Lo que más me ha impresionado del Papa

Federico Gómez Pardo www.PiensaunPoco.com

Lo importante que ha declarado         La estancia de Juan Pablo II entre nosotros ha sido un acontecimiento que agota todos los calificativos. Todo en él ha sido impresionante. El mismo viaje en sí, dada la edad y circunstancias personales del Pontífice; las multitudes fuera de toda previsión que ha sido capaz de congregar; los testimonios de fe que ha generado; su propio testimonio vital y su entrega a los demás hasta el agotamiento; su mensaje... Muchas de las cosas que nos ha dicho, son susceptibles de muchos titulares, de editoriales, de comentarios de columnistas y de artículos de fondo. Como la advertencia que nos dio: “Manteneos lejos de toda forma de nacionalismo exasperado, de racismo y de intolerancia. Testimoniad con vuestra vida que las ideas no se imponen sino que se proponen. ¡Nunca os dejéis desalentar por el mal!”.

        O la invitación a soñar en “el nacimiento de una Europa del espíritu. Una Europa fiel a sus raíces cristianas, no encerrada en sí misma sino abierta al diálogo y a la colaboración con los demás pueblos de la tierra”. O lo que nos recordó al terminar la misa de las canonizaciones de forma improvisada de que “se puede ser moderno y profundamente fiel a Jesucristo”. Y otras muchas cosas que seguramente serán debidamente glosadas en Piensaunpoco o en otros medios.

Así nunca será viejo

        Pero yo hoy querría dar un testimonio personal, subjetivo si se quiere, de lo que a mí particularmente más me ha impresionado de lo que hemos oído y vivido. Ha sido lo siguiente:

        La juventud del Papa. No tanto el que dijera que era: “Un joven de 83 años”, sino que realmente lo sea. Con esa juventud de un corazón grande capaz de proyectos e ilusiones, abierto al futuro y sin nostalgias de pasado. Quizá por ello sintoniza con tanta facilidad con los jóvenes, de cualquier raza o cultura.

        Lo que vimos en Cuatro Vientos fue una repetición de lo que ha pasado en otros encuentros en diversas partes del mundo. Su prodigiosa recuperación –ya no le tiemblan las manos y vocaliza mucho mejor– en contra de los presagios agoreros que siempre recalcan su decrepitud, olvidando que el espíritu es capaz de arrastrar al cuerpo si hay suficiente amor para ello. La carencia de pudor para mostrar sus achaques y limitaciones, si ello es necesario para conseguir una mayor proximidad con los hombres a los que pretende llevar el mensaje de Cristo.

        Su capacidad para llegar al corazón tocando la fibra de los sentimientos más íntimos, hasta hacer llorar. Algo que constato no solo porque vi lágrimas en muchos rostros, sino porque –no me avergüenza decirlo– también se deslizaron por el mío. Su llamada a la interioridad como premisa de toda acción apostólica y evangelizadora, “a no separar nunca la acción de la contemplación”.

Siempre grande y positivo         La cantidad de detalles pequeños que denotan un alma grande. Como el ser capaz de ponerse de pie, a pesar del sufrimiento que debía suponerle, para oír el himno nacional, o el beso cariñoso a la Reina, o la energía interior con que entonó el “Regina coeli” después de dos horas de pesada ceremonia, manifestando con ello su gran amor a María.

        El sentido positivo y esperanzado de lo que nos ha transmitido. Y recalco lo de positivo en contraposición a negativo, ya que en ningún momento dio “caña” en el sentido peyorativo del término –a pesar de que se le pedía en algunas pancartas–, ni anatematizó nada, ni nada echó en cara nadie. En todo momento fue fiel a su modo habitual de actuar tratando de ahogar el mal en abundancia de bien. Animó a “responder a la violencia ciega y al odio inhumano con el poder fascinante del amor. Venced la enemistad con la fuerza del perdón”.

        Su exigencia con todos, pero especialmente con los jóvenes. Exigencia que es compromiso: “hoy quiero comprometeros a ser operadores y artífices de la paz”. Y les pidió que supieran entregar su corazón a Cristo para “asumir el compromiso de la nueva evangelización”. Exigencia que es generosidad: “la evangelización requiere con urgencia sacerdotes y personas consagradas. Esa es la razón por la que deseo decir a cada uno de vosotros: si sientes la llamada de Dios que te dice “¡Sígueme!”, no la acalles. Sé generoso”. Sin olvidar en esa exigencia a los laicos y a los matrimonios cristianos a los que atribuye un papel protagonista.

        La alegría tan grande de lo vivido estos dos días, solo se ensombrece un poco con la duda de si sabremos responder a esa exigencia, corresponder a tanto como nos ha dado, estar simplemente a la altura de las circunstancias.