La última lección del Papa


Por Guillermo Marcó.LA NACION 6.oct.2003

Extraño: sin miedo a la propia verdad

        Recuerdo que hace casi 12 años, cuando iniciaba mi ministerio sacerdotal, fui llamado para asistir espiritualmente a un enfermo. Con gesto solemne, la esposa me recibió advirtiéndome: "Padre, mi marido tiene cáncer, va a morir, pero él no lo sabe; trate de confortarlo, pero no le diga nada sobre su salud". Acto seguido entré en su habitación, me senté al lado de él y, cuando se retiró su mujer, comenzó a decirme: "Padre, tengo cáncer, me estoy muriendo y mi familia piensa que no lo sé, lo hice llamar porque quiero poner en orden mis cosas con Dios y porque quiero que me hable del cielo". Mis conversaciones con él marcaron mi ministerio, me enseñaron que la muerte no se debe ocultar, que hablar de ella es una necesidad del creyente y prepararse a bien morir es sin duda prepararse para el más importante de los viajes.

        Sin duda la salud del Papa se debilita día tras día. Hay muchas enseñanzas que podemos sacar de este apóstol excepcional que ha elegido declinar activamente ante los ojos del mundo. La sociedad, no lo olvidemos, hace un culto de la juventud, de la salud y de la imagen. Se desecha de los trabajos a la gente cuando pasa los 50 años, se esconde el dolor, se disimula la vejez detrás del lifting, se margina al anciano desechándolo en un geriátrico, cuando no promoviendo la eutanasia.

Y ahora un declive natural         Cuando contemplo al Papa, con una mezcla de ternura y compasión, pienso en ese joven Wojtyla que asumía el papado hace 25 años. Criado en la Polonia comunista, obrero, aficionado al teatro, escritor, poeta y deportista. Siendo seminarista, supo de los rigores de la persecución de tantas familias católicas y judías que marcaron su infancia y adolescencia. Promotor del diálogo ecuménico e interreligioso. Apóstol incansable, ha recorrido más de 1.170.000 km, que equivalen a 29 vueltas al mundo. En sus 102 viajes ha visitado 131 naciones, ha pronunciado 2420 discursos y miles de homilías. Ningún papa en los dos mil años de cristianismo ha cumplido como éste con el mandato evangélico de "anunciar a Cristo hasta los confines de la tierra". Millones lo hemos seguido por televisión.
Con la misma autenticidad hasta el fin

Morir en escena

        Juan Pablo II nos está dando su última lección. Sus piernas ya no caminan, sus labios pronuncian las palabras con dificultad, sus manos se agitan temblorosas. Alrededor de él, por propios y extraños, se elaboran conjeturas sobre su salud, si está mejor o peor. Posiblemente le debe causar gracia leer los titulares de los diarios (debe ser extraño leer sobre la expectativa que abre la propia muerte). Estamos pasando por alto dos cosas fundamentales: el Papa ha de morir, como todos nosotros. El también lo sabe. Prepara su sucesión disponiéndolo todo, pero ha elegido morir en escena. Con las pocas fuerzas que le quedan hace esfuerzos sobrehumanos para cumplir con su deber, para dar testimonio de la dignidad con que se puede afrontar la enfermedad "llevándola a cuestas" como la propia cruz. Sin esconderla, por el contrario, la muestra, se deja ver y fotografiar con ella. Su cuerpo se debilita y su alma se engrandece, y nos engrandece a todos. Como en los tiempos de su Polonia natal, cuando usaba el overol de obrero, ha decidido morir trabajando por la causa de Dios y del prójimo. No sabemos cuándo acontecerá, pero creo que debemos acompañarlo con nuestra oración agradecida por enseñarnos lo que es vivir. El Papa prepara en su interior su último viaje, el más trascendente de su vida. Estará meditando en su corazón la fugacidad de la vida y viviendo la alegría de haber dejado los pedazos de su alma enamorada en el sendero de la historia, la suya y la de la humanidad toda. Contemplar lo que pasa con mirada humana es reducirlo a especulaciones políticas y prácticas sobre la Iglesia. Quien contempla con los ojos de la fe ve cómo él se prepara para el momento más sublime: el retorno a la casa paterna. El viaje que lo llevará a su morada definitiva.

(El autor es director de prensa del Arzobispado de Buenos Aires)