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Entrevista
a Giuseppe Lorizio, a diez años de la «Veritatis Splendor»
ROMA, 4 noviembre 2003 (ZENIT.org) |
La motivación no creo que haya que buscarla de manera polémica y crítica en la oposición al relativismo moral sino que, como el mismo titulo sugiere, es ante todo una encíclica fuertemente propositiva, es decir, intenta mostrar cómo el esplendor de la Verdad debe llegar a las mismísimas fibras del actuar moral del hombre y penetrarlo. En este horizonte de verdad y realismo, en un horizonte de una verdad que se da y que resplandece en la creación y en el hombre, es donde se sitúan los temas de lo bueno y lo bello. Se trata de una visión prismática muy interesante, llena de fascinación para la cultura y para el cristianismo de hoy.
Evidentemente no. En el campo de las enseñanzas morales, podemos decir que mientras la «Veritatis splendor» constituye un importante documento de teología moral fundamental, la «Evangelium Vitae» se sitúa en un contexto de moral especial, es decir, de moral aplicada a problemas particulares, pero que de todos modos interpelan los fundamentos del creer y del actuar del creyente. En este sentido y en continuidad con la primera respuesta, podemos decir que las opciones de la Iglesia por la vida, que provienen de su fidelidad a la Palabra de Dios, de la cual la Iglesia misma no es propietaria sino servidora, son fundamentalmente opciones positivas. En este contexto se sitúan los «no» que el Magisterio está llamado a expresar. Estos «no» se fundan en un radical y fundamental «sí» a la vida y al Evangelio.
Propone una visión objetiva de la verdad y de la moral: aquí está el núcleo de la tradición eclesial. Una subjetividad incapaz de acoger la verdad objetiva se expone a derivas que acaban destruyendo al mismo hombre y a lo que tiene de más específico y particular. Diría que propone una orientación, la de «Fides et Ratio» en el número 15, en la que se presenta con decisión la Revelación cristiana, a través de la bella imagen de la estrella. Creo que el contexto de desorientación que hoy caracteriza la cultura y la historia necesitan un mensaje capaz de orientar al hombre en su camino y en sus comportamientos.
Significa que la razón y la voluntad humana
son, de hecho, frágiles. No sólo porque son creadas
y, por lo tanto, limitadas, sino porque están habitadas por
el pecado y heridas por él. La gracia socorre la voluntad y
la razón, potenciándolas y abriéndolas a obrar
la auténtica moral.
Quizá más bien que en la Iglesia, la mentalidad relativista corre el riesgo de penetrar en la teología católica. En este sentido, son oportunas y preciosas las indicaciones del segundo capítulo de la encíclica, en las que el teólogo católico está llamado a acoger las enseñanzas del Magisterio y, si quiere seguir siendo teólogo católico, no lo puede relegar entre otras opiniones más o menos plausibles. Así, la investigación continúa y es deseable, pero encuentra vías por las cuales moverse y proceder para conseguir sus auténticos objetivos.
El mensaje de la «Veritatis Splendor» para la nueva evangelización se puede concretizar centrándose en el horizonte positivo que la encíclica asume. Pienso en particular en el capítulo primero, de matriz bíblica-evangélica con el recurso al episodio del joven rico y su pregunta: «¿qué tengo que hacer?». Se trata de un interrogante al cual la nueva evangelización tiene que responder para orientar a las personas y a los grupos, de manera que el mensaje evangélico no sea percibido ni en clave ideológica ni en clave utópica, sino como auténtica referencia para la búsqueda del bien, de lo bello y de lo veraz que alberga el corazón del ser humano.
El mensaje de la verdad y del bien no son monopolio de los creyentes: se remonta a la naturaleza humana. En este sentido y en este camino, los creyentes y los no creyentes pueden trabajar juntos para descubrir una ética fundada antropológicamente, es decir, sobre una visión del hombre que muestre su auténtica identidad, su verdadero origen y su verdadero fin. Está en juego el hombre y su naturaleza. En tiempos en los cuales abundan tendencias posthumanistas, creemos que es de interés para los no creyentes refundar antropológicamente su moral. En este aspecto, la Iglesia se propone como compañera de viaje de todos los que buscan lo verdadero, lo bello y el bien con corazón sincero. |