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Francisco Varo |
| Siempre distinto como la Iglesia |
Ayer finalizaron los actos conmemorativos del cuarto de siglo de pontificado de Juan Pablo II. Veinticinco años desde que un joven cardenal polaco, Karol Wojtyla, fue elegido Papa. Aquel 16 de octubre de 1978 los pronósticos de los vaticanistas también fallaron. Mucho se había escrito y conjeturado sobre quiénes lograrían imponerse en el Cónclave, si los purpurados del ala tradicional o los que se esperaba que emprendieran reformas de calado en la línea de lo que se denominaba espíritu del Concilio Vaticano II. Pero el misterio de la Iglesia y la acción del Espíritu Santo no se dejan encasillar fácilmente en esquemas políticos ni de luchas por el poder, que son ajenos a su realidad más profunda. El cardenal de Cracovia no respondía a ningún perfil convencional. Al cabo de un cuarto de siglo, su figura sigue resistiéndose a todo encuadramiento simplista. Un observador superficial podría considerar que hay incoherencias en Juan Pablo II. «Un Papa progresista en lo social pero conservador en lo sexual y lo doctrinal», se ha dicho algunas veces con notoria frivolidad. Pero todo intento de encerrar su pontificado en moldes de izquierdas o derechas, integrismo o progresismo, es jugar con las etiquetas sin contemplar la realidad. |
| En permanente servicio |
En su trabajo como romano Pontífice ha dado muestras de fe recia, valentía, prudencia, cercanía y afecto a todos, y especialmente a las víctimas de la violencia y el abandono, a los pobres, a los enfermos y a los necesitados. Ha padecido personalmente los horrores de la guerra, de la injusticia y de la falta de libertades. Al poco tiempo de ser elegido Papa sufrió en su propia carne las heridas de la violencia irracional que siembra tantos sufrimientos en el mundo. Por eso, apoyado en su propia experiencia, ha sabido ofrecer la respuesta adecuada a la demanda de felicidad del ser humano, que sólo se encuentra de modo radical en la potencia y la sabiduría de Cristo crucificado. Quizá nadie haya defendido los derechos humanos y las libertades de los pueblos con más entereza y coherencia que Juan Pablo II. Es conocida su opción por los pobres y su empeño por una liberación integral de todo tipo de explotación o imposición injusta. Su magisterio en cuestiones morales, tan iluminador, está firmemente arraigado en la certeza de que las realidades esenciales de la vida humana sólo encuentran su último fundamento en Cristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre. Sus enseñanzas doctrinales, a veces sobre temas difíciles y controvertidos, son actos de servicio a la Humanidad, valiosas aportaciones intelectuales a la luz de la fe, que sirven como puntos de referencia para formular juicios según la verdad en medio del temporal ideológico que zarandea un día tras otro las convicciones de tantas personas. |
| Siempre coherente con la verdad |
Ha tomado decisiones que han sido ampliamente alabadas y compartidas desde posiciones políticas y religiosas muy diversas, junto con otras muy contestadas, que requerían temple y coraje a sabiendas de que iban a ser blanco de críticas acerbas. Pero en ningún caso las presiones de los poderes fácticos ni las corrientes contrarias de opinión, por impetuosas que fuesen, lo han doblegado a plegarse a sus exigencias. Cualquier espectador desapasionado constata que, si en las últimas décadas alguien en el mundo ha demostrado su imparcialidad para buscar la justicia en todo tipo de conflictos, atento sólo a la defensa de los derechos humanos, ése es Juan Pablo II. Con motivo de la reciente guerra de Irak, por ejemplo, muchas personas y colectivos clamaron por la paz, y también el Papa con una fuerza inconmovible. Su preocupación por los males derivados de ésa y de todas las guerras no obedece a estrategias políticas ni a mero sentimentalismo, sino que viene exigida por la justicia y el respeto a la dignidad humana. Las víctimas, sean del bando que sean, no son números, grandes o pequeños, son seres humanos. Cuando Juan Pablo II condena la guerra y clama por la paz, es máximamente creíble porque es máximamente coherente con la verdad. Sus declaraciones nunca son ejercicio de oportunismo, sino reflexiones arraigadas en el mensaje del Evangelio. El que ante la guerra, el terrorismo o toda clase de violencia exige el respeto debido a la vida humana de cada una de las personas es el mismo que alza su voz por la vida de todo ser humano desde el primer instante de su ser y condena con energía el aborto. |
| Incontestable autoridad moral |
En el diálogo ecuménico, su actitud de apertura y amor a cada persona, junto con un delicado respeto a la verdad, ha favorecido acercamientos que abren caminos de unidad con otras confesiones cristianas. Por lo que se refiere a sus relaciones con los judíos, tiene un alto valor simbólico su histórica visita a la sinagoga de Roma el 13 de abril de 1986. Entonces los llamó significativamente «nuestros hermanos predilectos y en cierto modo se podría decir que nuestros hermanos mayores». En su visita a Israel y en sus encuentros con representantes judíos en diversos lugares del mundo, el Papa ha reconocido que en el pasado las comunidades cristiana y judía convivieron una al lado de la otra, escribiendo a veces «una historia tormentosa», en algunos casos no exenta de hostilidad y desconfianza. Sin embargo, el documento Nostra aetate del Concilio Vaticano II, la aplicación gradual de las directrices conciliares y los gestos de amistad realizados por unos y otros han contribuido en los últimos años a orientar esas relaciones hacia una comprensión recíproca cada vez mayor. Cuando Juan Pablo II ha pedido una y otra vez, y con especial insistencia en los últimos meses, que el proyecto de Constitución europea reconozca explícitamente las «raíces cristianas» sabe que se trata de un deseo que no es bien recibido por algunos. Insiste porque es consciente de que esa mención constituye una garantía de futuro para que la persona humana y sus derechos inviolables e inalienables ocupen establemente en Europa el lugar primordial que les corresponde. Por encima de ocasionales reacciones de adhesión, y a pesar del rechazo puntual por parte de algunos, que hayan suscitado sus palabras o decisiones, cada vez se refuerza más la opinión mayoritaria entre católicos y no católicos de que Juan Pablo II es el líder espiritual del mundo. Con su actuación coherente, con su servicio a la verdad a lo largo de estos veinticinco años, su autoridad moral se ha hecho incontestable. |