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Confesiones
de su sucesora en la guía de las Misioneras de la Caridad
ROMA, 19 octubre 2003 (ZENIT.org-Avvenire) |
Era marzo de 1958. Toqué a la puerta y una hermana salió a abrirme. Le dije que quería hablar con la Madre Teresa. Al verla, lo primero que me impresionó fueron sus ojos. Pensé: «esta persona no pertenece a la tierra; pertenece al cielo».
Es la confirmación de que la vida que vivió ha sido aprobada por Dios y digna de ser elevada a los altares de los beatos. Además, es motivo de inspiración para todos nosotros: como la Madre, nosotras también podemos ser santas; todos podemos ser santos. En lo alto tenemos alguien a quien mirar, cuyas virtudes son dignas de ser imitadas.
Fue la Madre Teresa quien me dijo que estudiara Derecho. Al llegar a Calcuta, no había terminado los estudios universitarios, me faltaba la especialización. Tras la profesión, tras los primeros votos, la Madre Teresa me dijo que estudiara jurisprudencia. Me licencié, pero no he ejercido. Un día le dije a la Madre: «¿Por qué me ha hecho estudiar Derecho?». Me respondió: «Tú querías estudiar Derecho, pero has venido aquí para verme y has renunciado a tus estudios. Te he restituido aquello a lo que habías renunciado». También me dijo: «Estás ejerciendo el Derecho que has estudiado, pero no en los tribunales de los hombres, sino en el Tribunal Supremo de Dios, el Cielo, aplicando la Ley Suprema: la caridad. De este modo, defendiendo la causa de los pobres entre los pobres ante el Señor, aplicas la ley».
La acción es un fruto de la contemplación. Cuando estamos unidos al Señor en la contemplación, recibimos esa luz y ese amor que necesitamos y que podemos utilizar para servir a los demás.
Cuando la Madre Teresa estaba luchando con la muerte, fui a verla a su habitación, y me dijo: «¡No puedo respirar!». Entonces, pedí ayuda gritando a las demás hermanas: «¡La Madre no puede respirar!». Ellas vinieron y yo salí de la habitación. Luego, al volver a entrar, la Madre se me quedó mirando con una mirada implorante, como diciéndome: «¡Sálvame!». Era como una imploración. ¿Me entiende? Pensé: «Lo primero que me impresionó al conocerla fueron sus ojos; lo último han sido también sus ojos, su mirada. Fue la última vez que nuestras miradas se cruzaron mientras ella vivía.
No un episodio, sino el conjunto. La manera en que atrajo a personas de toda nación, de toda cultura, de todo nivel social. Había muerto, pero estaba más viva que nunca. ¡Reunió a todas esas personas! Fue algo precioso. También me impresionó mucho al gente de Calcuta. La muchedumbre pasaba y pasaba... Al final, cuando regresamos a la Casa Madre, la gente que seguía el cortejo fúnebre gritaba: «¡Madre Teresa, eres inmortal! ¡No te olvidaremos nunca!». Fue conmovedor.
No, ninguna en particular. Su consejo constante era: «cultivad la intimidad con Dios, cultivad vuestra santidad y amaos mutuamente».
Obviamente, si la Madre Teresa estuviera todavía en vida físicamente con nosotros sería más fácil, podría contar siempre con ella. Al mismo tiempo, aunque ya no esté físicamente con nosotras, todas tenemos la certeza de su presencia entre nosotras. Ya no es una presencia física, sino espiritual, podemos recurrir de nuevo a ella, dirigirnos a ella para resolver los problemas. En cierto sentido, puede ayudarnos más ahora que antes. |