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WASHINGTON, 11 noviembre 2003 (ZENIT.org) |
Creo que la historia recordará a Juan Pablo II como el gran testigo cristiano de nuestro tiempo. Todo lo que ha hecho para cambiar el mundo y revitalizar la Iglesia nace de este hecho. Está verdaderamente convencido de que Jesucristo es la respuesta a la pregunta que plantea cada vida humana. Esta es la convicción que anima su ministerio como obispo de Roma. Y esta es la convicción que se encuentra detrás de los momentos más dramáticos de su pontificado: el llamamiento «No tengáis miedo» tras haber sido elegido Papa; su épica peregrinación a Polonia en junio de 1979 que cambió el curso de la historia del mundo; sus dos discursos a las Naciones Unidas; la manera en que afrontó a los sandinistas en Nicaragua, en 1983 y a los revoltosos en Chile, en 1987; su peregrinación a Tierra Santa durante el gran Jubileo del año 2000. Esta misma convicción atraviesa como un hilo conductor su enseñanza.
La gran cuestión para la Iglesia católica al final del segundo milenio de su historia ha sido: la Iglesia, ¿puede dar una razón coherente, convincente, comprehensiva de su fe y de su esperanza? Juan Pablo II respondió a esta cuestión en afirmativo: con el Catecismo de la Iglesia Católica, con su propio magisterio, y con su extraordinaria capacidad para dar vida a las convicciones católicas en la historia, como sucedió durante el derrumbe del comunismo europeo. La renovación de la Iglesia y su impacto en el mundo van unidos. No es fácil definir los tres «grandes» logros en este contexto, pero tres éxitos emblemáticos en este contexto son el Catecismo, el viaje polaco de junio de 1979, y el gran Jubileo del año 2000.
El Vaticano II fue un concilió que no ofreció «claves» de interpretación para comprender sus enseñanzas, a diferencia de otros concilios. Otros concilios escribieron credos, legislaron nuevas leyes, condenaron herejías, elementos que constituyen «claves» de interpretación del concilio en cuestión. El Vaticano II no hizo nada de esto. Por tanto, este pontificado ha tenido la tarea de ofrecer esas «claves»: a través del propio magisterio del Papa, y a través del trabajo realizado por varios sínodos de los obispos.
El Papa ha propuesto constantemente a Nuestra Señora como modelo para todo discípulo de Cristo, y creo que éste ha sido su tema mariano más importante. Juan Pablo II parece aceptar la idea de Hans Urs von Balthasar, según la cual, toda vida cristiana está, en cierto sentido, configurada a imagen de María, cuyo «fíat» hace posible la Encarnación y es, por así decir, el inicio de la Iglesia. Juan Pablo II insiste también en que toda auténtica piedad mariana está centrada en Cristo y en la Trinidad. Al igual que en las Bodas de Caná, María indica siempre hacia su hijo: «Haced lo que él os diga»; y dado que su hijo es tanto hijo de María como hijo de Dios, al indicárnoslo nos señala el corazón mismo de la Trinidad.
Seguir proclamando el Evangelio, a imagen de Juan Pablo II; permitir que la Iglesia «digiera» el rico magisterio de este gran pontificado; reflexionar con cuidad en el desafío que plantea el Islamismo y desarrollar la capacidad de distinguir entre el genuino Islam y las fuerzas islámicas radicales y politizadas; idear nuevos lazos entre el testimonio moral del papado y la diplomacia de la Santa Sede.
No creo que el Santo Padre funcione de ese modo. Sus decisiones son fruto de una oración intensa; y pone esas decisiones en manos del Señor; sabe que rendirá cuentas al Señor de su gestión. Así es como ve el pasado, aunque debería añadir que una de las características de este Papa es la de ser un hombre decididamente orientado hacia el futuro. Siempre se ha preguntado: ¿qué es lo que el Espíritu Santo nos está pidiendo ahora? |