Reflexiones de una católica de a pie

María Alcayne 08/05/2003 E-cristians.net

Sucede todo demasiado rápido         Noticias, noticias, noticias, hechos: el Papa, nominado al Premio Nobel de la Paz 2003. Un químico mexicano inventa una sustancia que, mezclada con agua se solidifica, se planta en las raíces y perdura dando la humedad y el agua necesaria a las plantas aun en tiempos de sequía. Una epidemia sorprende al mundo civilizado y paraliza a China. Una enfermera intenta suicidarse en un hospital en cuarentena en Taiwán. Un hombre aparece descuartizado en Getafe. ¿Logrará Irak una democracia en medio de la diversidad cultural y religiosa? ¿Vencerá la civilización al fundamentalismo? ¿O el fundamentalismo seguirá en la Edad Media en pleno Siglo XXI? Batasuna no acalla, vuelve a las andadas, "la misma gata con distinto moño", se planta frente a las elecciones en el País Vasco. La teniente de alcalde de San Sebastián, valiente y luchadora donde las haya, se declara creyente, pero no practicante "por el mal ejemplo recibido de la Iglesia vasca", dice ella. Francisco Umbral llena sus artículos de palabras y de juicios sin documentarse, fundamentalmente en sus ataques directos a la persona de Cristo y al Papa Juan Pablo II.
Y en medio de la confusión...

        Noticias, noticias, noticias, hechos, unas buenas, otras esperanzadoras, muchas más deprimentes. El mundo es así o, más bien, el mundo está así. Y una persona normal como yo, felizmente influenciada y marcada por intentar dar a su vida una visión cristiana del hombre y del mundo, piensa, da vueltas en su cabeza, nunca se angustia, pero sí se preocupa. ¡Señor, dónde vamos! ¡Por qué todo este caos! Y en medio de todo esto, para su sorpresa, se encuentra recientemente, en el diario LA RAZÓN, dos páginas dedicadas a preguntar lo siguiente a personalidades del mundo de la cultura, del espectáculo, de la política y un largo etcétera: "¿En tu opinión el Papa se merece el Premio Nobel de la Paz 2003?".

        Imaginemos que al Papa le conceden el galardón. No le conozco personalmente, aunque he tenido la fortuna de escucharle y verle muy de cerca en muchos momentos de mi vida, pero no dudo que, cuando al Papa le dieran este hipotético premio, en sus adentros pensaría: "vanidad, de vanidades, todo es vanidad y atrapar vientos", o "siervo inútil soy; he hecho lo que tenía que hacer, ni más ni menos". Me refiero a que es curioso cómo de repente medios y personas, católicos o no, empiezan a opinar de este hecho, y sólo por una realidad –que no es aislada en Juan Pablo II–, sólo porque, ante la guerra contra Irak, ha manifestado su oposición de modo claro. Y no dudo de que, con buena intención, algunos medios destaquen la figura de Juan Pablo II como merecedor del Nobel, como católicos o simplemente por un buen sentido objetivo de la realidad.

No confundir el todo con la parte

        Comento todo esto porque me da la impresión de que el mundo se aferra a lo tangible, al reconocimiento, al premio, a lo llamativo, a lo ostentoso y visible, a lo que ve, a lo que le da bienestar y, mientras tanto, huimos y nos invade el pánico ante cualquier hecatombe. Pero muchas veces olvidamos que, al final todos acabamos, ya sabemos dónde.

        ¡Qué poco se escucha o se mencionan las constantes alusiones de Juan Pablo II al sentido de trascendencia en el hombre, a un Dios que es amor y misericordia o a la paz como reflejo de la presencia de Dios en el hombre! Y a este hombre, Juan Pablo II, no deberíamos verle sólo como el "estandarte de la paz frente a la guerra de Irak". Toda su vida ha sido y es un constante reclamo de paz, de justicia y sobre todo de amor. ¿Por qué? Porque está lleno de Dios, y Dios existe.

        Que para los católicos suponga una alegría que nuestro Papa sea nominado o premiado con el Nobel de la Paz, ¡claro que es para sentirse orgulloso! Indudablemente, alguien de la talla espiritual del Papa se iría a las fuentes que le nutren y le dan sabiduría: "has hecho lo que debías hacer".

Algo claramente marcha mal         Tengo una sensación social y espiritual curiosa sobre qué está pasando con España, por un lado, pero en el mundo también. Muchos escritores sufren de oscuridad en su interior y reflejan, con la aparente luminosidad de sus palabras y escritos, que no han conocido esta frase: "vanidad de vanidades, todo es vanidad y atrapar vientos", de Cohélet. Y así sigue la vida, con noticias, noticias, noticias, hechos: Coto Matamoros vende en tiempo record más de 46.000 libros de su última "gran creación": Cómo hacerse famoso o algo así. Tampoco me he detenido demasiado en ello. La telebasura continúa acaparando audiencias, o eso nos dicen. Fidel Castro sigue campando a sus anchas por este planeta. 17 millones de seres humanos mueren al año por enfermedades. Alemania atraviesa una de las peores crisis económicas de su historia. Los argentinos, misterio del ser humano, se obstinan en el "llamado peronismo" que nadie sabe en qué consiste, pero ellos votan. Antonio Gala aprueba la manipulación genética, (no dudo que la clonación) "porque supone el continuo perfeccionamiento de la raza humana" (dice) y le llama a Dios, dios –con minúscula– despistado. El suicidio es la segunda causa de mortalidad de los jóvenes en España. Un matrimonio sano "es suicidado" en Suiza y este hecho es legal. Noticias, noticias, noticias, hechos...
¡Que no!

        ¿Qué nos pasa a los españoles? ¿Qué nos pasa a los católicos de a pie? Tragamos y tragamos: ¿No será que la frase "la vanidad de vanidades, todo es vanidad y atrapar vientos" no nos ha calado lo suficiente? Un sexto sentido de abandono en Dios, de confianza en Dios, de fortaleza y creencia en el modelo de hombre desordenado por naturaleza, pero ordenado por la gracia que nos enseña la Iglesia, es lo que nos hace falta. Este país podría dar un giro hacia gente como Juan Pablo II ("hice lo que tenía que hacer"), y no me vanaglorio por ello. No sé cómo, pero hace falta que nos pongamos en pie, que opinemos, que escribamos, que leamos, que reflexionemos más, que retornemos a nuestro interior, donde habita "el Dulce Huésped del alma". Nos paralizamos cuando nos presentan "lo absurdo como normal": ¡que no nos crucemos de brazos y embobados! ¡Que no, que no y que no!