Piedad eucarística
Volver la espalda a la presencia eucarística, banalizar la Eucaristía, sólo puede debilitar la fuente, el corazón, de donde brota el amor verdadero.
Javier Garralda Alonso
Vivir la Santa Misa

 

 

La fuerza para cambiar el mundo

        El motor, el corazón de la Iglesia es Cristo. Él nos dijo que estaría con nosotros hasta el final de la historia. La fe nos ilumina para creer y amar esta presencia en la sagrada Eucaristía: En la que Cristo, Dios y hombre verdaderos, nos acompañan en nuestro peregrinar por este mundo a veces tan hosco y sombrío. De alguna manera, la soledad mayor, el más grande desamor es sufrido por Jesús realmente presente bajo las especies del pan y del vino. Él nos está esperando con su corazón herido que arde de amor. Y sin embargo muchas veces está rodeado de indiferencia o de ignorancia.

        Si el corazón de los cristianos toma vida y está en el sagrario, si volviéramos la espalda a este misterio de amor nos quedaríamos sin corazón. Y es sabido que sin corazón nuestras obras no serán vivas, sino más bien tendrán sólo apariencia, como las hojas estériles de la higuera que no tenía fruto.

        ¿Queremos reavivar la fe, mejorar esta sociedad repleta de injusticias, tener amor verdadero? Pues acerquémonos a este horno encendido que da calor frente al hielo del mundo.

        Incluso el ecumenismo rectamente entendido depende de nuestro amor a los hermanos separados y este amor sólo crecerá en la medida en que acojamos al Dios escondido en el sacramento del altar. En cambio, volver la espalda a la presencia eucarística, banalizar la Eucaristía convirtiéndola en una comida ritual que ya no se sabe que es una presencia real y viva de un Dios inmolado por nosotros, sólo puede debilitar la fuente, el corazón, de donde brota el amor verdadero. Sólo puede debilitar nuestras fuerzas para socorrer a los débiles, enfermos y oprimidos por la injusticia social (como ejemplo, las religiosas fundadas por la Madre Teresa de Calcuta sacan su fuerza para su amor heroico a los más abandonados de la asidua adoración eucarística).

Delicadezas de amor

        Por desgracia, se da demasiado frecuentemente esta banalización, en que se manipula sin respeto ni amor la sagrada Eucaristía. Y sin pretender culpabilizar a quienes comulgan en la mano, ¿no es más respetuoso evitar tocar con nuestras manos manchadas al mismo Dios? (la misma Teresa de Calcuta así lo dispuso en su comunidad, siguiendo las indicaciones del Papa). ¿No es acreedora esta presencia viva y amorosa a señales de amor como la lucecita que titila junto al sagrario o las flores a sus pies que muestran la delicadeza de nuestro amor? ¿No debería ocupar Jesús escondido el centro de nuestras iglesias? ¿No debería haber más horas de adoración y una conciencia recta que nos hiciera recurrir a la Confesión para recibirlo con corazón limpio?

        A una mirada superficial puede parecer que ocuparse de este tema es huir de los problemas acuciantes de nuestro mundo, pero en cambio sólo si nuestro amor está unido al de Cristo será amor genuino y eficaz, capaz de conmover y cambiar los corazones; y si el Señor nos ha dejado el magnífico regalo de la Eucaristía, de Dios con nosotros, la revitalización y toma de conciencia activa de este misterio de amor será el camino natural y más directo para unirnos con el Señor, para dar cabida a su amor infinito en nosotros.