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Entre Dios y los hombres |
Aquel
hombre, cumplidos los cincuenta años, escribió: "entre
tanto, yo he llevado mi equipaje a Roma y desde hace varios años
camino con mi carga por las calles de la Ciudad Eterna. Cuándo
seré puesto en libertad, no lo sé, pero sé que
también para mí sirve que: "Me he convertido en una
bestia de carga y, precisamente así estoy contigo"".
Aquel hombre cumple ahora, el 16 de abril, 83 años. Lleva cinco en su último empleo y aunque no parece edad para andar en labores, ni menos para abrirse camino en la vida y abrirlo a los demás, siempre hay Alguien que sabe más. A aquel hombre lo que de verdad le gusta es tocar el piano, la compañía de los gatos y leer, y pensar y escribir. Sin embargo, por encima de su gusto personal tiene el encargo de ser lazo entre la Humanidad y Dios y está dispuesto, en este siglo de traiciones y componendas, a confirmar con su valentía que es posible pasar de lo verosímil a lo verdadero, es decir, a la fortaleza de reconocer errores que él no cometió, pedir disculpas que él no debe y poner remedio para sanar, para corregir y para trasfundir litros de compasión a quienes se sienten - porque lo son - injustas víctimas de un execrable abuso. Este hombre, Benedicto XVI, ha demostrado que tiene la juventud del espíritu para la pelea de paz que constituye su misión. Así, se reúne y busca el encuentro con los representantes de otras religiones, desde un Gran Muftí de Jerusalén al principal Rabino de Roma. Así, desbroza caminos de unidad en su Iglesia y se abre su corazón a otras iglesias. Por eso escucha a todos, perdona a todos, es paciente y, por amor, lo mismo calla con valentía ante la murmuración, que proyecta una visita a Isabel II de Inglaterra cabeza visible de los hermanos anglicanos. Y siempre reza, sonríe y trabaja. No es bestia de carga, es puente de piedra, Santidad. Cuando
en este viejo continsi eseente de este viejo mundo afirmamos que ya
no hay auténticos líderes, antes de conformarnos con
esa postura, podemos fijar la atención en la vida de este hombre
de aspecto frágil, pero de extraordinario vigor moral e intelectual,
que se empeña en difundir el Bien y la Verdad así, con
mayúscula y a contrapelo de todo odio. | |||||
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