad al Estado. Después el Islam vuelve a esta identificación entre mundo político y religioso, con el pensamiento de que sólo con el poder político se puede también moralizar la humanidad. En realidad, desde Cristo mismo encontramos inmediatamente la postura contraria: Dios no es de este mundo, no tiene legiones, así lo dice Cristo; Stalin dice que no tiene divisiones. No tiene un poder mundano, atrae a la humanidad hacia sí no con un poder externo, político, militar, sino sólo con el poder de la verdad que convence, del amor que atrae. Él dice: «Atraeré a todos hacia mí». Pero lo dice justamente desde la cruz. Y así crea esta distinción entre emperador y Dios, entre el mundo del emperador al cual conviene lealtad, pero una lealtad crítica, y el mundo de Dios, que es absoluto. Mientras que no es absoluto el Estado.
--Esto es muy importante. Por ello he sido contrario a la teología de la liberación, que de nuevo ha transformado el Evangelio en receta política con la absolutización de una postura para la cual sólo ésta sería la receta para liberar y dar progreso... En realidad, el mundo político es el mundo de nuestra razón práctica donde, con los medios de nuestra razón, debemos encontrar los caminos. Hay que dejar precisamente a la razón humana hallar los medios más adecuados y no absolutizar el Estado. Los Padres han orado por el Estado reconociendo en él la necesidad, su valor, pero no han adorado el Estado: me parece justamente ésta la distinción decisiva.
--Pienso que la visión liberal-democrática no habría podido nacer sin este acontecimiento cristiano que ha dividido los dos mundos, creando así también una nueva libertad. El Estado es importante, se deben obedecer las leyes, pero no es el poder último. La distinción entre el Estado y la realidad divina crea el espacio de una libertad en la que una persona puede también oponerse al Estado. Los mártires son un testimonio para esta limitación del poder absoluto del Estado. Así ha nacido una historia de libertad. Si bien después el pensamiento liberal-democrático ha tomado sus caminos, el origen es precisamente este.
--Es una hipótesis mía, pero me parece que comienza ya a verificarse, porque el puro relativismo que no conoce valores éticos fundamentales y por lo tanto no conoce realmente tampoco un porqué de la vida humana, incluso de la vida política, no es suficiente. Por ello, para un no creyente que no reconoce la trascendencia, persiste este gran deseo de encontrar algo absoluto y un sentido moral de su actuación.
--Diría que sí. Existe siempre esta sed, porque el hombre tiene necesidad de lo absoluto, y si no lo encuentra en Dios lo crea en la historia.
--Esta es la otra cara de la moneda. Primero hemos constatado que la política es el mundo de lo opinable, de lo perfectible, donde se deben buscar con las fuerzas de la razón los caminos mejores, sin absolutizar un partido o una receta. Sin embargo, existe también un campo ético, la política, por ello no puede al final conllevar un relativismo total donde, por ejemplo, matar y crear paz tengan la misma legitimidad. En diversos documentos de nuestra Congregación hemos subrayado este hecho, aún reconociendo totalmente la autonomía política.
--Hemos dicho siempre que ni siquiera la mayoría es la última instancia, la legitimación absoluta de todo, en cuanto que la dictadura de la mayoría sería igualmente peligrosa como las demás dictaduras. Porque podría un día decidir, por ejemplo, que hay una «raza» que hay que excluir para el progreso de la historia, aberración lamentablemente ya vista. Por lo tanto, existen límites también al relativismo político. El límite está trazado por algunos valores éticos fundamentales que son precisamente la condición de este pluralismo. Y son por lo tanto obligatorios también para las mayorías.
--Sustancialmente el Decálogo ofrece en síntesis estas grandes constantes.
--Si uno piensa que el Cristianismo es sólo su propio mundo tradicional, evidentemente percibe así la misión. Pero se ve que no ha entendido la grandeza de esta perla, como dice el Señor, que se le da en la fe. Naturalmente, si fueran sólo tradiciones nuestras, no se podrían llevar a los demás. Si en cambio hemos descubierto, como dice San Juan, el Amor, si hemos descubierto el rostro de Dios, tenemos el deber de contarlo a los demás. No puedo mantener sólo para mí una cosa grande, un amor grande, debo comunicar la Verdad. Naturalmente en el pleno respeto de su libertad, porque la verdad no se impone con otros medios más que con la propia evidencia, y sólo ofreciendo este descubrimiento a los demás mostrando lo que hemos encontrado, el don que tenemos en la mano, que está destinado a todos podemos anunciar bien el Cristianismo, sabiendo que supone el altísimo respeto de la libertad del otro, porque una conversión que no estuviera basada en la convicción interior «he encontrado lo que deseaba» no sería una verdadera conversión.
--Sí, lo he leído y me duele mucho. Es siempre el mismo síntoma, el drama de nuestra conciencia cristiana que está herida, que es insegura de sí. Naturalmente debemos respetar los Estados islámicos, su religión, pero sin embargo pedir también la libertad de conciencia de cuantos quieren hacerse cristianos, y con valor debemos asistir a estas personas, precisamente si estamos convencidos de que han encontrado algo que es la respuesta verdadera. No debemos dejarles solos. Se debe hacer todo lo posible para que puedan, en libertad y con paz, vivir cuanto han hallado en la religión cristiana. |