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Este período tiene como fin preparar a los candidatos para continuar en la Iglesia la misión de Jesucristo, Buen Pastor, siendo colaboradores de los Obispos. Los sacerdotes son, radicalmente, cristianos, llamados a realizar una misión que precisa de una previa capacitación, la ordenación sacerdotal, particular configuración con Cristo sacerdote y Pastor. La primera tarea, pues, en la educación de los seminarios es formar buenos cristianos, es decir educar en las virtudes, humanas y cristianas, comunes a todo discípulo de Jesús.
Un candidato al sacerdocio debe procurar adquirir virtudes como la sinceridad y la sencillez, con un rechazo instintivo a la doble vida, de todo lo que es falso, inauténtico, postizo; el espíritu de trabajo; el sentido de la amistad, sincera y abierta, sacrificada y generosa, fundamental para vivir el sacerdocio dentro de un presbiterio y en el seno de una comunidad; el espíritu de servicio, necesario para quien ha de darse incansablemente a todos; la reciedumbre de ánimo y la capacidad de sufrimiento, el aguante, podríamos decir, para no doblarse ante las dificultades y los obstáculos, para saber trabajar a largo plazo sin esperar fáciles éxitos inmediatos y no desanimarme ante posibles fracasos. Además, es claro que el candidato al sacerdocio debe tener la necesaria formación teológica y moral, canónica, litúrgica y pastoral; poseer experiencia viva del Dios que se nos revela en Cristo y que se cultiva en el diálogo vital de la oración personal, pública o privada; sentido sobrenatural que lleve a enjuiciarlo todo a la luz de Dios; afabilidad y sentido de paternidad que moverá a tratar a todos con sincera y madura cordialidad; optimismo sobrenatural que infunda en los fieles alegría y confianza. También, sentido de responsabilidad, creatividad y espíritu de leadership de quien se empeña, de mil maneras, en servir la Palabra de Dios a sus hermanos, en acercarles a las fuentes de la gracia que son los sacramento, en guiarlos por los caminos de una vida auténticamente cristiana. No son las únicas virtudes de la formación sacerdotal por la que usted me pregunta, pero estas no deberían faltar.
Se trata ciertamente de un papel fundamental. De una parte se ocupa de la vida y de la formación espiritual en el seminario, que tiene lugar mediante charlas, retiros, meditaciones, lectura de libros, entre otras. De otra, el director espiritual es guía espiritual de los candidatos. Estos le abren su alma, haciéndole partícipe de su vida interior, con el fin de que pueda orientar, iluminar, corregir, abrir horizontes, aclarar dudas, proponer metas, animar a veces, moderar otras. Se trata, pues, de una labor que toca lo más íntimo y personal de cada uno. Es tarea que requiere, pues, una delicadeza extrema, de manera que los candidatos se sientan acogidos, comprendidos, apreciados; precisa de humildad y sentido de Iglesia para no formarlos a la propia imagen y semejanza; pide respeto por las peculiaridades de cada uno en la seguridad de que no hay dos almas iguales y de que no existen recetas de indiscriminada aplicación universal; fortaleza para saber corregir cuando sea necesario; ciencia moral y conocimiento de la vida espiritual; atención a lo que Dios puede pedir a los distintos candidatos, esmero para facilitar su sinceridad, prudencia para llevarlos por un plano inclinado, paciencia para acompañar los ritmos de crecimiento, a veces tan distintos, de cada uno
Este asunto no es algo específico de la formación sacerdotal. La fragilidad, la inmadurez, la inconsistencia de ánimo es algo presente en muchos de nuestros jóvenes y adolescentes. Se manifiesta como falta de armonía entre las esferas intelectual, volitiva y afectiva de la persona, creando inestabilidad, cambios frecuentes de estado de ánimo, conductas guiadas por las ganas, incumplimiento de los compromisos adquiridos, desilusiones tras repentinos entusiasmos, estados depresivos sin más razón que los pequeños e inevitables fracasos, incapacidad para mantenerse o resistir ante los obstáculos, dificultad para tomar verdaderas decisiones. Las personas afectivamente frágiles necesitan estar en el centro de la atención, ser reconocidas y estimadas y confunden fácilmente sentimiento y amor verdadero.
Desde luego que no. Esta es la inadecuada integración del mundo afectivo en la totalidad de la persona, mientras que la madurez personal, en cambio, es fruto del armónico desarrollo de las capacidades propiamente humanas. La inmadurez afectiva no es cuestión sólo de la esfera de los sentimientos, supone seguramente inmadurez intelectual y volitiva. Si el variado mundo de los sentimientos y afectos, frecuentemente confuso, prevalece sobre la inteligencia y la voluntad, se cae necesariamente en el sentimentalismo, permitiendo que sean los sentimientos quienes decidan sobre la verdad o el error y que sean ellos el único motor de nuestros actos. La razón pierde capacidad de discernimiento, y la voluntad se debilita. La vida de la persona queda así en poder de los sentimientos, variables, cambiantes, a menudo superficiales, siendo así que necesitan más bien ser dirigidos por la inteligencia, y gobernados por la voluntad. Si el sentimentalismo invade la vida de piedad, ésta correrá un gravísimo riesgo apenas falten los sentimientos, experiencias o afectos que las sostienen. Se confunde equivocadamente con ellos y corre su misma suerte.
Una vida afectiva madura exige una visión del hombre que responda a su verdad sin reduccionismos, dualismos o visiones parciales. Requiere el conocimiento del verdadero ordo amoris, de la escala de bienes que merecen ser amados. Pero pide también fuerza, voluntad, capacidad para poder seguir y vivir ese ordo.
Esta se ve favorecida por un ambiente en el que se reniega de las verdades absolutas, de los valores fuertes, de los modelos de conducta; una cultura ambiente en la que la distinción entre el bien y el mal es incierta, donde lo verdadero se confunde con lo útil o práctico; en la que todo es del color del cristal con que se mira. Eso hace que resulte imposible una auténtica educación o formación: no existen modelos, falta una idea precisa de lo que significa ser hombre. La dificultad se agrava si el esfuerzo, el empeño y el sacrificio que exige toda educación no gozan de buena prensa porque el placer se ha convertido en norte y fin de la existencia. La búsqueda espasmódica de placer nos pone en presencia del hombre animal de que habla san Pablo, incapaz de comprender las cosas de Dios, débil, esclavo de sus pasiones.
Así es Por ello necesario proponer a los candidatos al sacerdocio con renovado vigor el modelo de Cristo sacerdote, Buen Pastor; motivarlos con esa imagen, de manera que a su luz adquiera sentido toda la tarea de formación, de forja de la propia personalidad. Habrá que mostrar con claridad el ordo amoris, el orden de los bienes que hay que amar y realizar. Será imprescindible fortalecer, enreciar la voluntad de los candidatos, ejercitarlos en la paciencia, en la capacidad de sufrir por lo que se ama, por lo que merece nuestro esfuerzo, empeño y sacrificio. Convendrá poner en contacto a los candidatos con figuras verdaderamente sacerdotales que hayan encarnado y encarne el ideal sacerdotal de amor y entrega total a Dios, de esperanza y optimismo, de alegre pasión por las almas, de positiva visión de fe | |||||
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